miércoles, 7 de septiembre de 2016
CAPITULO 4: (SEXTA HISTORIA)
El restaurante que Pedro le había indicado estaba decorado al estilo del oeste. Al mediodía, no había demasiada gente y el lugar estaba tranquilo.
—Es un sitio bonito —le dijo Pau a Pedro mientras se sentaba en la silla que le ofrecía el camarero—. Gracias —le dijo al hombre.
—Espera a probar la comida —dijo Pedro.
Ella miró la larga lista de platos que se ofrecían en el menú.
Eligió un plato de pasta con gambas salteadas a las finas hierbas. Estaba convencida de que Pedro pediría un chuletón poco hecho, pero al oír lo que le pedía al camarero se sorprendió.
—Yo también quiero pasta, pero con pollo.
Acababa de marcharse el camarero cuando una joven se detuvo junto a la mesa. Era una chica rubia, menuda y muy guapa. Sus grandes ojos azules brillaban de sorpresa y su sonrisa era sensual.
—¡Pedro, cariño! —exclamó la chica, y se lanzó a sus brazos cuando él se levantó—. Hace años que no te veo. ¿Dónde te habías metido?
Por algún motivo, todo lo que tenía aquella mujer molestaba a Pau. Desde su voz hasta la manera posesiva con la que abrazaba a Pedro. Durante unos segundos, Pau se molestó también al ver cómo Pedro sonreía a la mujer que se aferraba a él, pero al oír su respuesta, se recuperó enseguida.
—Candy, sigo midiendo lo mismo que la última vez que te vi… hace años. ¿Cuánto ha pasado, una o dos semanas?
Paula consiguió controlarse para no soltar una carcajada.
—Paula, me gustaría presentarte a Candy Saunders. También es del este…
—De The Hamptons —intervino Candy, interrumpiendo a Pedro. De pronto, su dulzura había desaparecido y miraba a Pau con desdén.
Con cara de aburrido, Pedro miró a Pau y esbozó una sonrisa.
—Candy de The Hamptons, te presento a Paula Chaves de Pennsylvania.
—Encantada —dijo Candy fingiendo ser educada—. ¿Has venido a visitar a alguien en Durango? —arqueó una ceja—. ¿A algún amigo de Pedro, quizá?
Paula no sabía si reírse o darle un bofetón a aquella mujer. Al final, no hizo ninguna de las dos cosas y contestó:
—No, no estoy de visita. Tengo un asunto pendiente con el señor Alfonso.
—¿De veras? —preguntó la chica.
—Sí, de veras —contestó Pedro—. ¿Si nos disculpas? —señaló la mesa del fondo—. Creo que tu amigo está impaciente por verte.
—Por supuesto, cariño —le acarició el rostro—. Hasta pronto —le dijo. Retiró la mano y movió los dedos delante de él—. Llámame —añadió, y se marchó sin mirar a Pau.
—¿Hasta pronto? —conteniendo la risa, Pau se sentó de nuevo justo en el momento en que el camarero les servía la comida.
—Esa es Candy —dijo Pedro, y se encogió de hombros.
—¿Una buena amiga tuya? —preguntó ella, sin pensar.
—No —contestó Pedro, y negó con la cabeza—. Me temo que es un poco tonta, y llama cariño a todos los hombres con ese tono empalagoso —se encogió de hombros—. Pero a veces es educada e incluso divertida.
—Ya —Pau ocultó un gesto de insatisfacción al agachar la cabeza para inhalar el aroma que desprendía su plato.
La comida estaba deliciosa. La conversación, variada. Desde qué comidas eran sus favoritas hasta qué tipo de cine les gustaba ver. Pau se relajó y bajó la guardia.
Era un error que casi nunca cometía.
Al salir del restaurante, Pedro le preguntó de camino a los coches:
—¿Dónde te alojas?
—En el Strater Hotel. Es estupendo.
—Sí, un monumento histórico, construido en 1887. Will Rogers se alojaba allí. Y Louis L’Amour escribió varias de sus novelas del oeste mientras se alojaba allí también.
—Debió de quedarse mucho tiempo —dijo ella, sonriendo—. O escribir muy deprisa.
Él sonrió.
Pau sintió que algo en su interior se volvía muy blando. ¿Por qué tenía que tener una sonrisa tan sexy? Tragó saliva y se alegró de llegar a su coche alquilado.
—Este es el mío.
—El mío está justo detrás —señaló con la cabeza—. Tengo que hacer algunas llamadas antes de ir a comprar la comida, y también terminar algunas cosas mañana. ¿Te parece que te recoja pasado mañana? Me gustaría empezar temprano. ¿A las cinco te parece bien?
—Vendrás, ¿verdad?
—¿No te acabo de decir que lo haré? —preguntó en tono de rabia.
—Sí —dijo Pau—. Pero quería asegurarme de que no te irías sin mí.
—¿Qué tratas de insinuar? —negó con la cabeza—. ¿Creías que…?
—¿Que ibas a marcharte solo, dejándome a mí en Durango? —terminó la frase por él—. Pues sí, señor Alfonso, eso es exactamente lo que pensaba que podría intentar. Supongo que no debería haber escuchado a sus primos. Ellos me advirtieron que usted era un hombre solitario, un inconformista que siempre recorre el camino solo —al ver que él comenzaba a hablar, continuó—: Era eso lo que pretendías hacer, ¿verdad?
—De acuerdo, admito que prefiero cazar solo, como siempre he hecho. Pero he aceptado que vengas conmigo, así que ¿de dónde has sacado la idea de que iba a marcharme sin ti? —Pedro parecía enfadado y se había puesto tenso.
Paula no estaba impresionada ni por su tono de voz ni por su aspecto. Al menos, eso consiguió aparentar. En realidad, estaba temblando. Pero solo porque estaba igual de enfadada que él.
—Oh, ¿y no puede ser porque pareces ansioso por deshacerte de mí antes de reunir las cosas que necesitamos? Podría haber funcionado, de no ser por un pequeño detalle. Olvidaste que soy yo la que lleva el talonario.
—No olvidé absolutamente nada.
Guau. Si ella pensaba que él estaba enfadado, se equivocaba. Estaba furioso. Y parecía aterrador.
—Bien, porque si me hubieras engañado con tu dulce conversación del restaurante y te hubieras marchado para traer a ese bastardo tú solo, no habrías conseguido ni un centavo más de los diez mil dólares originales.
—¿Has terminado? —preguntó él, con frialdad.
—Sí —consiguió contestar manteniendo la calma.
—¿Te sientes mejor después de haberme echado ese sermón? —había algo nuevo y peligroso en su tono de voz que hizo que ella se estremeciera.
—No era un sermón —dijo ella, en tono desafiante.
—Podrías haberme engañado —dijo él—. Y no hubo ninguna dulce conversación en el restaurante. Supongo que no soy muy listo, porque pensé que estábamos disfrutando de conocernos el uno al otro —la miró—. ¿Qué te ha hecho pensar que era una encerrona?
«¿Cómo se puede explicar un presentimiento?», se preguntó ella. ¿Una dura lección aprendida de un hombre que era un profesional a la hora de tomarles el pelo a las mujeres?
—No estoy segura —admitió ella—. Cuando estábamos hablando, me relajé, y al instante comencé a sospechar —trató de convencerse de que el presentimiento nada tenía que ver con el hecho de que él hubiera permitido que Candy lo abrazara.
En el fondo, sospechaba que él tenía prisa por deshacerse de ella para poder regresar al restaurante a buscar el postre.
Y que después, recogería sus cosas y se marcharía a la montaña sin ella.
Pau ignoró la sospecha. No había manera de que pudiera contársela a Pedro.
—¿Quieres pasar las dos próximas noches conmigo?
«Sí», pensó ella.
—No —contestó al fin.
—Entonces, supongo que tendrás que confiar en mí —sonrió—. Siempre y cuando, todavía quieras venir conmigo.
—Sabes que quiero ir contigo —soltó ella, enfadada—. Siempre y cuando recuerdes quién administra el dinero.
Pedro negó con la cabeza como si sintiera lástima por ella.
—No olvido los detalles, Paula, ni siquiera cuando me los cuenta una niña rica y mimada.
Pau pasó el resto del día, y el día después, tratando de asimilar sus palabras de despedida mientras recorría las tiendas cercanas al hotel.
Le demostraría lo que una niña rica y mimada podía hacer.
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