lunes, 8 de agosto de 2016

CAPITULO 24: (SEGUNDA HISTORIA)






—Pensé que los problemas en los hoteles terminarían después de casarme contigo —dijo Paula una semana después.


—Trabajo rápido, cariño, pero no tanto. Tengo al mejor hombre de Los Ángeles investigando…


—Ya te dije que yo tenía mi propio investigador.


—Nadie es como Code Landon. Tiene un sexto sentido para estas cosas.


—¿Code? Por favor, suena como el nombre de un agente secreto de comic.


—Pues te aseguro que Cody Nash Landon no es ningún personaje de comic. Y siempre consigue lo que quiere. Eso es algo que tenemos en común.


Paula apretó los labios. Debía admitir que su marido había tomado las riendas de la cadena Chaves y ya empezaba a notarse la diferencia. Claro que, al fin y al cabo, ése era su negocio. Pero aún no confiaba en él. Estaba segura de que pronto se delataría.


—¿Cuál de nuestros competidores ganaría más si Chaves fracasara?


Pedro hizo una mueca.


—¿Y si te dijera que el problema de los Chaves es un sabotaje desde dentro?


—¿Cómo?


—Que alguien de la empresa es el responsable de todos esos accidentes.


—¿Qué? Imposible. Mi padre estaba orgulloso de la lealtad de todos sus empleados…


—Paula, eres una ingenua. Esto es un negocio y alguien tiene mucho que ganar si consigue cargarse la cadena Chaves.


—Pero no puede ser. Han sido demasiados accidentes, todos diferentes… y siempre en distintos hoteles.


—No te preocupes. Yo averiguaré lo que está pasando.


—Es mi problema, Pedro.


—Cariño, tú tienes problemas más importantes —sonrió él, quitándole el prendedor del pelo—. ¿Por qué te sujetas el pelo? Me gustas más con la melena suelta…


—¿Qué has querido decir con eso? ¿A qué problemas te refieres?


—Al niño. A ti y a mí… a nosotros.


—Nos hemos casado por el niño, Pedro. No hay un nosotros —replicó Paula, apartando la mirada.


«No olvides que él fue el último en ver a tu padre con vida».


 «¿Quién sabe si le dijo algo que le provocó el infarto?»


Esa misma pregunta la perseguía día y noche. Quizá nunca sabría la verdad. Quizá su matrimonio con Pedro era el mayor error que había cometido en su vida. ¿Cómo podía planear un futuro con un hombre en el que no confiaba?


—Sí bueno… ¿no tenías una cita con el ginecólogo esta tarde?


—Sí, pero…


—Yo te llevaré.


Paula no quería que lo hiciera. Las dudas se la estaban comiendo por dentro y no podía controlar el miedo de haber traicionado a su padre al casarse con Pedro. Pero cada vez que la tocaba, el deseo se apoderaba de ella…


—No es necesario.


—Pero es que quiero ir. También es mi hijo.


Paula arrugó el ceño. Había esperado que lo exigiera, que se mostrase autoritario… En lugar de eso, casi estaba pidiéndole permiso.


—Sí, bueno, como quieras.


Más tarde, en la cama, Pedro se colocó detrás de ella y puso una mano sobre su vientre.


—Nuestro hijo…


—O hija.


—O hija —repitió él—. Según el ginecólogo, está muy sano o sana.


—Yo quiero a este niño, Pedro —suspiró Paula—. Y pienso hacer todo lo que pueda para comer y descansar.


Él apartó el pelo de su espalda.


—Estoy seguro de que el niño está encantado ahí dentro.


—Ha sido emocionante oír los latidos de su corazón, ¿verdad?


Jamás pensó que sería madre tan joven. Tenía planes para el futuro, pero… ni siquiera cuando estaba prometida con Jeremias planeó tener hijos tan pronto. Pero ahora, después de ver la ecografía, su instinto maternal había despertado. El niño crecía dentro de ella. Y el ginecólogo le había confirmado que todo parecía ir perfectamente.


Pedro le pasó una pierna por encima y apoyó la barbilla en su hombro, suspirando.


—¿Pedro?


—No pasa nada, cariño. Duérmete —murmuró él.


Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas.


A veces, de verdad le gustaba su marido.


Y si lo intentaba, incluso podría convencerse a sí misma de que no estaba enamorándose de él.



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