viernes, 5 de agosto de 2016
CAPITULO 15: (SEGUNDA HISTORIA)
Al principio, Pedro había querido odiar a Paula Chaves.
Tenía que ser la niña mimada y rica de Nicolas Chaves, se decía. ¿Cómo iba a ser de otra manera? Pero, en realidad, era muy diferente a su padre, lo cual fue una sorpresa. La mujer del cuerpo hermoso y los preciosos ojos azules tenía sentido del humor y una buena cabeza sobre los hombros.
En su búsqueda de información, Pedro había descubierto que disfrutaba estando con ella en la isla.
Él quería sus hoteles y Paula no podía ni mirarlo a la cara.
Lo miraba como si, de repente, fuera a echar fuego por la boca. Pero no era una damisela en desgracia. Había intentando convencerla de que le vendiera los hoteles sin éxito. Ahora tendría que apelar a sus emociones.
Cuando llegaron al restaurante, Pedro tomó su mano, pero Paula se apartó. Inmediatamente los llevaron hasta un reservado.
—Espero que le guste, señor Alfonso—dijo Bradley, el maître.
—Es perfecto. Gracias.
Una bandeja de ostras y una botella del mejor vino blanco los esperaban. Fuera, las luces del restaurante iluminaban la playa. Las estrellas brillaban en el cielo y el calor del verano se filtraba por los ventanales abiertos… todo aquello era una pesadilla.
—Esto es muy bonito, Pedro. Pero no me parece un sitio adecuado para tener una conversación de negocios.
—No te preocupes por eso.
Paula miró las ostras y todo el color de su cara se evaporó.
—¿Qué pasa? Pensé que te gustaban las ostras. En Maui…
—¡No sigas! —lo interrumpió ella—. Te agradecería que no me recordases nada de Maui.
—¿Por qué? ¿De qué tienes miedo?
—¿No querías hablar de negocios? Pues eso es lo que vamos a hacer.
—¿Antes de pedir la cena? Lo siento, cariño, pero tengo hambre. Hablaremos de negocios después de cenar.
Cuando llegó el camarero se mostró preocupado.
—¿Ocurre algo con las ostras, señor Alfonso? Le aseguro que son de la mejor calidad…
—No, no se preocupe —le aseguró Pedro, tomando un sorbo de vino—. Creo que ya podemos pedir.
El hombre sonrió mientras recitaba la lista de los platos especiales del día. Pedro escuchaba, mirando a Paula de reojo. Paula, que se ponía más pálida a medida que el camarero describía los platos en detalle.
—Si me permites pedir por ti, creo que el pez espada…
—Yo sólo quiero una ensalada verde —lo interrumpió ella.
—¿Ensalada verde?
El camarero se echó hacia atrás como si lo hubiera abofeteado.
—Puedo sugerir una ensalada de langostinos y gambas con crema de langosta…
—No, por favor, una ensalada verde… sin crema alguna —lo interrumpió Paula.
Pedro miró al camarero.
—Tráiganos una ensalada y dos platos de pez espada. Voy a ver si puedo hacer que la señorita cambie de opinión.
—Sí, señor Alfonso—murmuró el hombre, alejándose con expresión compungida.
—No me digas que estás a dieta —sonrió Pedro.
Paula miró por la ventana, fingiendo estar muy interesada en el paisaje.
—No, pero no tengo hambre.
—Has perdido peso,Paula. Sigues guapísima, pero…
—Es el estrés.
—Y para eso estoy yo aquí, para aliviar tu estrés.
—¿No me digas?
—Toma un poco de vino. Relájate.
—No, yo no… —Paula no pudo terminar la frase. Empezaba a sentirse realmente angustiada.
—Por favor, escúchame. Tus hoteles se están hundiendo…
—Lo sé perfectamente.
—Deberías vender la cadena mientras puedas conseguir algún beneficio.
—La situación no es tan mala.
—A lo mejor tú no conoces todos los datos.
—Los conozco perfectamente —replicó ella.
—Tu padre no habría querido que su empresa se hundiera, Paula. Estoy seguro de que habría preferido que los vendieras antes que ver su reputación destrozada. Tu padre deseaba salvarlos… por eso quería que volvieras a casa. No confiaba en nadie más que en ti. Él no querría que sufrieras, Paula. Y no querría que te arruinases.
—No me voy a arruinar, Pedro. No exageres.
La ensalada llegó en ese momento y Paula dejó de hablar mientras el camarero dejaba los platos sobre la mesa. Pedro la observó tomar una hoja de lechuga con el tenedor… y dar vueltas en el plato. Pero no probó bocado.
—Te arruinarás si los hoteles siguen perdiendo dinero.
—Que yo sepa, tú podrías ser el responsable de todos nuestros problemas.
—¿Yo?
—Sí, tú. ¿Tanto los deseas?
—Si creyeras eso de verdad no estarías cenando conmigo —suspiró Pedro—. No, creo que quieres oír lo que tengo que decirte.
—No sé si te creo, pero tengo que saber qué ocurrió entre mi padre y tú ese día. Y quiero que me digas la verdad.
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