jueves, 1 de septiembre de 2016

CAPITULO 20: (QUINTA HISTORIA)





Al final prepararon la cena juntos, un proceso agradable que se alargó bastante gracias al ambiente bromista que habían establecido. Ella le dijo que prefería Princesa a Ricitos de oro. Él se metió aún más en su corazón al preguntarle cómo la había llamado Pappy.


—Princesa —admitió ella. Después, para aligerar la súbita tensión, se puso seria y añadió—. O por mi título completo: Princesa Paula de las Charcas Chaves.


—Eso encaja con las botas de agua y la caña de pescar.


—Exactamente.


Siguieron preparando la cena, bromeando y discutiendo. 


Debatieron sobre la combinación óptima de hierbas para el pescado al horno, probaron los ingredientes de la ensalada mientras cortaban y trituraban, se disputaron la prensa de ajos, pero no la tarea de cortar las cebollas.


Pero bajo la superficie yacía la bestia de su atracción, esperando el momento de atraparlos. Por ejemplo, cuando Paula rechazó una copa de vino.


—Después de anoche… no, me abstendré —dijo. Y el recuerdo del beso fue obvio en los ojos de él.


O cuando se le deshizo la trenza mientras batía los huevos para las natillas.


—Yo la arreglaré —dijo. Puso las manos en su pelo y volvió a trenzar los mechones, haciendo que ella deseara mucho más. Después, ella lo miró y vio que miraba con anhelo sus pezones erectos.


Su cuerpo se sentía atraído al de él como si fuera un imán. 


Una atracción intensa y necesaria.


Pero, de repente, el crujido de un tronco partiéndose puso fin al momento. Paula soltó un gritito y dejó caer el bol sobre la encimera. Pedro corrió hacia la puerta.



CAPITULO 19: (QUINTA HISTORIA)





Paula solo estuvo en la ducha el tiempo necesario para entrar en calor. No podía entretenerse para no rememorar esa mirada una y otra vez. No quería pensar en él empapado, con la camiseta pegada al torso… ni quitándosela.


No. No iba a pensar en Pedro Alfonso desnudándose. No lo haría.


Cerró el grifo de la ducha, pero siguió oyendo el ruido del agua, justo al lado. Se lo imaginó alto, moreno y desnudo. 


Saber que estaba al otro lado de la fina pared la dejó sin aliento unos segundos.


Después agarró una toalla para correr escaleras arriba y encerrarse en su dormitorio hasta que pasara la tormenta, o al menos la que se libraba en su cuerpo. Al salir del cuarto de baño encontró ropa limpia sobre la cama, sin duda elegida por él para ella, dado que nadie utilizaba esa habitación.


La recogió y corrió escaleras arriba hasta su dormitorio. 


Echó el cerrojo y apoyó la espalda en la puerta. Jadeaba, y no solo por la carrera. La suave tela de algodón de la camiseta y de los calzones blancos que sujetaba contra su pecho le parecía increíblemente íntima.


Estaban limpias, pero él había llevado esas prendas contra su piel desnuda antes. Si tuviera el más mínimo sentido común, las descartaría y usaría su propia ropa interior, ya lavada, que se secaba en el toallero de su cuarto de baño.


Si tuviera sentido común se recordaría que la había atrapado allí en contra de su voluntad, que era su prisionera y que no tenía ningún derecho a regañarla por estar fuera cuando empezó la tormenta. Tenía docenas de razones para estar molesta con él, pero no podía estarlo porque entendía su motivación.


«¿Hay alguna persona en tu vida por la que harías cualquier cosa?».


La noche anterior, cuando ella apeló al respeto, la había dejado marchar. Esa mañana había salido a buscarla, para asegurarse de que regresaba sana y salva. Luego le había dejado ropa limpia.


Comprendió, con fatalismo, que esas cosas suponían mayor peligro para su resolución que imaginar sus músculos fuertes y húmedos.


La tormenta rugía con furia y los cristales de las ventanas temblaban. Se vistió rápidamente, con su propia ropa. Y a pesar de haber hecho voto de recluirse allí, sabía que el aullido del viento la haría bajar a la seguridad y calidez de la planta baja. No tenía sentido retrasar lo inevitable.


Abajo encontraría algo con lo que entretenerse… o al menos redirigir sus pensamientos. La casa contaba con una biblioteca bien surtida, música y juegos de mesa tradicionales.


«¿A quién quieres engañar? Abajo está Pedro, él será tu entretenimiento».


Se le tensó el estómago con aprensión mientras bajaba las escaleras. No había tardado en vestirse; había renunciado a domesticar su rebelde cabello, recogiéndolo en una trenza suelta. Se había puesto una crema hidratante con algo de color, pero nada más.


Aun así, él ya estaba en el salón. En cuclillas ante la chimenea, aplicó una cerilla a las astillas y el fuego prendió con un chisporroteo. Paula sintió esa misma sensación en su interior cuando las llamas iluminaron su perfil con luz dorada.


No sabía qué la llamaba tanto de ese hombre, de su belleza masculina. Sentía con él una conexión, un profundo entendimiento y deseo.


Él se giró, la vio y estiró su largo cuerpo de más de un metro ochenta, impactándola. La tormenta aullaba, instigándolos a refugiarse, a estar seguros. La mente de ella clamaba lo mismo, pero el tronar de su corazón apagó el grito.


—Has vuelto a ponerte tu ropa —dijo él, mirando su falda, suéter, medias y botas—. Espero que estés cómoda.


—En realidad no —admitió ella. Tras el beso de la noche anterior, no tenía mucho sentido negar la atracción que había entre ellos—. Pero tus cosas… gracias. Si el tiempo sigue así, puede que las necesite mañana —instintivamente, se abrazó.


—¿Tienes frío? Ven a sentarte junto a…


—No, no tengo frío —aseguró ella—. Es la tormenta. El viento. No me gusta que tiemblen los cristales.


—¿Por una mala experiencia?


—Uno de esos viajes a la cabaña de mi abuelo. Es una cabaña auténtica, una habitación y un baño exterior. Rústica y sin comodidades modernas. Era el método de Pappy para seguir en contacto con sus raíces.


—¿Un hombre que se hizo a sí mismo?


—Sí —por fin abandonó la escalera y entró en la sala—. Propiedades, desarrollo, inversiones. El caso es que un fin de semana que estábamos en la cabaña hubo una gran tormenta y derribó un árbol enorme, que cayó al borde del porche. Por un momento creí que no cumpliría los nueve años.


—Eso habría sido una lástima —dijo él—. Imagino que los cumpleaños en casa de los Chaves deben haber sido muy especiales.


—Oh, sí. Grandes espectáculos —su voz sonó más cínica de lo que había pretendido y él lo notó. Soltó una risita desdeñosa—. Como ves, sobreviví sin sufrir daños. Supongo que la tormenta no debió ser tan terrible como yo la recuerdo. Seguramente una brisa, comparada con esto. Arriba, con ese ventanal tan grande… he pensado que media isla acabaría dentro de mi habitación.


Como si quisieran darle la razón, el viento y la lluvia golpearon con fuera la pared este. Paula se estremeció, pero Pedro siguió impertérrito.


—Este refugio, nada rústico, ha sido construido para soportar mucho más que esto.


—Si tú lo dices.


—Lo sé. Aunque no recuerde haber venido, tenía todos los informes y tasaciones. Sabía exactamente lo que estaba comprando —le dirigió una mirada tranquilizadora—. Aquí estás a salvo.


—¿Lo estoy?


La noche anterior, cuando le hizo esa pregunta, él había contestado marchándose. Esa noche, antes de acomodarse, antes de confiar, necesitaba que le diera su palabra.


—Yo te he traído aquí, Paula. Te mantendré a salvo.


Paula confió en él. Esa noción, sorprendente, agradable, aterradora, tiñó el ambiente según pasaba el tiempo. Ella se negó a sentarse junto al fuego sin hacer nada mientras él le servía; él no podía estarse quieto.


No hacía falta explicación; era parte de su naturaleza activa y del espíritu inquieto que lo mantenía siempre en marcha, buscando nuevos retos empresariales. Otra de las razones por las que no necesitaba un hogar.


Colocó otra pieza del rompecabezas en el que llevaba trabajando media hora y después fue a buscarlo a la cocina.


—No, no —le dijo—. Hoy me toca hacer la cena.


—¿Cocinas?


—Bastante bien, de hecho.


Él apoyó la cadera en la isla de la cocina, cruzó los brazos sobre el pecho y sonrió.


—No me digas.


—¿A qué viene la sonrisa? —preguntó ella, suspicaz.


—A ti.


Sus ojos se encontraron. Pedir explicaciones era puro masoquismo, pero ella no pudo evitarlo.


—A mí… ¿en qué sentido?


—Eres una sorpresa constante. Cuando te vi por primera vez, incluso antes de verte, te había imaginado como una princesa.


—¿Con botas de agua y una tiara?


La sonrisa de él se amplió en sus labios; profundizó en su corazón.


—Ésa es una buena imagen.


—Siempre he estado más cómoda con botas de agua —admitió ella, con acento de clase alta—. La tiara se me enreda en el pelo.


—Hay mucho donde enredarse —dijo él, mirando la trenza deshilachada—. ¿El color es natural?


Se lo había preguntado antes. La primera noche. Antes de descubrir la verdad a su manera.


Sintió un cálido cosquilleo en la piel, y recordó la sensación de sus dedos bajo la falda, acariciando su muslo. Y, su maldita complexión de pelirroja se tiñó de rubor, permitiendo que él adivinara las imágenes que pasaban por su mente.


—Sí —dijo ella, ronca—. Todo es natural.


—¿Y los rizos? —preguntó él, entornando los párpados mientras consideraba su respuesta.


—Lo que ves es lo que soy.


—Sin ayuda ni artificio —murmuró él con voz sedosa y apreciativa, y una mirada que hizo revivir cada nervio del cuerpo de Paula—. Eso no es muy de princesa.


—No todo es por elección. Esto… —se echó la trenza a la espalda—… normalmente estaría alisado con la ayuda de un secador. Llevaría maquillaje. Sara dice que debo arreglarme y embellecerme para Australia.


—No lo necesitas.


—Oh, sí. Una princesa que crece con pelo pelirrojo y rebelde, piernas desgarbadas y pecas, ¡aprende a embellecerse!


Él emitió una risa profunda que resonó en cada célula del cuerpo de Paula. Se dio cuenta de que en todo el tiempo que había pasado con él, era la primera vez que oía esa risa. 


Apenas había empezado a paladear la novedad, cuando él habló.


—Creciste fantásticamente, princesa.







CAPITULO 18: (QUINTA HISTORIA)





Pedro no tenía argumentos contra eso. Si forzaba el tema, perdería su respeto y, en algún momento de las últimas veinticuatro horas, su respeto había adquirido una importancia vital.


Sin embargo, todo en él se rebelaba a la idea de rendirse. 


Había estado paralizado casi dos meses. Impaciencia, impotencia, deseo reprimido y una docena más de aborrecibles ingredientes fermentaban en su estómago. La larga noche de insomnio, durante la que había oído a Paula, en la planta superior, dar vueltas hasta el amanecer, no había mejorado su perspectiva.


Tampoco ayudaron las nubes tormentosas que oscurecían el cielo. Llegaron de repente a media mañana, como si su turbulento estado de ánimo las hubiera convocado. Había intentado relajarse corriendo por la playa. Pero el efecto solo había durado hasta que regresó a la casa.


Pensando en la comida que iba a preparar tras darse una larga ducha, empezó a quitarse la camiseta húmeda de sudor en cuanto entró. Paula estaba acurrucada en el sofá. Había un libro abierto sobre su regazo, pero tenía la mirada perdida hasta que oyó sus pasos.


Miró su torso desnudo y la relajación de Pedro se evaporó bajo el escrutinio.


Cuando los ojos verde mar miraron su rostro, ella debió leer el significado de su expresión. Mujer inteligente, no dijo una palabra de las cicatrices, pero él notó que esos ojos seguían cada uno de sus pasos de camino al dormitorio.


—¿Vendrá Gilly hoy? —preguntó ella.


—No —su mal humor lo llevó a detenerse con la mano en el pomo de la puerta—. Si te preocupa el mal tiempo que se avecina, hay una lancha pequeña en el cobertizo. Podemos irnos ahora.


—¿Cómo de pequeña?


Él se dio la vuelta. Sus dedos aferraban el libro, pero aún alzaba la barbilla con orgullo. A pesar de su miedo, estaba considerando la opción. Mientras Pedro se duchaba, recordó la conversación de la tarde anterior: su abuelo había salido a pescar y no había regresado nunca.


Salió del dormitorio un cuarto de hora después, con una disculpa preparada, pero ella se había ido. Desde el porche la vio junto al cobertizo. Se preguntó si estaría comprobando el tamaño de la lancha y se maldijo por haberla mencionado.


Dos horas después, aún no había regresado. Lo atenazó la preocupación. No podía haber hecho algo tan estúpido. No solo no le gustaban los barcos, la aterraban.


Entonces vio un movimiento en el camino. El blanco de la camisa que, con unos pantalones cortos, había dejado junto a la puerta de su dormitorio esa mañana. Volvía, pero sin prisa.


Su pecho se tensó con una contradictoria mezcla de alivio y enfado. Si no aceleraba el paso, la tormenta la atraparía. 


Justo en ese momento, se oyó un trueno y empezaron a caer las primeras gotas. Pedro bajó las escaleras al trote.


La encontró un par de minutos después, justo cuando empezaba a diluviar. Llegaron a la casa empapados y Pedro tenía ganas de pelea. El terreno de la isla era abrupto en el mejor de los casos. Habría sido fácil que se perdiera o cayera.


—¿Es que no tienes instinto de supervivencia? —atacó, ya a cubierto bajo el porche.


—Creo que sí —dijo ella, recogiéndose el pelo mojado con la mano—. No me fui en la lancha.


«Diablos. Se lo había planteado en serio», pensó Pedro. El miedo lo paralizó un momento. Cuando se reunió con ella en la puerta, vio que tiritaba de frío. Abrió la puerta e hizo que entrara.


—Estás helada —cerró y señaló el dormitorio vacío con la cabeza—. Esa ducha es la más cercana. Ve a calentarte bajo el agua. Te buscaré ropa seca.


—Puedo usar…


—No discutas, o te levantaré en brazos y te meteré en la ducha yo mismo.


Al ver que apretaba los labios, testaruda, dio un paso hacia ella. Ella retrocedió y alzó las manos para que se detuviera. 


Le temblaban.


—Ya voy. Puedo hacerlo sola.


Pedro no estaba tan seguro. Estrechó los ojos y la observó. A pesar del temblor de sus manos, empezó a desabrocharse la camisa por el camino.


—¿Puedes con los botones? —preguntó.


Ella se dio media vuelta en la puerta y él notó lo que antes no había visto. La lluvia había calado el tejido, que se pegaba a su piel y transparentaba la forma de su sujetador de encaje y las generosas curvas de sus senos. Sintió tal oleada de deseo entre los muslos que se quedó clavado en el sitio.


Una imagen destelló en su cerebro. Sus manos desabrochando los botones, la sombra de la aureola de un pezón bajo el encaje, el beso de su piel sedosa bajo la lengua.


Lentamente, alzó la vista. Sus ojos se encontraron. Ella se le encaró con orgullo y contestó a la pregunta que él ya había olvidado.


—Sí, puedo con ellos.




miércoles, 31 de agosto de 2016

CAPITULO 17: (QUINTA HISTORIA)




Pedro no la creyó, pero controló su deseo de refutar la mentira. Presionarla para establecer la verdad sobre promesas del pasado haría que volviera a ponerse a la defensiva. En ese momento necesitaba, y quería, concentrarse en el presente; conseguir que siguiera en esa habitación, con él, era esencial para sus planes.


Impedir su matrimonio se había convertido en algo más que un medio para conseguir el trato. Durante la cena observó cómo comía, bebía y hablaba, sin dejar de pensar en esos labios bajo los suyos. No por el pasado, sino porque era lo que deseaba. En ese momento.


El deseo se fue acrecentando minuto a minuto, con cada pausa, cada vez que perdían el contacto visual. Y cada minuto también se afianzó su certeza de que ella sentía la misma dulce agonía de deseo. Lo veía en el rubor de sus pómulos, en el jugueteo de sus dedos sobre el mantel, en los comentarios superficiales, y falsamente risueños, que fueron bajando de frecuencia a lo largo de la cena.


Pedro podría haber tomado las riendas de la conversación, pero una parte perversa de él disfrutaba con la tensión de los silencios, cada vez más largos. Dejó que la situación se prolongara hasta que ella empezó a recoger los platos.


—Déjalos —dijo—. Los platos no se irán a ninguna parte. Seguirán ahí por la mañana.


—Y nosotros también —dijo ella con una chispa de rebeldía en los ojos—. ¿Cuántas mañanas más?


—¿Por qué no hablamos de eso junto a la chimenea —sugirió Pedro—. Haré café.


—No, gracias.


—De acuerdo, nada de café.


—Ni de conversaciones junto al fuego —añadió ella—. Por favor, Pedro, contesta a mi pregunta. ¿Cuándo volverá Gilly a recogernos?


—Cuando resolvamos este asunto.


—¿Este asunto? —ella se inclinó hacia delante, sin soltar los platos que aún agarraba—. ¿Cómo vamos a solucionar este lío aquí atrapados?


—No me refiero solo al negocio. Nosotros también tenemos asuntos que resolver.


Cuando ella comprendió lo que quería decir, sus ojos se convirtieron en un tormentoso mar verde oscuro. Negó con la cabeza.


—¿Niegas que hay algo entre nosotros? ¿Después de ese beso? —la voz de Pedro se cascó con el recuerdo, con el impacto, con la seguridad de que esa boca volvería a estar bajo la suya—. Aún lo siento, Paula. Tu sabor sigue latiendo en mis venas.


—Eso no cambia nada.


—¿No? ¿Y si no me hubiera detenido? ¿Y si el beso hubiera seguido como empezó? ¿Y si hubieras acabado desnuda conmigo dentro de ti?


—Entonces sabría que habías tenido éxito —contestó ella—. Me trajiste aquí por una razón. Quieres poner fin a mis planes de boda. ¿Qué mejor manera de conseguirlo que seducirme?


—No se trata solo del negocio, Paula. Estás obviando el fuego que hay entre nosotros.


—No lo obvio. ¿Cómo podría hacerlo? —la pasión teñía sus ojos, sus mejillas, su voz—. Pero por mucho que te desee, Pedro Alfonso, hay una cosa que no haré. Mi padre fue infiel, con la madre de Sara y solo Dios sabe cuántas mujeres más, he hirió a mucha gente en el proceso.


Lo miró con determinación antes de seguir.


—No le haría eso a Alex. Nunca le haría eso a nadie a quien respetara, y dudo que te gustara si lo hiciera. Ni siquiera por conseguir la isla para Mac.




CAPITULO 16: (QUINTA HISTORIA)




Cuando las sombras del crepúsculo cayeron sobre la casa, Pedro encendió fuego en la enorme chimenea abierta que dominaba la sala. Paula no había bajado, no sabía si lo haría, y durante un tiempo eso lo había alegrado. Necesitaba tiempo y soledad para calmar las emociones que ella había removido con sus preguntas.


Ya lo había conseguido, gracias a varios CDs de Vivaldi y los beneficios terapéuticos de trocear verduras. Sobre la cocina burbujeaba la salsa para una sencilla pasta marinara. Una botella de vino tinto respiraba sobre la encimera. Y se había recordado a sí mismo lo que realmente importaba.


No llenar su mente con detalles de Paula Chaves; borrar de su mente la decepción o las lágrimas de sus ojos; proteger su orgullo masculino de nuevas heridas.


Si Paula bajaba a cenar, aprovecharía la compasión que hubieran generado sus revelaciones para perseguir su objetivo. Si no bajaba, tenía la opción de subirle una bandeja. Esa vez estaría preparado. No permitiría que su vulnerabilidad desnuda lo trastornara; la utilizaría para sus fines.


Por más que lo atrajera la idea de cenar junto a la chimenea, la imagen de ella tumbada en la cama con la ropa que le había llevado, ropa de él rozando su piel…, encendía otra clase de fuego en su interior. Sintió un pinchazo de decepción al oír pasos en la escalera. La alternativa del dormitorio había sido muy atractiva.


Cerró la puerta de la despensa, tras sacar un paquete de linguini. Verla bajar la escalera borró su decepción de un plumazo.


Se preguntó qué habría pensado ella de la intimidad que implicaba ponerse su ropa… sobre todo sus calzones. Pero allí estaban, asomando bajo el borde de su sudadera. Le llegaba casi hasta las rodillas, pero aun así exponía lo bastante de sus largas y esbeltas piernas como para que a él se le secara la boca.


Cuando le quedaban dos escalones por bajar, ella vio cómo le miraba las piernas y se detuvo. La tensión chisporroteó en el ambiente, hasta que Pedro desvió la mirada. Si quería ganarse su compasión, tenía que hacer que se sintiera cómoda. Mantener la vista por encima de su cuello sería un buen principio.


—Te sienta bien —dijo, señalando su conjunto con la cabeza y dejando la pasta en la encimera.


—Agradezco tener algo limpio que ponerme. Gracias —dijo ella, aún con expresión inquieta.


—Tengo mis momentos.


—Éste ha sido uno de los buenos —concedió ella. Sus ojos se encontraron. Los de ella denotaban una mezcla de cautela y agradecimiento. Pedro pensó que era un buen principio. Pero después ella cuadró los hombros y fue hacia la cocina con determinación—. Voy a llevarme algo para comer en mi dormitorio.


—No hace falta. La cena casi está. ¿Por qué no te sientas ante el fuego? Hay entremeses para ir haciendo boca. Y vino, cerveza o refrescos para beber, lo que prefieras.


Ella titubeó y olisqueó el aire.


—Linguini marinara. Mi especialidad.


—¿Has cocinado tú? ¿Desde cero? —preguntó ella con sorpresa.


—No es tan asombroso.


—En julio me dijiste que viajabas demasiado para mantener una casa. Que comías fuera o pedías comida a domicilio. Sí, me asombra que tus dotes culinarias hayan pasado de calentar algo en el microondas a tener una especialidad.


—Pasar semanas sin trabajar tenía que tener alguna ventaja.


—Me alegra que sacaras alguna cosa positiva de esa experiencia —dijo ella con seriedad.


—Aprender a manejarme en la cocina fue una de ellas —contestó él—. ¿Por qué no te sientas? El camarero llegará enseguida.


Ella solo titubeó unos segundos antes de ir hacia la chimenea y sentarse sobre un almohadón, en el suelo. Pedro vio las preguntas que asomaban a sus ojos y supo que había picado su curiosidad. Se quedaría a cenar con él y hablarían. Borraría la aprensión de sus ojos, igual que la noche anterior.


Con la diferencia de que él no se iría.


—¿Vino?


—Sí, gracias —giró desde la cintura y lo miró por encima del hombro. La curiosidad que había captado en sus ojos antes, renació mientras lo observaba servir las copas y ponerlas en una bandeja—. ¿Servir mesas es otra destreza que adquiriste mientras estabas inmovilizado… o no te hizo falta aprender?


—Vivo solo, si eso es lo que estás preguntando.


—Creí que, dadas las circunstancias…


—¿Habría tenido que contratar servicio interno?


Ella se recolocó en el almohadón, seguramente para no destrozarse el cuello mirándolo por encima del hombro. La nueva postura le ofreció una perspectiva fantástica de sus piernas, pero la distracción duró muy poco.


—En realidad, me preguntaba si te habrías instalado con Mac. Es tu única familia, ¿no?


Él había supuesto que retomaría el tema de su relación con Mac, pero no había esperado ese tono ligeramente ácido en su voz.


—¿Por qué tengo la impresión de que no creerás mi respuesta?


—En julio dijiste que no tenías familia. Te creí.


—En julio no tenía familia.


—¿Y ahora, de repente, sí?


—Es otra cosa positiva que saqué de esto.


—¿Sacaste una abuela? —ella movió la cabeza lentamente, entre confusa y exasperada.


Eso resumía la situación bastante bien. Si se concentraba en lo bueno, en vez de en el torbellino de rabia y frustración que bullía en su interior, era capaz de hablar con serenidad.


—Mac tuvo un embarazo no planeado cuando era adolescente. Una hija que dio en adopción. No la buscó hasta hace diez años. Para entonces mi madre había fallecido hacía mucho tiempo.


—¿Pero te encontró a ti?


—Me buscó y se convirtió en mi cliente. No pensaba confesarme nuestro parentesco.


—¿Por qué no? —ella lo miró con ojos cargados de emoción; justo del tipo que él quería evitar, porque lo revolvía por dentro—. ¿Por qué se molestó en buscarte si no quería reclamarte como familia suya?


—Quería conocerme y ayudarme, pero vio que me iba bastante bien sin familia.


—¿Entonces por qué decírtelo ahora? —insistió ella. Un segundo después chasqueó la lengua, comprendiendo—. Contesté a esa pregunta antes, en el dormitorio, ¿verdad?


—Sí, se está muriendo —alzó los hombros, pero eso no palió la tensión de sus músculos—. Pero no fue solo por eso. Cuando me desperté con amnesia, en el hospital, me ayudó a descubrir qué recordaba y qué no. Mientras me recuperaba hablamos mucho. No solo de negocios, política o economía. Me habló de su pasado. De sus errores. Cuando empezó a hablar de mi madre, todo lo demás afloró.


—Debe haberte impactado mucho.


Él se acercó con la copa de vino y se inclinó para dársela. 


Luego se sentó en el suelo, lo bastante cerca para que sus rodillas se rozaran. Él agradeció la respuesta física al contacto, eso podía controlarlo y no le atenazaba las extrañas.


—No sientas lástima de mí, Paula. Como muy bien has dicho, conseguí una abuela.


—Una abuela que vas a perder —dijo ella con emoción. Él iba a distanciarse de esa emoción cuando ella se inclinó hacia delante y lo miró a los ojos—. Dijiste que no podía entender por lo que habías pasado, pero esta parte la entiendo.


—¿Por tu abuelo?


Ella asintió.


—Le gustaba pescar. Ésa era su forma de escapar de la tensión de la vida empresarial y las exigencias sociales. Odiaba los eventos a los que estaba obligado a asistir…, y las conversaciones superficiales. Un fin de semana se fue a pescar y no regresó.


—¿A eso se debe tu aversión a los barcos?


—No, eso es porque me mareo. Aunque a un psicólogo la conexión le parecería una mina de oro —esbozó una leve sonrisa—. Pappy Chaves era… mucho más que el magnate aprovechado que pretendían describir los medios de comunicación.


—Lo siento.


—Yo también lo sentí. Me dejó su cabaña en la montaña, donde dormíamos cuando me llevaba a pescar truchas —la expresión de añoranza de su rostro provocó una emoción desconocida en Pedro. En parte por empatía con ella, en parte porque deseó paliar su dolor, borrar los nubarrones que nublaban sus ojos.


—¿Pescas? Si crees que voy a creerme eso… —movió la cabeza, exagerando su sorpresa.


—Mi abuelo me enseñó a pescar cuando era poco más alta que un saltamontes.


Pedro enarcó las cejas y la contempló desde esa nueva perspectiva. Incluso con su ropa, Paula rezumaba clase y estilo cosmopolita. Era incapaz de imaginársela pescando.


—Estoy impresionado.


—¡Ni la mitad que cuando me viste pescar ese pez en las rocas!


Era una referencia al fin de semana que Pedro no recordaba. Podría haber seguido con ese tema, pedido más detalles. Pero contemplando los reflejos del fuego en su cabello y las sombras en sus ojos, dejó de interesarle el pasado. Quería conocerla a ella, no recuperar su memoria ni pensar en la compra de The Palisades; quería ese momento para él.


—¿Vas a esa cabaña a menudo? —preguntó.


—Parece que siempre estoy demasiado ocupada —movió la cabeza y chasqueó la lengua—. Pero no es excusa. Una vez llevé a Sara. Le enseñé la forma tradicional de pescar con mosca, como Pappy Chaves. Se le dio muy bien.


—¿Tu abuelo no la enseñó?


—No conoció a Sara. Es mi hermanastra —su sonrisa se tiñó de tristeza—. Nos conocimos hace unos años, cuando llegó buscando a su padre.


—¿Y te encontró a ti?


—Sí, afortunadamente.


Desvió la mirada y se perdió en la introspección. El vino y los aperitivos quedaron olvidados. Pedro quería seguir alimentándose con la reconstrucción de la mujer que había tras ese pulido exterior. La mujer que parecía más cómoda con una sudadera y descalza, que con un impermeable de diseño abotonado hasta el cuello.


—¿Tu hermana es como tú?


Ella tomó un sorbo de vino y lo miró por encima de la copa, antes de bajarla. Algo había cambiado en el ambiente en los últimos dos minutos. La desconfianza se había templado con comprensión y empatía.


—Me hiciste la misma pregunta la primera vez que te hablé de mi familia.


—¿Y qué contestaste?


—Dije que en absoluto. Sara es despampanante. Alta, rubia, bellísima. Estudia Medicina, es muy inteligente y quiere dedicarse a la investigación médica. Por si eso fuera poco,
también es atlética y trabaja como entrenadora física a tiempo parcial. Si no la quisiera tanto, seguramente la odiaría por ser tan fantástica.


—Imagino que os parecéis más de lo que quieres admitir —Pedro sonrió para sí.


—Ésa es la misma respuesta que diste la primera vez.


—¿Estás sugiriendo que soy predecible? ¿Poco original? ¿Aburrido?


Ella dejó escapar una risa suave y profunda que hizo que él mirara sus labios, brillantes por el vino. Sintió la satisfacción de saber que la vibración que existía entre ellos en ese momento, era única y personal.


—Oh, no. Eres muchas cosas, pero ninguna de ellas es aburrida.


Tras esa admisión sus miradas se encontraron en una oleada de energía sensual, tan delicada, multifacética y embriagadora como el pinot noir que ella se llevó a los labios.


—¿Antes también hubo esto entre nosotros? —movió la mano, indicando la sutil tensión que se extendía entre ellos y que no podía definir con palabras.


—Sí. Siempre.


La sinceridad de su respuesta careció de artificio o titubeo. Y bien porque ella comprendió que había sido demasiado ingenua, o porque vio la intención en su mirada, su expresión se volvió cauta cuando Pedro le quitó la copa de la mano y, sin dejar de mirarla, la dejó en el suelo.


Él sintió una intensa satisfacción al ver cómo sus ojos se ensanchaban. El calor que sintió al posar la mano en su rodilla, despertó algo mucho más primitivo en su bajo vientre.


Se inclinó hacia ella.


—No —susurró ella.


Él no le permitió más objeciones. No quería oír el nombre del prometido que se interponía entre ellos. Alzó su barbilla con la mano y silenció cualquier queja con sus labios. Ella se tensó, con sorpresa o rechazo, y él cambió de objetivo. Ya no solo quería probarla, quería su respuesta, su colaboración y participación.


Su beso.


Tomó su rostro entre las manos y redujo la presión inicial de su boca. Trazó la forma de sus labios, besó las esquinas de su boca, su barbilla y la hizo cautiva con su mirada, antes de
reclamar su boca con una larga y lenta seducción. Se perdió en sí mismo mientras memorizaba su sabor y la textura sedosa de su piel.


Ella, que inicialmente había alzado las manos para apartarlo, agarró su camisa y emitió un ronroneo satisfecho, de rendición. El evocativo sonido y la primera caricia de su lengua provocaron un cortocircuito en las neuronas de Pedro. 


Recordó la boca de ella bajo la suya, sus manos enredadas en sus rizos mientras la colocaba bajo su cuerpo y la luz del sol atravesando el cristal y convirtiendo su cabello rojo dorado en un fuego equivalente a la pasión que pulsaba en sus venas. Y recordó el eco de su voz.


«Ahora te tengo exactamente donde quería».


Interrumpió el beso bruscamente, y sacó a Paula de su ensueño sensual con el latigazo de una palabrota. Ella lo miró desconcertada. Un segundo antes había estado entregado al beso, acariciando su pierna; al siguiente la soltaba.


—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Qué ha ocurrido?


—Creo que… —calló, se mesó el caballo y exhaló con fuerza. Empezó a darse la vuelta, pero Paula agarró su manga y lo obligó a prestarle atención—. Por un momento, menos de un segundo, tuve una… visión.


—¿Recordaste?


—No lo sé. No sé si fue un recuerdo real o una… —alzó un hombro y lo dejó caer con frustración—. No sé lo que reconocí. Fue como una impresión de ti y una frase.


—Yo no he dicho nada. No podía —aparte de que su lengua había estado ocupada, el impacto del beso le había quitado la capacidad de pensar—. ¿Recordaste algo que dije yo?


—No, tú no, yo. Y no sé si es algo que te dije a ti. Apareció en mi mente, claro como una luz, y luego se fue… —chasqueó los dedos—… así. Ha sido como un punto de luz en una gran oscuridad y no sé si es un recuerdo o una fantasía.


El reflejo de esa fantasía destelló en sus ojos, y Paula comprendió que era de naturaleza erótica. Soltó su manga. 


No quería saber más. Quería levantarse y echar a correr; huir de todo lo que ese hombre evocaba en ella, lo físico, lo emocional, el antes y el después.


Sabía que no podía tenerlo; que nunca podría contarle lo que habían compartido durante ese breve espacio de tiempo.


Pero ver la frustración que atormentaba sus ojos le encogió el corazón. No podía darle la espalda sin intentar ayudarlo.


—Puede haber sido un recuerdo —apuntó, con cautela. Escondió los dedos, temblorosos, tras el almohadón que tenía debajo. Tensó los muslos y recogió las piernas en un vano intento de apagar el fuego que había encendido en su cuerpo—. ¿Quieres decirme cuál era la frase?


Él la miró largamente, con obvia tensión.


—Dime solo una cosa. ¿Te hice alguna promesa?


El corazón de Paula golpeteó dentro del pecho. No podía decírselo. Reabrir esa herida de su corazón no tenía ningún sentido. Reunió todo su coraje, lo miró a los ojos y, por primera vez en su vida, le mintió.


—No hubo promesas, Pedro. Ninguna.