miércoles, 24 de agosto de 2016

CAPITULO 18: (CUARTA HISTORIA)






Al cabo de cuatro irritantes semanas, Paula estuvo en condiciones de estrangular a Pedro Alfonso. O eso o lo arrastraba al interior de su oficina y le obligaba a terminar lo que había empezado a lomos de su motocicleta un mes atrás.


Ciertamente, si él no se hubiera retirado a tiempo la última vez, ella se lo habría consentido todo, se habría prestado a cualquier cosa que le hubiera pedido. Pero se había marchado y, con su marcha, la había dejado perpleja y confundida.


Mientras pensaba en él, jugueteaba nerviosa con la invitación al homenaje a Tamara que se celebraría aquel mismo día. Por alguna desquiciada razón, Karen la había invitado al evento. Era algo realmente estúpido, ya que apenas conocía a Tamara. Pero Karen se había mostrado tan entusiasmada con su idea de la degustación de helados que había insistido en invitarla. Era por eso por lo que en aquel momento se miraba una y otra vez en el espejo de cuerpo entero de su dormitorio, ataviada con uno de los últimos vestidos de su guardarropa. El vestido violeta sin tirantes, largo hasta la rodilla, sería una opción digna para la fiesta de homenaje a Tamara. ¿O no?


Antes de que tuviera tiempo de arrepentirse, recogió su regalo y su bolso y salió rumbo a lo que estaba segura sería un día especialmente intenso. Cuando salía del edificio, dispuesta a pedirle al portero que le consiguiera un taxi, un chófer bajó de un impresionante Jaguar negro y se acercó a ella.


—¿Señorita Chaves? Me envía el señor Alfonso —abrió la puerta trasera, invitándola a subir—. Me dijo que asistiría usted a una fiesta y quería asegurarse de que llegara a su destino sin problemas.


Se quedó paralizada por un momento antes de avanzar hacia el coche.


—¿Pedro le envió a recogerme?


—Efectivamente.


Un nuevo gesto de galantería de Pedro Alfonso. Si aquel hombre no quería realmente que las mujeres cayeran rendidas a sus pies, ¿por qué entonces insistía en gestos tan
románticos como aquél? Pero ése era un asunto que carecía de sentido discutir con el amable chófer.


—Gracias.


El refrescante aire acondicionado le dio la bienvenida mientras se hundía en la mullida tapicería. Pedro no le estaba poniendo las cosas fáciles y ella tenía la sensación de que lo sabía perfectamente. Quería que fuera ella la que acudiera a él, suplicando. Pero lo cierto era que ya estaba a medio camino de enamorarse, y si le ofrecía la menor muestra de vulnerabilidad, no habría vuelta atrás. Lo que quería decir que cuando se marchara, no tendría a nadie a quien culpar de su corazón roto… más que a sí misma.


Pedro no había faltado ni un solo día a la obra, si bien su comportamiento había sido estrictamente profesional. 


Cualquier mujer en su lugar habría pensado que había perdido todo interés por su persona, pero no era así. Muchas veces había sentido su mirada clavada en ella, o percibido su contención cuando parecía como si quisiera decirle algo. 


No, no había renunciado a ella. En realidad estaba empezando, tramando el siguiente paso de su plan de seducción… o de ataque, según se mirara.


La limusina llegó por fin a Star Island. Dado que Karen había pensado en una fiesta más bien íntima y de pequeñas dimensiones, aunque suntuosa, había escogido la casa de Matias y de Tamara. El lugar perfecto, teniendo en cuenta que la boda se celebraría también allí. El chófer bajó para abrirle la puerta y, galantemente, la ayudó a bajar.


—Gracias por haberme traído.


—Ha sido un placer, señorita. Esperaré aquí hasta que esté lista para marcharse.


—Oh, no… No es necesario. Ya encontraré la forma de volver…


—Yo solo cumplo órdenes.


—Pero podría quedarme aquí horas…


—Eso no será ningún problema, señorita Chaves.


Subió de nuevo al coche y lo apartó de la entrada. Paula se quedó paralizada por un momento: impresionada, confusa y aturdida. Hasta que, sacando el móvil del bolso, llamó a Pedro. Esperó a la sombra de la enorme mansión, porque hacía mucho calor y todavía no estaba preparada para entrar. No cuando necesitaba intimidad para aquella llamada.


—Hola.


Agarrando el teléfono con una mano y sujetando el regalo con la otra, dio la espalda al coche que acababa de detenerse frente a la entrada.


—Deja de enviarme señales contradictorias.


—¿Ya estás en la fiesta?


—Sabes que sí —le espetó—. Seguro que tu chófer ya te lo ha dicho. Ahora se quedará aquí esperando a que me marche.


—Por supuesto. Es un chófer, Paula: es su trabajo. ¿Qué tiene de malo?


Miró por encima del hombro cuando dos mujeres de mediana edad bajaron del coche que acaba de detenerse a su lado, cargadas de paquetes. Bajando la voz, replicó:
—Llevas semanas comportándote conmigo de una manera estrictamente profesional y hoy me envías un chófer para que me recoja.


—Paula, yo solo pensé que agradecerías poder marcharte de allí cuando quisieras… No conoces a casi nadie. Mi intención era que pudieras tener una vía de escape si llegabas a sentirte incómoda.


Un nuevo gesto que volvía a derretirle el corazón, pese a saber que, para él, aquello era algo tan sencillo como lógico.


 Y sin embargo nadie le había demostrado nunca una solicitud semejante. Se tragó el nudo que le subía por la garganta.


—Veo que te preocupas por mí.


Escuchó una cálida risa al otro lado de la línea.


—Por supuesto.


—Pero hace semanas que no me tocas, ni me llamas ni me visitas después del trabajo. Tu relación conmigo es exclusivamente profesional —suspiró, nada cómoda por tener que hacerle aquella confesión—. Contigo no estoy segura de nada. Ya no sé qué pensar.


Odiaba admitir aquello, pero siempre había sido sincera en todos los aspectos de su vida y no iba a dejar de serlo solo porque Pedro hubiera puesto su mundo cabeza abajo.


—¿Es eso lo que quieres, Paula? ¿Que te toque? ¿Que pase a visitarte después del trabajo, cuando sepa que estás sola?


Otro coche se detuvo frente a la entrada mientras un estremecimiento le recorría todo el cuerpo.


—Sí. Pero creo que por el bien de nuestro proyecto y por nuestra cordura, deberíamos mantener las distancias en lo personal...


—Tú no eres ninguna cobarde, Paula.


Nunca lo había sido, cierto. Pero tampoco nunca había arriesgado tanto su corazón.


—Gracias por enviarme el chófer, Pedro.


Cortó la llamada y volvió a guardarse el móvil. Con el regalo bajo el brazo, cuadró los hombros y empezó a subir la escalinata del portal.


Mujeres de exquisita elegancia, ataviadas con preciosos y coloridos vestidos, charlaban y reían. Un par de niños pequeños corrían por el vestíbulo, seguidos por alguna madre que se deshacía en disculpas mientras intentaba darles caza. Paula sonrió mientras se internaba en la casa con la esperanza de encontrar a Karen o a Tamara, y ver dónde estaban depositando los regalos. Tuvo suerte, ya que nada más salir al jardín, Karen se acercó a saludarla, toda sonriente.


—Paula, me alegro tanto de que hayas podido venir…


—Gracias por la invitación. ¿Dónde pongo esto? —le preguntó, señalando su regalo.


—Yo me encargo —se lo quitó de las manos para llevarlo a la mesa donde se amontonaban cajas y paquetes de todos los tamaños y formas.


—Está todo precioso… —Paula admiró el exuberante jardín tropical antes de volverse hacia Tamara, que se había acercado a ellas—: Felicidades.


La despampanante rubia rebosaba de alegría.


—Gracias. Sí, está saliendo todo a pedir de boca, y tengo entendido que es a ti a quien debo dar las gracias por tan imaginativa idea. Me encanta esta atmósfera tan relajada, y lo de los postres y los helados ha sido sencillamente brillante. En serio, te estoy enormemente agradecida.


—En realidad no es para tanto —azorada, Paula se encogió de hombros—. Pedro estaba muy apurado, Karen tuvo que ausentarse por un compromiso y dio la casualidad de que yo estaba disponible. Fue una simple sugerencia.


Tamara se la quedó mirando y, por un instante, Paula se sintió como si fuera un insecto observado a través de un microscopio. Se volvió hacia Karen, pero en ese momento la joven estaba guiando a unos invitados hacia la mesa de los regalos.


Pedro me comentó lo muy eficiente que eres —le dijo Tamara, sin dejar de sonreír—. La verdad es que hacía tiempo que no lo veía de tan buen humor. Y, ahora que lo pienso creo que lleva dos meses sin salir con nadie, que yo sepa. Eso es todo un récord para él. A no ser que…


—No —se apresuró a negar Paula, sacudiendo la cabeza—. Trabajamos juntos y es verdad que hemos hecho amistad, pero eso es todo.


Tamara esbozó entonces una sonrisa astuta, como si le hubiera leído el pensamiento.


—Yo sé cómo funcionan los gemelos Alfonso. Matias es tan decidido como Pedro, pero más tranquilo, más sutil. Pedro es mucho más impetuoso. Pero el efecto final es el mismo, así que, si alguna vez tienes ganas de hablar, estoy a tu disposición.


Paula no pudo hacer otra cosa que asentir con la cabeza. 


¿Qué podía decirle? ¿Que ya había experimentado aquella impetuosidad?


—Paula —Karen volvió a aparecer a su espalda—. Los helados están en aquella habitación, a la izquierda. Las tartas las hemos puesto en el salón. Y ahí fuera están los otros postres: bombones, frutas bañadas en chocolate… —señaló las mesas—. Si necesitas algo, no vaciles en pedirlo.


—Creo que acabo de ganar cinco kilos solo de escuchar el menú —bromeó Paula—. Me daré una vuelta a ver qué es lo que me apetece más.


—Oh, acabo de ver a uno de mis clientes —dijo Tamara—. Perdonadme un momento.


Karen terminó paseando con Paulaa, ofreciéndole de paso la oportunidad de que le preguntara por Pedro. Pero no lo hizo. Disfrutaba realmente con su compañía y no quería pecar de egoísta o manipuladora, por mucho interés que tuviera por saber más cosas de su vida. La fiesta de homenaje fue un completo éxito. Paula perdió la noción del tiempo y ni una sola vez pensó en Pedro o en su decisión de mantener las distancias con él a nivel personal. Por una vez se sintió perfectamente cómoda, acogida.


Poco a poco las invitadas se fueron retirando hasta que al final solo quedaron Karen, Tamara y Paula, cada una con una copa de champán en la mano, las tres recostadas en el largo sofá.


—Si Matias se presentara ahora mismo, le daría un ataque —comentó Tamara, haciendo girar su copa mientras contemplaba el desorden de la sala.


Paula miró los papeles tirados por el suelo, las cintas rotas, la gran cantidad de cajas vacías. Y se echó a reír.


—Es como una mañana de Navidad.


—Espero tener una mañana de Navidad como ésta —rio también Karen—. Me alegro tanto por los dos, Tamy. Mi hermano es muy afortunado.


—Los dos lo somos —la corrigió Tamara—. Nunca imaginé que encontraría el amor por segunda vez, y mucho menos con el mismo hombre.


Paula había escuchado algún que otro retazo de aquella historia: cómo se habían separado dramáticamente para reunirse de nuevo. El brillo de felicidad de los ojos de Tamara hablaba por sí solo.


—¿Tú has estado enamorada alguna vez, Paula? —le preguntó de pronto Kayla.


—No lo creo —bebió un sorbo de champán—. Creo que nunca he desarrollado ese sentimiento por nadie.


Ambas mujeres se la quedaron mirando fijamente. Y Paula interpretó aquel silencio como estímulo para que siguiera hablando.


—He tenido algunas relaciones, pero dadas las características de mi trabajo, me resulta difícil establecer algún tipo de compromiso. Nunca he encontrado a nadie con quien quisiera profundizar en una relación.


—Hasta ahora —apuntó Karen con una dulce sonrisa.


Paula no supo qué decir, así que las palabras de la hermana de Pedro permanecieron flotando en el aire como una pregunta sin responder. Aunque la sonrisa de ambas mujeres sugería que ellas ya sabían la respuesta. Fue Tamara quien rompió el silencio:
—Si el tipo te vuelve loca y feliz al mismo tiempo, si hace cosas inesperadas que te enternecen sin esperar nada a cambio… entonces yo diría que es amor.


Paula bajó la copa y, con mano temblorosa, la dejó sobre el posavasos de la mesa que tenía delante. El torrente de emociones, lo sentía. Lo de que la volvía loca y feliz al mismo tiempo, también. Gimió para sus adentros.


—No tienes por qué decir nada —la consoló Tamara—. Y, créeme: tu secreto estará a salvo con nosotras.


Karen bajó entonces su copa y fue a sentarse en el sofá al lado de Paula.


—Oh, cariño, no llores…


No había tomado conciencia de que estaba llorando hasta que sintió una lágrima resbalar por su mejilla.


—Lo siento, de verdad que no lo había sabido hasta ahora… Quiero decir que me había estado preguntando por lo que sentía, pero cuando os he oído hablar del amor…


Pedro tiene mucha suerte —sonrió Tamara—. Y estoy segura de que lo que siente por ti es algo muy profundo.


—No, no. Él me ha dejado claro que es hombre de aventuras, no de relaciones.


—Quizá no —reconoció Karen—, pero nunca había durado tanto tiempo sin salir con nadie. Y puedo asegurarte de que jamás lo había visto tan feliz.


—Yo ni siquiera puedo permitirme pensar esas cosas —Paula se levantó del sofá—. No si lo que quiero es no terminar sufriendo.


—El amor nunca es fácil —repuso Tamara, bajando los pies al suelo y levantándose también—. Pero al final todo merece la pena. Matias y yo recorrimos el camino más difícil. Once años después… por fin vamos a casarnos. Si sientes algo por Pedro, díselo. No dejes que el tiempo os distancie. Se trata de tu vida: si quieres aprovecharla, tendrás que correr riesgos.


El simple pensamiento de sincerarse con Pedro le revolvía el estómago. Indudablemente habrían sido muchas las mujeres que le habían confesado su amor con el paso de los años.


—No pienses demasiado —Karen le tomó las manos—. Puede que mi hermano tenga fama de mujeriego, pero tiene un corazón de oro y jamás te haría daño deliberadamente.


Paula la miró fijamente a los ojos a la vez que le apretaba las manos, agradecida.


—Ya lo sé. Es el daño que me podría hacer sin querer lo que me asusta.



CAPITULO 17: (CUARTA HISTORIA)





Paula estaba ya en su apartamento, recién duchada y con el pijama de pantalón corto puesto, a punto de cepillarse el pelo antes de acostarse, cuando llamaron a la puerta. 


Atravesó el dormitorio y el salón para asomarse a la mirilla. 


Pedro. Por supuesto.


Había soportado bien su presencia durante la jornada, en la obra. Pero al parecer ahora había escogido ir a verla solo, en un encuentro cara y cara, a sabiendas de que la sorprendería en una situación mucho más vulnerable. Abrió la puerta, bloqueándole la entrada.


—¿Puedo entrar?


En el lapso de un segundo, desfilaron por su mente todas las razones por las que no debería permitírselo. Su vestimenta, o más bien su carencia de la misma; las fotografías que no quería que viera… Y sabía por supuesto que seguramente querría hablarle de que lo había ocurrido entre ellos la pasada noche, así como de la discusión con su padre de la mañana.


—No es buen momento.


—Si esperara un buen momento —esbozó una sensual sonrisa—, nunca me dejarías entrar.


—Probablemente no.


—Por favor… —le pidió, ya serio.


—No estoy vestida para recibir a nadie.


—Si te prometo que me comportaré… ¿me dejarás entrar?


Mordiéndose el labio, abrió del todo la puerta y le dejó entrar.


—Voy a ponerme algo encima. Ahora vuelvo —le dijo, pasando por delante de él y entrando en el dormitorio.


Afortunadamente, todas sus fotos personales estaban sobre la mesilla y la cómoda. Solo tenía que mantener a Pedro en el salón. Sacó una camiseta de talla grande del primer cajón y se la estaba poniendo encima del pijama… cuando él entró en el dormitorio.


—No quería molestar —tomó tranquilamente asiento en la mecedora, junto a la ventana—. Pero hoy, en la obra, no disfrutamos de la intimidad suficiente.


Paula, incómoda, apoyó una cadera en el alféizar.


—Lamento que tuvieras que ser testigo de la desagradable conversación familiar de esta mañana. Te agradecería que no le contaras a nadie lo que has visto. Mi padre… tiene un problema con el juego.


—Ya me lo imaginaba.


Se quedó recostado en la mecedora, observándola.


—No me siento orgullosa de haber pagado siempre sus deudas —continuó, desviando la mirada hacia la ventana para contemplar el cielo de un rosa brillante, juntándose con el azul del mar—. Solo lo hice porque quiero a mi madre y porque ha vivido un matrimonio horrible. Pero ahora que ya lo ha dejado, ya no me importa lo que pueda pasarle a él. Sé que suena cruel —susurró—, pero no le quiero. Es mi padre, sí, pero nunca me quiso. La primera vez en mi vida en que me prestó atención fue cuando empecé a ganar dinero. De repente se mostró muy interesado por mi trabajo… o al menos eso me pareció. Qué ilusa.


Pedro se inclinó hacia delante, le tomó las manos entre las suyas y se las apretó.


—No hay nada malo en desear que te quiera tu padre, Paula. Eso es algo que nadie debería suplicar, ni por lo que tener que pagar. Nunca.


Sintió que los ojos le ardían, conforme las lágrimas le subían por la garganta.


—Tienes razón, pero eso no evitó que le entregara dinero cada vez que acudía a verme. De alguna manera, en el fondo, siempre pensé que quizá eso le haría sentirse orgulloso de mí.


No sabía por qué le estaba contando todo aquello. Pero una vez que había empezado, era como si no fuera capaz de detenerse.


—¿Sabes? Cuando era niña, yo siempre quise tener un perro —liberó las manos y se puso a pasear por la habitación—. Oía a mi madre suplicándole que me dejara tener uno, pero mi padre le decía que lo último que necesitaban era otra criatura que dependiera de él… —se sentó en la cama con las piernas cruzadas, mientras los recuerdos seguían aflorando—. No volví a pedir el perro porque, justo después de aquello, oí a mi madre llorar en el baño. Yo era muy pequeñita, pero sabía que ella era la única de los dos que quería.


—¿Por qué tardó tanto en dejarlo? —quiso saber Pedro.


—Al principio yo pensé que era porque se había quedado embarazada nada más casarse y dejó de trabajar en la empresa de mi abuelo para quedarse en casa. Luego, ya de mayor, creo que mi madre tenía miedo de empezar una nueva vida ella sola, sin trabajo y teniendo que mantenerme. No lo sé.


Al ver que se levantaba de la mecedora, Paula pensó que iba a consolarla. En lugar de ello, se acercó a la mesilla para tomar una pequeña fotografía enmarcada. Tan abstraída se había quedado revelándole sus secretos de familia, que se había olvidado por completo de los retratos. Pero en aquel momento Pedro estaba sosteniendo una en la mano y, por mucho que se arrepintiera de haberle dejado entrar en su dormitorio, sabía que acababa de dar un paso de gigante en la conquista de su corazón.


Pedro estudiaba la foto de la niña dulce e inocente que había sido Paula en compañía de una mujer que por fuerza tenía que ser su madre. Ambas sonreían a la cámara, pero sus miradas estaban vacías. Tristes.


—Desde luego has heredado la belleza de tu madre —le dijo, intentando hacerle pensar en algo positivo—. ¿Qué edad tenías?


—Siete.


Dejó lentamente la foto en su lugar mientras paseaba la mirada por las demás. Había otra de Paula y de su madre, bastante posterior, en la que aparecían sonrientes, sentadas del brazo en la playa. Pero fue la tercera la que más llamó su atención.


—¿Es tu abuelo? —señaló una vieja instantánea en la que aparecía Paula, apenas un bebé, al lado de un hombre.


—Sí. Era el mejor.


Pedro sonrió mientras contemplaba a la niña sentada en la excavadora, con los tirabuzones rojizos asomando bajo un casco de obra que le quedaba enorme. Su abuelo estaba de pie junto al vehículo, sujetándola con una mano grande y morena posada sobre sus rodillas.


—Él me enseñó todo lo que sé —le confesó—. Nunca me he sentido más sola que cuando murió. Me costó muchísimo seguir trabajando, sabiendo que ya no podía recurrir a él en busca de consejo. Pero fue mi madre la que se tomó peor su muerte. Ella fue la que se sintió más sola, porque mi padre nunca estaba en casa y yo ya viajaba por todo el país de obra en obra.


Y dispuesta a firmar el siguiente cheque que enviar a su padre para mantener vivo su vicio y garantizar al mismo tiempo a su madre un techo sobre su cabeza. Pedro le adivinó el pensamiento, pero no quería intervenir en un tema tan delicado.


—No te castigues a ti misma por culpa de los errores de los otros.


—No me estoy castigando a mí misma —alzó bruscamente la mirada—. Es que me enfada pensar en todo lo que ha tenido que soportar mi madre porque mi padre no podía controlarse… en ningún aspecto.


—Tu madre es una mujer adulta, responsable de sus propios actos, Paula —se sentó a en la cama, a su lado—. Deprimiéndote por todo esto no ayudarás a nadie, y menos a ti misma. Hoy le plantaste cara a tu padre: o se corrige o pagará las consecuencias. En cualquier caso, no está en tu mano.


Se lo quedó mirando fijamente antes de levantarse para acercarse a la ventana, de espaldas a él.


—Lo siento —murmuró Paula en voz baja—. No tenía intención de deprimirme tanto, te lo aseguro… Pero es que con la visita de mi padre de esta mañana… me temo que no soy la mejor compañía en este momento.


—Entonces hablemos de lo de anoche.


—¿Qué es lo que hay que hablar? —le preguntó, repentinamente tensa—. Sucedió, pero no volverá a suceder. Punto.


Pedro se levantó y recorrió lentamente la distancia que los separaba.


—Cuando hablas así de rápido, sé que estás nerviosa. Lo que me hace sospechar que no crees realmente en lo que acabas de decir.


—No tienes que recordarme que me siento atraída por ti… y sí, lo de anoche lo demuestra. Pero somos muy diferentes, Pedro. Yo necesito algún tipo de compromiso e incluso aunque no lo necesitara, no puedo dividir mi tiempo entre el proyecto más ambicioso que he asumido nunca y algo tan personal e íntimo como esto.


—Esa es precisamente la razón por la que yo soy perfecto para ti —posando las manos sobre sus finos hombros, la obligó a volverse—. Soy insistente, ya lo sabes. ¿Qué sentido tiene luchar contra algo que los dos queremos? De todas formas, para cuando termine este proyecto, nos habremos acostado. Prolongar lo inevitable no cambiará el resultado final.


Vio que sus cremosas mejillas enrojecían de golpe.


—No sé por qué te deseo tanto… Eres muy sexy, desde luego, pero cuando sacas toda esa arrogancia tuya me recuerdas todas las razones por las que no quiero que me gustes.


Atrayéndola hacia sí, la miró fijamente a los ojos.


—No me importa que te guste o no, Paulaa. Me importa que me desees.


Y se apoderó de su boca, sin tomarse la molestia en mostrarse tierno: solo exigente. No conocía otra forma. 


Aquella mujer llevaba semanas volviéndole loco. Lo tenía pendiente de un hilo. Paula deslizó los dedos por su pelo, sujetándolo como si no quisiera que se le escapara. Soltó un gemido cuando él le mordisqueó ligeramente el labio.


Sí, no había manera de que desapareciera aquella urgencia por poseerla. Su deseo por ella crecía cada vez que la veía, que la tocaba. Sus manos viajaron por su espalda por encima de la holgada camiseta y el pantalón corto. Qué no habría dado por arrancarle toda aquella ropa y demostrarle lo muy arrogante que era. No era un hombre tranquilo y sereno, nunca lo había sido en circunstancias tan íntimas como aquéllas, pero sabía que Paula necesitaba en su vida alguien que sí lo fuera. Y él estaba dispuesto a serlo. Por mucho que le doliera, literalmente, se apartó y la tomó de los hombros.


—Esto es lo último que necesitas ahora —le dijo de pronto.


—Pues yo creo que sí que lo necesito —parpadeó, confundida.


—Lo crees. No es suficiente. Cuando lo sepas de seguro, ve a buscarme.


Se giró en redondo, abandonó el apartamento y llamó al ascensor antes de que tuviera tiempo de arrepentirse. Nunca antes había rechazado a una mujer en la que hubiera estado interesado. Obviamente, en su intento por seducirla y derribar sus defensas, Paula había conseguido demoler la suyas por sorpresa, inadvertidamente.





CAPITULO 16: (CUARTA HISTORIA)





Paula se cambió y estuvo de vuelta en el recinto antes de que apareciera el primer obrero. Tan pronto como se concentrara en el trabajo, tan pronto como no le quedara tiempo para pensar en la visita de su padre, sobreviviría a aquel día.


Pero… ¿a quién quería engañar? Estaba acostumbrada a que su padre se dejara caer siempre de la manera más sorpresiva, para pedirle dinero. Si necesitaba concentrarse y permanecer ocupada era para no pensar en la única y maravillosa experiencia sexual que había disfrutado nunca, gracias a las hábiles manos de Pedro. Por inexperta que fuera, tenía la fuerte sensación de que él le había puesto el listón muy alto. Tanto que ningún otro hombre podría alcanzarlo nunca.


«Estupendo», pensó, irónica. Eso era justo lo que no necesitaba. Y esa era también la razón última que explicaba que jamás se hubiera enredado con un hombre, y mucho menos que se hubiera dejado tocar de una manera tan íntima. Cerró la puerta del remolque y se quedó mirando las sábanas revueltas de la colchoneta donde había dormido. 


Sola. Había dado incesantes vueltas durante toda la noche, entreabriendo apenas los ojos para ver dónde se había metido Pedro. Y se había sorprendido al verlo sentado en el suelo y apoyado contra la pared… observándola.


La quería. Tanto si lo admitía como si no, la quería. No habría podido mostrarse tan generoso y tierno con ella durante la noche anterior, sin esperar nada a cambio, si no hubiera sido así. Y no se habría quedado a su lado cuando apareció su padre, para luego ofrecerle un hombro sobre el que llorar, si su única intención hubiera sido robarle la virginidad.