domingo, 11 de septiembre de 2016
CAPITULO 19: (SEXTA HISTORIA)
—Quieto —le ordenó Pedro en voz baja.
—No puede ser Minnich, ¿verdad? —le preguntó Pau—. Él salió ayer, pero tú tuviste que esperarme. ¿Crees que podemos haberlo alcanzado?
—Sí, pero él no sabía que lo estaban siguiendo hasta ayer, y aun así, pudo pensar que éramos excursionistas —contestó—. ¿Por qué íbamos a haberlo asustado?
—Porque disparaste…
—Puede ser. Pero por otro lado, él te vio, y aparentemente estabas sola…
—Lo estaba —lo interrumpió Pau—. Al menos, creía que lo estaba.
—Cierto, y él también. Así que sí, podría ser él. Se ha metido en el bosque, seguramente para descansar un poco. Tendré que acercarme un poco más.
—¿Vamos a acercarnos?
—Sí —Pedro sacó una cartuchera de una de las alforjas y se la colgó a la cintura. Después sacó la pistola y la metió en la funda. Buscó unos prismáticos y, finalmente, agarró el rifle.
Pau se volvió para sacar el suyo.
Él frunció el ceño.
—¿Crees que necesitarás el arma?
—Voy a llevarla —sonrió ella—. Pero dejaré aquí la pistola.
—Estupendo —suspirando, se movió despacio hacia delante.
Boyo se colocó a su izquierda y Pau a su derecha. No habían llegado muy lejos cuando Pedro y Boyo se detuvieron. Pau hizo lo mismo.
Al otro lado del río, un poco alejado, se veía a un hombre.
Estaba de pie, tenía los caballos atados y había montado un campamento bajo unos árboles.
Pedro sacó los prismáticos y miró a través de ellos.
—Es Minnich —murmuró.
De pronto, todo pareció suceder a la vez.
Sonó un disparo y el sombrero de Pedro saltó por los aires.
En ese mismo instante, se tiraron al suelo. Pedro agarró el sombrero y metió el dedo en el agujero que le habían hecho.
—El muy canalla —murmuró—. Creía que esto solo pasaba en las películas.
Boyo aulló y salió corriendo, mientras Pedro y Pau se llevaban sendos rifles al hombro.
Sonó otro disparo. Boyo dio un fuerte gemido y saltó por los aires, después aterrizó con brusquedad. En el mismo momento, sonaron dos disparos más. Con un grito de dolor, Minnich cayó al suelo.
—Le he dado —Pedro salió corriendo hacia el hombre, y atravesó el río.
—Voy por él —gritó Pau, y salió corriendo hacia Boyo.
Al ver al perro se quedó helada. Estaba quieto y ni siquiera gemía. Al ver que todavía respiraba, se sintió aliviada.
Estaba vivo.
Se arrodilló a su lado y lo acarició, manchándose de sangre.
—Canalla es una palabra demasiado suave para ese hombre —murmuró, y apartó el pelo de Boyo para verle la herida.
Al ver que no sangraba demasiado, suspiró aliviada. Para no regresar hasta los caballos a por el botiquín, rasgó su blusa a la altura de la cintura, arrancando los botones al tirar de ella.
Cortó varias tiras y las dobló a modo de gasas. Las colocó sobre la herida y presionó sobre ella. Acababa de cambiarlas por otras limpias cuando Pedro apareció con el botiquín en la mano.
Pau se movió para dejarle acceso a la herida y colocó la cabeza del perro sobre su regazo.
—Eres muy valiente —murmuró, y lo acarició mientras Pedro mojaba la gasa con agua antes de retirarla de la herida.
El perro gimió un poco mientras terminaban de limpiarle la herida y Pau continuó hablándole para tranquilizarlo.
—Has arriesgado tu vida por nosotros, Boyo. Eres un héroe —le acarició el hocico y él sacó la lengua para lamerle la mano—. Gracias por los besos —dijo ella, y observó que Pedro le ponía una pomada con antibiótico sobre la herida.
Después, Pedro sacó una venda y le cubrió la herida con ella. Más tarde, sacó una jeringuilla y pinchó al animal en la pierna.
Pau lo miró con curiosidad.
—Para el dolor —dijo él—. No quería ponérsela antes de parar la hemorragia —le explicó—. Ahora debe descansar —arqueó las cejas—. Debes de estar muy incómoda. ¿Quieres que lo mueva?
—No, no, estoy bien —mintió Pau, con todo el cuerpo dolorido.
Pedro sonrió como si supiera la respuesta antes de escucharla.
—Está bien. He avisado a Hawk. En un par de horas llegará con un helicóptero de rescate.
—¿Cómo has contactado con él?
Él sonrió de nuevo.
—Se llama teléfono vía satélite.
Ella lo miró con ojos entornados. De pronto, se acordó de otra cosa.
—¿Y Minnich?
—Tiene un par de balazos, pero está vivo. Lo he llevado hasta donde están nuestros caballos. Siente mucho dolor, así que lo he dejado muy bien atado, para que sufra por todo lo que ha hecho.
Como si comprendiera lo que ella estaba pensando, Boyo le lamió la mano como para consolarla.
—¿Crees que puede tener sed? —preguntó ella, mirando al perro.
—Probablemente —asintió Pedro, y le dio la botella que había utilizado para limpiar la herida—. Todavía queda un poco de agua. No puede levantarse, pero puedes moverle la cabeza para que beba.
Paula sirvió un poco de agua en una taza y levantó la cabeza de Boyo.
—Venga, Boyo, ayúdame un poco. Tienes que estar sediento, después de todo lo que has pasado.
—Voy a ir a ver a Minnich —dijo Pedro—. Y después iré a tirar abajo el chamizo que se ha construido.
Paula permaneció abrazando a Boyo en todo momento. Para cuando oyó que se acercaba el helicóptero, le dolía todo el cuerpo por haber estado en la misma postura mucho rato.
Habría gritado de contento, pero no tenía energía.
Boyo se había quedado medio dormido a causa del analgésico, pero abrió los ojos y miró al cielo, teñido por la puesta de sol.
—Sí, bonito —dijo ella, y lo acarició otra vez—. Es tu dueño. Ha venido para llevarte a casa.
Pau observó que el helicóptero se detenía sobrevolando sus cabezas. Se fijó en que habían montado la línea de salvamento y que Hawk descendía hacia el suelo colgado de un arnés. Pedro lo estaba esperando.
Entre los dos, levantaron a Minnich, quien estaba inconsciente, y lo colocaron sobre la camilla de rescate.
Después, hicieron un gesto para que lo elevaran.
Enseguida, Hawk se dirigió a donde estaba Pau con su mascota herida.
—Así que te has llevado el disparo de mis amigos, ¿eh? —le dijo Hawk al perro, en tono de preocupación.
Al oír la voz de Hawk, Boyo comenzó a mover el rabo contra el suelo. Pau pestañeó para contener las lágrimas.
Hawk se arrodilló mientras bajaban otra vez la camilla del helicóptero.
—Muy bien, amigo —dijo mientras metía los brazos bajo el animal—. Aprieta los dientes porque voy a levantarte —se puso en pie con mucho cuidado y lo llevó hasta donde lo esperaba Pedro.
Paula se levantó también y lo siguió. Pedro retiró una nevera portátil de la camilla y esperó a que Hawk colocara al perro. Después, Hawk se volvió hacia Paula y le dio un fuerte abrazo.
—Gracias por cuidar de él, Paula —dijo, con voz entrecortada.
—¿Crees que se pondrá bien? —preguntó ella.
Él asintió y esbozó una sonrisa.
—Es muy duro. Vivirá para conocer a sus cachorros.
—Pero… —comenzó a decir ella, confundida por su comentario.
—Tengo que irme —se volvió para estrechar la mano de Pedro y darle un abrazo—. Gracias, amigo.
—Para lo que quieras —Pedro dio un paso atrás. Hawk se puso el arnés y esperó a que lo subieran hasta el helicóptero.
La cacería había terminado.
Pau esperó a que el helicóptero se perdiera de vista. Cuando miró a su alrededor, se fijó en que Pedro no solo había montado el campamento, sino que también había montado la tienda de campaña y había acercado a los caballos.
—Veo que has estado muy ocupado mientras esperabas al helicóptero —dijo ella, sintiéndose una pizca culpable por no haberlo ayudado—. Siento no haber podido…
—Yo no necesitaba ayuda. Boyo, sí.
Al oír el nombre del perro, Pau notó que se le llenaban los ojos de lágrimas. Pedro se acercó a ella y la abrazó.
—No te preocupes, Pau. Se pondrá bien. Es un perro duro. Ahora… —sonrió y movió las cejas mientras miraba la nevera que Hawk les había llevado—. Comamos.
—¿Hawk nos ha traído la cena?
Él asintió.
—Supongo que se imaginó que estaríamos hartos de la comida de batalla.
—Y tenía razón. ¿Qué ha traído? —preguntó hambrienta.
Pedro comenzó a sacar cosas de la neverita.
—Chile… Pan… y café de verdad.
Pau Qué maravilla.
—E incluso nos ha traído postre —dijo él, y sacó unos brownies.
—Estupendo —contestó ella, mientras se le hacía la boca agua.
Puesto que estaba casi anocheciendo, Pedro encendió una hoguera antes de sentarse a cenar.
—¿Tienes frío? —preguntó él, al verla tiritar. Sin esperar a que contestara, le colocó la chaqueta sobre los hombros.
Ella suspiró y sonrió para darle las gracias.
Todo estaba buenísimo. La comida la había calentado por dentro y el fuego y la chaqueta mantenían su calor. Pau le dio las gracias a Hawk en silencio y, al recibir su segunda taza de café, suspiró satisfecha.
—¿Te sientes mejor?
—Mucho mejor, gracias —contestó ella. Se quedó contemplando el fuego un instante y comentó—: Pedro, Hawk dijo algo acerca de que Boyo llegaría a ver a sus cachorros —dijo ella—. ¿Qué quería decir?
—Lo que dijo. Hawk tiene una amiga que se dedica a la cría de perros lobos, y de vez en cuando le pide cruzar a Boyo con una de sus mejores hembras. Sus cachorros nacerán cualquier día de éstos.
—Seguro que son preciosos.
—Hasta el momento, todos lo han sido. Y alguno ha ganado concursos —la miró con una sonrisa—. Estoy seguro de que Hawk tenía razón… Boyo conocerá a la próxima camada y a muchas otras.
Pau permaneció en silencio unos instantes.
—¿Y Minnich? —preguntó al fin.
Pedro se puso serio.
—Oh, él sobrevivirá para enfrentarse a un juicio —la miró—. Y por cierto, le hemos dado los dos. Yo, en el muslo, y tú, en el hombro. Ahora, olvídate de él. No merece que pienses en él ni un momento.
—Sí —admitió Pau, y tragó para deshacer el nudo que tenía en la garganta—. Estoy agotada. Vamos a recoger todo esto para poder acostarnos.
—Vete —le ordenó él—. Yo recogeré —arqueó una ceja—. ¿Quieres que caliente un poco de agua para que puedas darte un baño a la taza?
—Oh, eso sería maravilloso, Pedro. Gracias —se levantó.
—Ve a prepararte. Estaré contigo dentro de unos minutos.
Paula se dirigió a la tienda, se quitó la ropa y se cubrió con una toalla. Pedro entró con un termo de agua caliente y una taza.
—Tómate el tiempo que necesites —dijo él—. Yo voy a lavarme al río.
Pau se limpió con la toalla y trató de disfrutar al máximo de la taza de agua caliente que se vertía por el cuerpo. Imaginó que con ella conseguiría limpiar no solo la suciedad, sino también el horror que había visto durante el día. El dolor que había soportado viendo sufrir a su hermana. Todo había terminado, pero no conseguía olvidarlo.
Cuando se terminó el agua, se secó y se vistió con otras mallas de ropa interior y otros calcetines. Acababa de salir de la tienda cuando Pedro regresó al campamento.
—¿Mejor?
—Sí —contestó ella. Se sentía limpia, pero estaba agotada física y emocionalmente. Quizá por eso, se derrumbó.
Incapaz de contener las lágrimas, rompió a llorar.
Corrió a la tienda y se metió en el saco.
—¿Qué ocurre, Paula? —preguntó Pedro con preocupación. Se acostó junto a ella y la estrechó entre sus brazos—. Tranquila, todo ha terminado —murmuró él—. ¿Por qué lloras?
—Estaba pensando en Dani —gimoteó—. Puede que ahora abra la puerta de su habitación y se reúna con la familia para comer. Quizá pueda comenzar a vivir otra vez.
—Estoy seguro de que será así —Pedro le acarició el cabello—. Quizá podáis convencerla de que busque ayuda de un profesional.
Paula asintió, pero no consiguió dejar de llorar durante lo que le pareció una eternidad.
Cuando se tranquilizó, agarró el pañuelo que le ofrecía Pedro y se secó los ojos:
—Gracias —le dijo.
—De nada.
—Te he mojado la camisa.
—Se secará —susurró él—. Ahora, duérmete.
—Una cosa más —lo miró a los ojos—. Puesto que ya hemos terminado la búsqueda, ¿mañana también tenemos que levantarnos al amanecer?
Él se rio.
—No, bonita, no hace falta. Puedes dormir más rato. Pero hay que tener tiempo de desayunar y de recoger nuestras cosas. Hawk dijo que enviaría un helicóptero a recogernos a media mañana.
—¿Y los caballos?
—Los vaqueros amigos de Hawk vendrán para cuidarlos y llevarlos a casa.
—Muy bien —bostezó Pau, agotada.
Pedro agachó la cabeza para darle un beso de buenas noches en la boca.
Pero, igual que la noche anterior, el beso desató una fuerte pasión entre ambos. De pronto, Paula estaba completamente despierta, agarrándolo del pelo para acercarlo más a su cuerpo y besándolo también.
—Paula, estás muy cansada. ¿Estás segura de que…?
—Sí, quiero —dijo ella, y le acarició el torso—. Quiero tus besos, tu cuerpo, todo tú.
—Y yo también quiero lo mismo de ti —murmuró Pedro, ardiente de deseo.
Después de desnudarse de forma apresurada, Pedro la besó en los labios, en el rostro, en los senos y más abajo. Cuando la besó en la entrepierna, ella gimió de placer. Antes de que su gemido se desvaneciera, él la penetró, aumentando su placer al máximo. Esa vez, llegaron al éxtasis al mismo tiempo.
—Ha sido estupendo —murmuró ella, y se acurrucó contra él. Al momento, se había quedado dormida.
—Tú eres estupenda —susurró Pedro. Y consciente de que ella ya no lo escuchaba, añadió—: Y te quiero.
CAPITULO 18: (SEXTA HISTORIA)
La primera luz del alba teñía el horizonte cuando Pedro la despertó.
—Paula —dijo él—. Es hora de levantarse. Tienes tiempo para vestirte y asearte antes de que termine de preparar el café.
—Mmm —contestó ella.
Pedro se rio.
—¿Eso es un «de acuerdo» o un «piérdete»?
El sonido de su risa hizo que Pau se despertara del todo.
Bostezó y dijo:
—De acuerdo, saldré en unos minutos.
Tras remolonear un poco, Pau salió del saco y se puso los vaqueros y la blusa sobre la ropa interior larga. Se cambió de calcetines y se puso las botas. Cuando terminó, notó su cuerpo dolorido tras haber hecho el amor después de mucho tiempo.
Se recogió el cabello en una coleta, guardó sus cosas y sacó la mochila de la tienda. La dejó junto a Pedro y se dirigió a los arbustos.
Oyó que él se reía y trató de ignorar cómo reaccionaba su cuerpo a la vez que se concentraba en el asunto que tenía entre manos.
Cuando terminó, se limpió las manos con una toallita desechable y regresó al campamento.
Pedro estaba en cuclillas junto al fuego, preparando dos tazas de café instantáneo. Le ofreció una y ella la aceptó.
Mientras trataba de apagar el fuego, Pau se fijó en la musculatura de sus piernas y recordó la impresionante sensación que había experimentado al tenerlas junto a su cuerpo la noche anterior. Cuando él levantó la vista recordó cómo la había mirado con pasión.
De pronto, se le cayó la taza.
Boyo se sobresaltó y empezó a ladrar al oír que el aluminio chocaba contra una roca. Los caballos relincharon y se pusieron inquietos.
—Mira lo que has hecho —dijo Pedro, y se puso en pie—. Has asustado a los animales.
—Lo siento. No sé qué me ha pasado. No suelo ser tan torpe —y tampoco los hombres solían afectarla así.
Pedro le dio su taza de café y, tras calmar a Boyo, fue a tranquilizar a los caballos.
Pau se fijó en su firme trasero y, una vez más, se sintió intranquila. Tenía que dejar de mirarlo y centrarse en los caballos. Pedro les echó un poco de comida en el suelo y los caballos se acercaron a por ella.
—Tenemos que desayunar y ponernos en marcha —dijo Pedro, cuando regresó junto al fuego—. Estoy seguro de que Minnich no está recreándose con el desayuno —le entregó a Paula una barrita de cereales.
Estaba tan hambrienta que se la comió antes de que Pedro terminara de apagar el fuego.
Cuando él se levantó y vio el envoltorio, le preguntó:
—¿Quieres otra?
Avergonzada, lo miró y contestó:
—Si hay bastantes…
Pedro mordió la suya y sacó otra de la caja.
—Tenemos que recoger todo.
Ella obedeció, recogió la taza y se dispuso para cargar sus alforjas en la grupa de Chocolate.
—Espera, ya lo hago yo —Pedro se acercó para recoger la otra alforja—. Pesa mucho.
—Puedo hacerlo —dijo ella, pero se calló cuando se percató de que sus rostros estaban muy cerca. Lo miró, respiró hondo e inhaló su aroma. A la luz del día, tenía incluso mejor aspecto que durante la noche. Cuando recuperó la voz, le preguntó—: ¿Qué haces?
—¿Yo? —contestó Pedro—. Eres tú la que está batiendo esas pestañas tan largas. ¿Son falsas?
—¿Falsas? —Pau se contuvo para no gritar y no asustar a los animales—. Te diré, Pedro Alfonso, que en mi vida he llevado pestañas falsas… Ni ninguna otra cosa.
Pedro sonrió.
—Lo sé. Eres de verdad —la miró de arriba abajo de forma acalorada.
Pau sintió que se le aceleraba el corazón.
—¿Hay agua?
Sin alejarse de ella, él sacó una botella de su alforja. Ella bebió un trago, pero el agua fría no le sirvió para calmar su ardiente pensamiento. La noche anterior había sido…
Perfecta. Era como si se hubieran fusionado en un solo ser, un cuerpo, un alma. Hacer el amor con Pedro había sido la mejor experiencia de su vida, y no podía esperar para hacerlo otra vez…
Pau no fue capaz de contener el grito ahogado que apremiaba por salir de su garganta.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí… Lo siento —consiguió decir—. Se me ha debido de atascar la barrita de cereales en la garganta —se volvió para recoger otra alforja al ver que él la miraba con escepticismo.
Veinte minutos más tarde, estaban en camino.
Avanzaron en fila por el estrecho camino, y cuando ensanchó lo bastante, Pau se colocó junto a Pedro.
—¿Y si Minnich no ha seguido el curso del río y se ha dirigido hacia las montañas? —preguntó ella.
—A menos que sepa dónde encontrar más agua, no puede permitírselo. Tiene comida pero, tarde o temprano, se quedará sin ella. Sin comida puede aguantar un tiempo, alimentándose de brotes y bayas. Pero ¿sin agua? —negó con la cabeza—. A mi juicio, se quedará junto al río —la miró de reojo—. Por supuesto, podría estar equivocado. El agua del deshielo forma muchos arroyos. Si conoce estas montañas, se adentrará en ellas. Pero yo cuento con que no las conoce tan bien.
Pau asintió y comentó:
—A estas alturas te conozco lo suficiente como para estar segura de que crees que él ha seguido este rumbo. No has dudado ni un instante, ¿por qué?
—Porque este camino lleva a la zona más espesa del bosque, la menos transitada por los turistas y los caminantes. Y porque este arroyo está bien señalizado en los mapas.
—Tiene sentido. Debería haberlo pensado antes de haberte hecho esa estúpida pregunta.
—No —Pedro negó con la cabeza—. Puedes preguntarme lo que quieras, Paula. No hay preguntas estúpidas, a veces solo hay respuestas estúpidas.
—Por algún motivo, creo que tú no das muchas de ésas.
Él sonrió al escuchar su cumplido. Pau agarró las riendas con fuerza para no derretirse y él le cubrió una de las manos con la suya.
—Quédate aquí y monta conmigo, Paula —dijo él—. Pronto pararemos a descansar un poco y a comer algo.
Aunque pareciera ridículo, Pau se percató de que nunca había disfrutado tanto de montar a caballo.
Boyo iba delante de ellos, olisqueando el suelo.
—Boyo es un gran trabajador, ¿verdad?
—Boyo proviene de una familia de perros lobos ganadora de muchos concursos —sonrió—. Y le encanta cazar.
—¿Y Hawk no lo lleva a concursos? —preguntó, tratando de ignorar los efectos de su sonrisa.
—No —se rio Pedro—. ¿Te imaginas a Hawk paseando con Boyo sobre un escenario?
—No hay nada malo en los concursos de perros. Son preciosos.
—Lo sé. Yo veo los concursos de Animal Planet. Pero, en serio, Paula, ¿de veras te imaginas a Hawk en uno de ellos?
—En realidad, no —sonrió ella.
—Lo imaginaba.
—¿De dónde sacó Hawk a Boyo?
—Se lo regaló su padre.
—¿Su padre todavía vive?
—Sí, y se dedica a criar a los mejores perros lobos de Escocia, donde vive —se rio—. Permitió que Hawk eligiera a un cachorro y él eligió a Boyo. Su padre quedó encantado porque Boyo era el más pequeño de la camada y creía que no serviría para concursar. Resulta que Boyo, aunque era el más pequeño, se convirtió en un animal estupendo que habría sido un gran campeón.
—Bien hecho, Boyo —gritó Pau, y estiró el cuello para ver al animal. Al hacerlo, puso una mueca de dolor.
Como siempre, Pedro no se perdió ni un detalle.
—¿Necesitas un descanso? —le preguntó, y le masajeó el hombro derecho.
Pau suspiró y contestó:
—Sí —admitió—. Lo siento si te estoy retrasando.
Él la miró frunciendo el ceño.
—No me estás retrasando, Paula. A mí también me vendrá bien un descanso. Y tengo hambre. No hemos desayunado mucho —sonrió—. Y necesito una taza de café tanto como tú.
Ella se rio y notó que se le nublaba la vista. ¿Por qué se le habían llenado los ojos de lágrimas? Se burló de sí misma.
No podía ser que le pasara eso solo porque él fuera tan atento con ella. Suspiró con fuerza.
¿Y se había preguntado si sería capaz de manejarlo? «Qué pregunta más absurda», se regañó. Pero claro, en aquel entonces no esperaba enamorarse de él.
«Estúpida», pensó, y detuvo a la yegua en el claro que él había elegido. Solo una tonta podía enamorarse de un inconformista.
Mientras Pedro desempaquetaba las cosas para la comida, Pau paseó de un lado a otro para estirar las piernas.
Después, se acercó al río a lavarse las manos y la cara.
De regreso al campamento, percibió el aroma a café caliente. ¿Pero cómo podía haberlo hecho si no había encendido un fuego? Nada más llegar, Pedro le tendió una taza humeante.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó ella, mirando a su alrededor.
—Esta mañana hice café de sobra y llené uno de los termos —dijo él, y bebió un trago de su taza.
—Debería haberlo pensado —dijo ella, y sopló un poco antes de beber—. ¿Qué hay de comer?
—Ven a verlo. Está preparado —la guio hasta donde había preparado unos sándwiches de mantequilla de cacahuete, manzanas y, por supuesto, chocolatinas.
En menos de una hora, estaban subidos a los caballos otra vez.
No llevaban mucho tiempo montando cuando Pau dijo de pronto:
—Lo siento.
Pedro volvió la cabeza y la miró asombrado.
—¿Por qué?
Ella se humedeció los labios y dijo:
—Ahora me doy cuenta de que no debería haberte obligado a que me trajeras contigo, ni haberte seguido cuando me dejaste en casa de Hawk. Te estoy retrasando, y lo sé.
—Paula… —comenzó a decir él.
Ella se apresuró a continuar.
—Hacía años que no hacía una cacería a caballo. Bueno, aparte de montar en la finca de mi padre, nunca había estado en un caballo tanto tiempo como para que me doliera todo —tomó aire y continuó—: Empieza a dolerme el cuerpo entero y…
—Y, como te dije —intervino él—, estás loca —sonrió, provocando que a ella se le encogiera el corazón—. Primero, no me has obligado a nada. Confía en mí, bonita, no dejo que me fuercen fácilmente. Segundo, no podríamos ir mucho más deprisa sin agotar a los caballos, sobre todo al que lleva la carga. Y tercero, pero lo más importante, después de pensarlo un poco, supe que te quería a mi lado.
Durante un instante, Paula sintió que se le paralizaba el corazón.
—Pero dijiste…
Una vez más, Pedro la interrumpió
—Sé lo que dije. Cambié de opinión —arqueó una ceja—. ¿Creías que solo las mujeres podíais hacerlo?
—No, por supuesto que no, pero…
—Espera —Pedro detuvo al caballo y estiró el brazo para detener al de Pau—. Mira a Boyo.
Pau volvió la cabeza y se fijó en que el perro estaba completamente quieto entre la maleza. Incluso desde la distancia, podía ver que estaba temblando. Boyo había visto algo y estaba dispuesto a pasar a la acción.
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