lunes, 5 de septiembre de 2016
CAPITULO 31: (QUINTA HISTORIA)
—¿Te has preguntado alguna vez por qué te llamé tantas veces? ¿Por qué estaba tan desesperada por encontrarte, a pesar de creer que me estabas evitando?
Pedro se quedó quieto. Muy quieto.
—¿Estabas embarazada?
Ella asintió y tragó saliva para librarse del nudo que le atenazaba la garganta.
—Durante un breve periodo. Sí.
—¿No utilicé protección?
—Usamos preservativos, pero la última vez… había una posibilidad.
Él estudió su rostro un momento antes de apartarse. En silencio, perdió la vista en la oscuridad que había al otro lado de la ventana. Paula solo pudo imaginar lo que debía estar sintiendo. Asombro, incredulidad, la impotencia de comprender lo que podía haber sido.
—¿Yo lo sabía? ¿Te prometí llamarte?
—Sí.
—Pero no lo hice y no podía contestar a tus llamadas —se volvió hacia ella y la atacó con una frase fría y dura como granizo—. Y Carlisle llegó en el momento perfecto, con el trato perfecto, para ti y para mi bebé.
—¡No! —Paula movió la cabeza con vehemencia—. Había intentado localizarte, intentaba decidir qué hacer si tú no querías saber nada del tema. Perdí al bebé y me di cuenta de cuánto lo deseaba. Entonces Alex me hizo su propuesta. Por eso estaba abierta a su sugerencia.
—¿A su sugerencia de concebir otro bebé? Dime, ¿eso es como volver a subirse a una bicicleta después de una caída? Mejor hacerlo cuanto antes, para no olvidar cómo se hace.
—No —gimió ella, desolada por la cruda analogía—. No acepté casarme con él de inmediato. Le pedí tiempo. No me acosté con él.
—¿Esta vez querías una alianza en el dedo?
—Quería tiempo para reconsiderarlo, para pensarlo bien cuando no me sintiera tan vacía y desesperanzada. Quería asegurarme de que mi razonamiento era válido, no una reacción emocional a mi pérdida. Necesitaba estar segura.
—¿Segura de qué? —por primera vez, su helado control se rasgó, mostrando su ira en los ojos—. ¿De que querías un bebé? No importaba si era de él o mío, o si tu relación se basaba en amor o en avaricia o en un montón de hojas de contrato. Lo querías para ti. No pensaste en el bebé ni en cómo vería la relación de sus padres.
—No es verdad. Teníamos razones sólidas…
—Tan sólidas que huiste del día de tu boda. Tan sólidas que pasaste tu luna de miel en mi cama.
Paula, apabullada, se esforzó por mantener la cabeza bien alta. Por controlar las lágrimas.
—Sabes por qué fui a Tasmania.
—Porque puse en peligro tu farsa de boda… ¿o porque buscabas una excusa para no celebrarla?
—Porque me llamaste, porque oí tu voz en el teléfono, porque no pude evitarlo —contraatacó ella, con voz sonora y rebosante de fuerza—. Maldito seas, Pedro. No me limité a dejarme caer en tu cama. Estabas allí. Lo sabes.
—¿Por qué te acostaste conmigo?
—Por la misma razón por la que he venido aquí hoy, por la misma razón por la que no me marché al ver tu recibimiento. Por la misma razón por la que estoy aquí arguyendo sobre algo que no quieres oír. Porque te quiero.
—¿Me quieres? —resopló con cinismo—. ¿Pero no aceptas un contrato que te ataría a mí?
—No quiero estar atada a ti por un negocio —le devolvió ella—. Con Alex no importaba, contigo sí importa. Todo se amplifica. El breve júbilo cuando pensé que iba a tener tu bebé. No poder ponerme en contacto contigo y comprender que me habías utilizado ese fin de semana, que no ibas a alegrarte de la noticia. Tenía el matrimonio perfecto, la vida perfecta… en mis manos hasta que volviste.
Él estaba tan tenso que ella se preguntó si algo de lo que había dicho había penetrado esa barrera de resistencia. O no la creía, o no quería creerla. Igual daba que fuera una cosa o la otra.
Había intentado explicarle por qué había sido difícil rechazar la propuesta matrimonial de Alex. Si no aceptaba eso, ¿cómo iba a convencerlo de algo tan inexplicable como su amor?
—Sé que éste no es el mejor momento para desvelarte mi alma —le dijo—. No es la razón de que haya venido; no ha sido por mí ni por mis sentimientos, pero ahora lo sabes todo y no me arrepiento de haberlo dicho.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Tal vez porque sabía que llegaríamos a esto.
Durante un momento, el antagonismo de ese «esto» se alzó entre ellos, y fue demasiado. Antes de que él pudiera decir más, ella movió la cabeza negativamente, para detenerlo.
—Creo que los dos hemos dicho bastante. Llamaré a un taxi.
—¿Dejas caer esas bombas y lo dejas así?
—Hasta que ambos hayamos reflexionado, sí.
—¿Tienes que pensarlo más? ¿Cambiar de opinión otra vez? ¿Decidir si esto es amor verdadero?
Paula no tenía respuesta para esas crueles preguntas.
Estaba harta. No podía quedarse allí mientras él desgarraba su promesa de amor y se reía de las difíciles decisiones que había tenido que tomar esos últimos meses. Prefería irse mientras aún le quedara un poco de dignidad. Antes de que empezaran a brotar las lágrimas.
Sacó el teléfono del bolso. Había grabado el número y solo tenía que controlar el temblor de sus dedos para pulsar la tecla.
—No hace falta que llames a un taxi. ¿Dónde te alojas?
—En el Carlisle.
—Te llevaré —dijo él, apretando los labios.
Ella deseó decirle lo que podía hacer con su oferta…, pero prefirió no discutir. Desde su llegada, él había buscado la confrontación. Tal vez, como un animal herido, necesitaba atacar por el dolor de la pérdida de Mac. Ella lo había permitido, pensando que podía absorber parte del dolor con su cariño. Pero ya no podía más.
En el coche, cerró los ojos y lo borró de su mente, envolviéndose en el silencio mientras el coche avanzaba en la lluviosa noche. En el hotel, cuando él bajó para abrirle la puerta, se vio obligada a mirarlo… y a enfrentarse al hecho de que ésa podía ser la despedida definitiva.
En ese momento, su coraje se disolvió. No podía mirarlo a los ojos. Tampoco podía darse la vuelta y marcharse sin decir nada.
Era más fácil, mucho más, inclinarse hacia su cuerpo y besar su mejilla. Percibió su inmovilidad, la tensión de su mandíbula y la textura rugosa de su piel bajo los labios.
Curvó los dedos sobre la solapa de su chaqueta: un último contacto, una última oleada de su olor.
—Cuídate —le dijo. No tenía sentido decirle que la llamara o mantuviera el contacto. Eso ya lo había hecho dos veces, sin éxito—. Lamento tu pérdida —cuando se apartó para irse, él le agarró el brazo y sus miradas se encontraron un instante.
—Yo lamento la tuya, Paula. Ojalá no hubieras tenido que pasar por eso sola.
Las lágrimas asolaron sus ojos de inmediato, pero sabía que si dejaba escapar una, no podría parar. Asintió con la cabeza, se soltó y consiguió alejarse con cierta dignidad.
CAPITULO 30: (QUINTA HISTORIA)
Paula sabía que había corrido un gran riesgo. Había tomado otra de esas decisiones instintivas y problemáticas, dejándose llevar por su corazón. A pesar de la fría recepción, seguía creyendo que había hecho bien.
Ese día él había enterrado a su mentora, socia y abuela, la persona por la que habría hecho cualquier cosa, y el dolor estaba grabado en cada línea de su rostro. Si estaba evitando a todo el mundo, como había sugerido Erin, si ésa era su manera de enfrentarse a la pérdida, tendría que esforzarse más. Ella no lo aceptaría.
—No voy a marcharme, Pedro —alzó la barbilla y lo miró a los ojos—. No he venido por el contrato; he venido por ti. He pensado que esta noche te vendría bien una amiga.
—¿Amistad? —soltó una risa seca—. ¿Eso consideras nuestra relación?
—Pensé que éramos más que eso. Al menos, creía que habíamos superado la etapa de hablar en el porche. ¿No va a invitarme a entrar?
Durante un momento creyó que se negaría, pero él abrió la puerta y le cedió el paso. Pero el brillo acerado de sus ojos no era nada amistoso. Paula se estremeció con un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluviosa noche.
—¿Me das el impermeable?
La puerta se cerró de golpe y los nervios de Paula dieron un bote. Desabrochó el cinturón y los botones. Él, a su espalda, la ayudó a quitarse el impermeable.
—Gracias —murmuró, mirando a su alrededor.
Era su casa, temporal, pero aun así quería verla. Mientras estaba fuera la habían consumido los nervios y la angustia de la música que sonaba dentro. Solo tenía una impresión de paredes encaladas y terracota; comprobó que el tema mediterráneo se mantenía en el interior. Paredes blancas con texturas, arcos entre las habitaciones, alfombras tejidas, tiestos con palmeras y toques de color rojo, oro y negro en los muebles.
Se sintió irresistiblemente atraída hacia la cocina y el olor a comida. Sus nervios se calmaron al recordar la última noche en Isla Charlotte y la camaradería que habían compartido trabajando codo con codo.
—Lo que has cocinando huele delicioso.
Con la esperanza de identificar el plato, inhaló profundamente y comprendió que, el olor a carne guisada estaba matizado por algo dulce. Entonces vio las flores.
Lirios blancos. La calma la abandonó de nuevo. Giró sobre los talones; Pedro seguía junto a la puerta, observándola.
—Lo siento mucho —dijo—. Cuando te marchaste de Melbourne no imaginé que le quedara tan poco tiempo.
—Nadie lo imaginaba.
—¿Ni siquiera tú?
—¿Crees que habría viajado a Australia y desperdiciado días en la isla de haberlo sabido?
La pregunta resonó en el corazón de Paula. Él lamentaba los días que habían pasado juntos.
—No fueron días desperdiciados —le dijo.
—¿Días pasados persiguiendo un trato sin sentido?
—No, no era un trato sin sentido. ¿Cómo puedes decir eso? Hiciste el viaje por Mac, para devolverle la propiedad del lugar que amaba. ¿Crees que ella habría querido que abandonaras eso? ¿No habría deseado volver a ver Isla Charlotte en manos de los MacCreadie?
—Yo no soy un MacCreadie —rezongó él.
—¿Es eso lo que pensaba Mac? Me dijiste cuánto había hecho para encontrarte. Admitió la verdad tras años de silencio sobre vuestro parentesco. Claro que te consideraba familia. Dime, si la compra hubiera llegado a término después de julio, ¿qué habría pasado ahora? ¿A quién le habría dejado la propiedad?
—Soy su único heredero —contestó él como si fuera algo indeseado e inmerecido.
Paula comprendió. Sintió dolor por su pesar e ira por sentirse como si hubieran vuelto a atracarlo. Él no quería el legado de Mac, quería tiempo para devolverle parte de lo que ella le había dado.
—Entiendo cuánto significaba Mac para ti y cómo debes sentirte…
—¿En serio? ¿Tienes idea de lo que es que nadie crea en ti excepto una mujer dispuesta a apoyarte con todas sus posesiones? ¿Sabes lo que es pasar treinta años sin saber de dónde vienes, encontrar las respuestas y a tu familia y perderlo todo semanas después?
Su voz sonó desolada y llena de fervor.
—Diablos, Paula. Ni siquiera estuve a su lado. La única vez que me necesitó, no estuve.
Paula no tenía respuesta. Lo que más deseaba era salvar la distancia que los separaba, rodearlo con los brazos y consolarlo, hacerle saber que no estaba solo. Que la persona que había perdido no era la única que lo amaba.
Pero él lo impidió con su postura rígida y mirada hostil.
—¿Has considerado esto desde el punto de vista de Mac?
—le preguntó—. ¿O solo desde el tuyo?
—Mac murió sola —dijo él con rostro tenso—. Es el punto de vista que considero.
«Oh, Pedro», pensó ella. Se estremeció. Como él no contestaba al teléfono, había supuesto que estaba junto a la cama de Mac. Había esperado que llegara a tiempo, al menos para despedirse.
—No lo sabía. Lo siento muchísimo.
Él no contestó, pero vio que un músculo se tensó en su mandíbula. Después, se apartó de la puerta y fue hacia las ventanas que daban a la bahía.
—Desde otra perspectiva —dijo ella, cautelosa—. Imaginó que Mac estaba muy orgullosa de tu éxito. No habría invertido cuanto tenía, hace años, si no hubiera creído en ti. Ni te habría confiado su secreto ni su herencia si no te hubiera querido.
—Aun así, murió sola.
—No, Pedro. Estaba sola antes de encontrarte. Murió sabiendo que tenía un nieto que la quería y que, no lo dudo, la apoyó en todos los sentidos durante sus últimos años.
La mirada de él se perdió en el vacío.
—No lo bastante —dijo él—. Negocios, viajes, no pasé aquí el tiempo suficiente.
Pedro vio en el cristal cómo se acercaba, el movimiento de su cabello y del vestido azul verdoso que acariciaba las curvas de su cuerpo. Deseó concentrarse en esas curvas, en sus piernas, en el recuerdo de su piel desnuda y suave bajo su cuerpo. Pero eso le provocó la necesidad de sus brazos, de su consuelo, de su mirada asegurándole que estaba allí para él.
Fue una sensación demasiado intensa y Pedro se retrajo mentalmente. Había revelado demasiado, se había expuesto. Era muy fácil con ella, aunque no había hecho nada para merecer su confianza.
Ella llegó a su lado. Percibió cómo se preparaba para un nuevo, y fútil, intento de consolarlo. Cuando puso la mano en su hombro sintió una punzada de respuesta y el intenso deseo de más contacto.
—Si de veras quieres que me sienta mejor —dijo—, el dormitorio está tras ese arco.
—¿Eso hará que te sientas mejor?
—Desde luego no empeorará las cosas.
—De acuerdo —dijo ella tras una leve pausa, sorprendiéndolo—. Si eso es lo que hace falta.
—¿Lo que hace falta para qué? —preguntó Pedro, estrechando los ojos.
—Para que aceptes que estoy aquí por ti.
Él sabía lo que debería haber hecho. Debería haber puesto fin a la conversación apoderándose de su boca. Debería haber agarrado la mano que ella había retirado y vuelto a ponerla en su cuerpo. En un lugar mucho más volátil que su hombro.
Debería haber empezado a bajar la cremallera del discreto vestido y a apartar su ropa interior de encaje. Allí mismo, contra el ventanal.
Pero, maldita fuera, con esa simple afirmación había azuzado su desconfianza respecto a los motivos de su presencia allí.
—Dices que estás aquí por mí —se volvió hacia ella y la miró a los ojos—. Pero ¿qué me dices de tus propios intereses?
—¿Mis… intereses? —lo miró confusa.
—Tu madre, tú y la empresa Chaves perderéis mucho si no me convencéis para que reevalúe la compra de The Palisades. Has perdido a Alex Carlisle como comprador y como marido. No puede ser fácil encontrar compradores dispuestos a que los engañen con cláusulas contractuales.
—Eso no es justo —contraatacó ella. Sus ojos verdes destellaron—. Tú pediste las cláusulas adicionales. No fue cosa nuestra.
—Pedí lo mismo que Carlisle. Ni más, ni menos.
—Pero no me preguntaste a mí.
Se dio la vuelta para irse, pero él la detuvo. Puso las manos en sus hombros, la llevó hacia la ventana y bloqueó su retirada. Había demasiadas preguntas cuya respuesta necesitaba conocer.
—¿Por qué Carlisle? ¿Cuál era la atracción, Paula? —al ver que ella no contestaba, se acercó más, con la mirada fija en la curva de sus labios—. Ni siquiera os habíais besado, e ibas a…
—Te lo dije la semana pasada. Me ofreció todo lo que deseaba. Todo y un bebé.
Incluso mientras decía las palabras, Paula deseó haber callado. Vio el impacto que ejercían en él, sintió cómo se tensaban sus manos.
—¿Ibas a casarte con él para tener un bebé?
—Él iba a casarse conmigo para tener un bebé —corrigió ella. Cuando él siguió escrutándola en silencio, añadió—. Puede parecer un juego de palabras, pero hay una gran diferencia. Alex necesitaba un bebé para que su familia pudiera recibir la herencia de su padre.
—Una bonita razón para tener un bebé.
—Estaba motivado por lo mismo que tú, por una persona por la que haría cualquier cosa. En el caso de Alex, era su madre.
—Buscaba un pedazo de tierra —aseveró él—, no un hijo.
—El bebé no era un mero peón, Pedro —dijo ella. Tenía que explicarse, hacer que él comprendiera—. Los dos queríamos una familia; no un hijo sino varios, que crecieran juntos, pelearan y se quisieran. Una familia como la de los Carlisle, que harían cualquier cosa unos por los otros. No era una cuestión de dinero o apellido. Se unió el deseo de crear una familia, que yo hubiera cumplido veintinueve años y lo que supuse cuando no devolviste mis llamadas.
—¿Qué tiene esto que ver conmigo? —preguntó él, entrecerrando los ojos.
El corazón de Paula golpeteó con fuerza. No veía más opción que contárselo todo. Incluyendo lo que más desolación le causaba.
domingo, 4 de septiembre de 2016
CAPITULO 29: (QUINTA HISTORIA)
Al abrir no vio a nadie. Escrutó entre la lluvia, y al borde de la zona iluminada del porche, captó un movimiento. Un impermeable color marfil y un paraguas amarillo se detuvieron, giraron y cambiaron de dirección.
A Pedro le dio un vuelco el corazón y su pulso se disparó. No podía estar allí. No tras su cáustica despedida en Melbourne, hacía una semana.
Pero allí estaba, corriendo hacia la casa por el sendero. De repente, la perspectiva de su compañía no le pareció tan mala. Tenía el estado de humor perfecto para una confrontación.
Ya en el porche, ella bajó el paraguas y la luz transformó su cabello en un halo de fuego. Una sonrisa tentativa curvó sus labios y Pedro volvió a sentir la necesidad de ese calor, ese fuego.
—Parece que tenemos una conexión cósmica con la lluvia —dijo ella, sacudiéndose el agua de la manga. Entonces vio su rostro y su sonrisa se nubló—. Perdona, no pretendía sonar… insensible —sacudió la cabeza y resopló.
Pedro se odió porque parte de él quería suavizar el momento, devolver la sonrisa a su rostro. Otra parte de él quería entrar en la casa y cerrarle la puerta en las narices.
Detener las emociones que desataba en él solo con estar allí. Con ser ella.
Una parte aún mayor, anhelaba meterla dentro de la casa, apoyarla en la puerta, desabrochar su impermeable y paliar la fría tormenta de ese día con el calor de su cuerpo.
—Sabía que sería incómodo, aparecer así…
—Entonces, ¿por qué no llamaste?
—Lo intenté, varias veces. O bien no contestas al teléfono, o no contestas a mis llamadas. Erin tuvo la amabilidad de darme tu dirección.
—¿Seguro que fue Erin? —Pedro enarcó una ceja. Erin era todo menos amable.
—Sí, alta, de pelo oscuro, ojos bonitos. Desagradable, hasta que le dije por qué necesitaba tu dirección.
—¿No se te ocurrió que podía no estar en casa?
—Vi la luz y oí la música antes de dejar que el taxi se marchara.
—¿Y si no hubiera abierto la puerta?
—Eso sí lo pensé —admitió ella—. Salí a ver si el taxi aún estaba cerca, entonces se encendió la luz del porche —a pesar de su expresión de pocos amigos, o tal vez por ella, cuadró los hombros—. Pero habría vuelto mañana.
—¿Por qué ibas a hacer eso?
Ella desvió la mirada y apretó los labios, como si quisiera recuperar la compostura. Cuando volvió a mirarlo sus ojos verdes estaban húmedos.
—Ya sabes por qué.
Sí, lo sabía, pero esas lágrimas y la ronquera de su voz lo estremecieron.
—He sentido mucho lo de Mac —dio un paso hacia él, pero Pedro la mantuvo a distancia con la gelidez de sus palabras.
—Suponía que te habrías enterado. Ocurrió en un momento muy inoportuno, ¿verdad?
Ella alzó la cabeza y sus ojos se ensancharon con una mezcla de dolor y confusión.
—He venido en cuanto he podido.
—¿En serio? —el recuerdo de los últimos cinco días, la culpabilidad, recriminaciones y futilidad, y el haber deseado tenerla a su lado, lo quemaban como ácido—. Has perdido el tiempo. Ahora Mac se ha ido. No tengo ninguna razón para seguir adelante con la compra de The Palisades. No necesito nada de ti.
CAPITULO 28: (QUINTA HISTORIA)
La lluvia llegó con la noche, un diluvio que borró la vista que Pedro tenía de la bahía y lo atrapó en la cárcel de sus propios pensamientos.
Esa tarde le había dicho su último adiós a Mac, en un breve funeral privado. Después había vuelto a la casa que había alquilado en Sausalito después de su estancia en el hospital.
Él se habría conformado con una habitación de hotel cerca de las oficinas de Alfonso MacCreadie pero Mac había organizado el alquiler. Había alegado que las vistas al mar, los paseos por la playa y un gimnasio cercano merecían la pena. Pedro había cedido porque Mac vivía muy cerca de allí y resultaba más fácil visitarla.
Pero no la había visitado lo suficiente. Había pasado varias semanas recuperando la fuerza física. Y más investigando por qué había fallado su puja y preparando su segundo viaje a la zona.
Un viaje que había perdido su sentido con la muerte de Mac.
Había fallecido pacíficamente, sin recuperar la consciencia, gracias a Dios. Pedro había llegado demasiado tarde para despedirse, y lo abrumaba saber que, en última instancia, le había fallado.
Había pasado demasiados días en Australia. Podría haber cerrado el trato el primer día, si no lo hubiera dominado su instinto de venganza. Y su empeño de tener a Paula Chaves deseosa y caliente en su cama.
Debería haber estado en casa, con Mac; era la única familia que ella tenía.
La ópera que estaba escuchando terminó con un angustioso crescendo, el acompañamiento perfecto para la cena que no había tocado. Se levantaba para elegir una pieza más serena cuando oyó el timbre de la puerta. Frunció el ceño. El timbrazo era constante, como si alguien llevara un buen rato pulsando el botón. Con la ópera sonando a todo volumen no lo habría oído.
Se planteó ignorarlo. No esperaba visitas, no daba su dirección a nadie. Pero la curiosidad ganó la partida y fue hacia la puerta.
CAPITULO 27: (QUINTA HISTORIA)
Ir al hotel de Pedro no era lo más inteligente que Paula había hecho en su vida. Debería haberse dado tiempo para pensar, para darle vueltas a la reacción que había provocado el comentario de su madre. Pero allí estaba, en el vestíbulo del Lindrom, esperando a que Pedro contestara al teléfono de su habitación. Cuando saltó el contestador, cerró los ojos con desesperación. Ésa iba a ser la historia de su vida.
«Paula Chaves vivió hasta los noventa y nueve pero, por desgracia, pasó la mitad de esos años dejando mensajes y esperando respuesta».
Ella había imaginado que llamaría y le diría «Necesito verte», él le diría «Sube», y luego…
—¿Paula?
Ella dio un salto, con el corazón desbocado.
—Estaba llamándote a tu habitación.
—No estoy allí.
No, estaba delante de ella. Guapísimo, maldito fuera, con un traje oscuro y corbata. La miró de arriba abajo, captando vestido, medias, zapatos. El cabello doblegado y perfecto.
Ella sintió un cosquilleo nervioso en el estómago, pero le gustó que la escrutara. Aunque estuviera molesta con él, había dedicado tiempo a elegir el vestido negro y más aún a arreglarse.
—Cuando te he visto ahí, esperaba ver una maleta a tu lado. Esto… —la miró de arriba abajo—, parece más una cita que un principio de viaje.
—Siento decepcionarte.
—No estoy decepcionado, pero si hubiera sabido que estabas esperándome habría acortado la reunión.
Eso le recordó a ella por qué estaba allí. Tomó aire y lo miró con frialdad.
—Me extraña que la reunión se alargara, considerando lo claras que tenías las cosas.
—Las noticias vuelan en Chaves —dijo él.
—Si hablas con Judd Armitage de cualquier cosa relativa a Chaves, mi madre se entera.
—¿Debo suponer que tienes algún problema con el trato que he propuesto?
—¿No crees que deberías haberlo consultado conmigo antes? —preguntó ella, indignada—. Tal vez, incluso podrías haber esperado a que hubiera roto mi compromiso.
—No tengo tiempo que perder. Tenía que iniciar las negociaciones —dijo él, sereno.
—¿Exigiendo el mismo trato y los mismos términos que Alex?
—Como he dicho, un punto de partida.
Paula movió la cabeza y soltó una risita.
—¿Por qué iba a acceder a otro contrato matrimonial? —preguntó, moviendo las manos—. ¿Cómo has podido plantear algo así?
—¿Qué tienes en contra de la idea? —preguntó él, tras un momento de silencio—. Ibas a casarte con Carlisle. Si yo no hubiera vuelto, te habrías casado con él el sábado pasado. Supongo que tu objeción es que no quieres casarte conmigo.
Casarse con Pedro. Se le disparó el corazón solo con pensarlo; tuvo que tomar aire.
—Con Alex sabía exactamente dónde estaba.
—Y querías casarte con él.
—Sí. Quería todo lo que esa boda suponía.
—Entonces, te pregunto ¿qué parte de ese todo no te ofrezco yo? No es el dinero ni el rescate de tu empresa. Y no es el sexo —hizo una pausa y captó su mirada, haciéndole recordar la pasión compartida—. ¿Es el apellido Carlisle? ¿O la gran familia feliz? —como no obtuvo respuesta, se acercó a ella con un destello de ira en los ojos—. ¿Por qué él, Paula, y no yo?
—Porque él me lo pidió —contestó ella con pasión—. Es así de sencillo, Pedro. Él no llevó el trato a Chaves por impaciencia. Sí, también tenía prisa, pero no buscó el camino más fácil. Me hizo una propuesta y me dio tiempo para pensarlo.
—Sin embargo, no diste el paso…
—¡Ahora mismo cuestiono por qué no lo hice!
Se miraron fijamente. A Paula se le nubló la vista por la intensidad del momento; tanto que no vio al recepcionista acercarse.
—Disculpe, señor Alfonso.
Ella había olvidado dónde estaba; miró a su alrededor y por fortuna, en el vestíbulo solo estaban ellos y el recepcionista.
—Tiene una llamada, de la señorita O’Hara —decía el hombre—. Ha insistido en que lo buscara, es una emergencia. Puede usar mi despacho.
—Tengo que contestar —le dijo Pedro a Paula, con el ceño fruncido, mirando su reloj.
—Esperaré —contestó ella.
Él asintió y se alejó. Ella hizo la conversión horaria mentalmente. Era demasiado temprano en California para que su secretaria lo llamara por un asunto de negocios.
Cuando Pedro salió del despacho, ella ya había dado una docena de vueltas al vestíbulo. Ver su expresión confirmó sus peores sospechas.
—¿Se trata de Mac?
—La han llevado al hospital —contestó él, yendo directo al ascensor. Pulsó el botón—. Me voy.
Paula no necesitó pedir detalles.
—¿Puedo ayudar de alguna manera? ¿Llamar a las aerolíneas? ¿Buscarte un vuelo?
—No es necesario.
—Es mi trabajo. Puedo conseguir que estés en el primer vuelo a San Francisco, ya sea desde Melbourne, Sydney, Auckland o…
—Gracias, pero Erin ya está en ello —el sonido de una campanita anunció la llegada del ascensor—. Por eso tenía prisa para solucionarlo todo. Antes de que fuera demasiado tarde.
—Hablaré con Alex y con Judd. Me aseguraré de que se acepte tu puja inicial.
Ya en el ascensor, se volvió hacia ella y la miró con ojos que desvelaban su tormenta interior. Paula comprendió, de repente, que sus palabras habían sugerido algo que no pretendía. Él las había entendido como una confirmación de que no quería casarse con él.
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