lunes, 29 de agosto de 2016
CAPITULO 8: (QUINTA HISTORIA)
—¡Escucha esa lluvia! Apuesto a que te alegras de haberte quedado.
La directora de reservas salió del cuarto de baño, donde había estado comprobando que Paula dispusiera de los artículos de aseo necesarios. Dado que ella había salido de casa con solo una pequeña bolsa, agradecía todo lo que el complejo pudiera ofrecer para su inesperada estancia nocturna.
Antes de que pudiera responder al comentario de Gabrielle, el repiqueteo de la lluvia en el tejado de hierro del chalé se intensificó hasta volverse ensordecedor. Paula cerró la boca. No estaba contenta de haberse quedado, pero la climatología le había robado cualquier otra opción.
Gabrielle se reunió con ella en el dormitorio y arrugó la nariz al mirar por la ventana.
—Hicimos bien convenciéndote para que no condujeras.
Paula había estado dispuesta a marcharse como fuera. Dado que el helicóptero no podía despegar, había querido alquilar un coche; incluso le había ofrecido a Jock, el portero y chófer del complejo, comprarle su todoterreno. Pero todos, desde Jock a la directora le habían dicho que era una locura realizar un trayecto tan largo con tan mal tiempo.
Habían sugerido la posibilidad de una barca para salir de allí si era «cuestión de vida o muerte» y Paula se había estremecido. Había una diferencia entre «querer» y «necesitar» irse. Para ella el límite estaba en el vasto espacio de olas turbulentas que la separaba de Appleton.
—Estarás cómoda aquí esta noche —Gabrielle terminó de ahuecar las almohadas de la cama y se enderezó—. Si la cosa se pone peor, estudiaremos la posibilidad del barco mañana.
—¿Hay posibilidades de que el helicóptero no pueda volar? —preguntó Paula, preocupada.
—Espero que no lleguemos a eso —la sonrisa de la mujer perdió fuerza—. Siento no haber podido instalarte en tu chalé habitual. Por desgracia, el otro huésped ya había reservado The Pinnacle.
—No hace falta que te disculpes, Gabrielle. No tenía reserva y me conoces lo suficiente para saber que no espero un trato preferente solo por mi apellido.
—Lo sé, pero gracias por decirlo. Menudo día hemos tenido.
—Sí —corroboró Paula, pensando que el día aún no había acabado—. ¿He oído bien cuando te has referido «al otro huésped»? ¿Somos los únicos hospedados aquí esta noche?
—Tuvimos una cancelación de última hora, por el tiempo; un grupo que había reservado casi todo el complejo para celebrar una reunión de motivación de la plantilla de empleados.
—¿Tan mala es las previsión meteorológica?
—¿Para juegos de playa y paseos por el monte? —Gabrielle ladeó la cabeza como si escuchara la lluvia—. Yo diría que sí.
Para cualquier actividad en el exterior, admitió Paula, contemplando la vista por la ventana. Pensó en el único otro huésped y en sus intenciones. Se preguntó por qué había vuelto en realidad a Stranger’s Bay y si realmente intentaba reconstruir aquel fin de semana.
Se le aceleró el pulso. Miró la cama y el vívido recuerdo de cómo habían pasado gran parte del tiempo provocó una llamarada en su vientre. La desechó recordándose dónde debería haber estado esa noche. La llama se transformó en escalofrío.
—¿Tiene algo de malo la cama? —preguntó Gabrielle, intrigada—. Si necesitas más almohadas, o algo…
—No, no —refutó Paula—. Estaba a kilómetros de distancia, pensando en otra cosa. Tenía una… cita… esta noche.
—Estoy segura de que él lo entenderá.
Paula no lo estaba en absoluto, pero siguió a Gabrielle a la cocina, donde la mujer comprobó el contenido de la despensa y del frigorífico.
—Hay todo lo básico, pero pediré una cesta de comida al catering y la enviaré en cuanto afloje la lluvia. En cuanto a la cena…
—Por favor, no te molestes más por mí —le imploró Paula—. Estoy segura de que la cesta será más que suficiente, no hace falta pedir cena.
—Sabes que nunca eres una molestia —Gabrielle fue hacia la puerta—. Si cambias de opinión, o si necesitas cualquier otra cosa, solo tienes que telefonear. Y si dan algún parte meteorológico con novedades, te avisaré.
—Eso estaría bien. Gracias.
Después de cerrar la puerta, Paula fue de habitación en habitación, planteándose las consecuencias de tener que quedarse allí más de una noche. Se dijo, optimista, que al menos eso retrasaría enfrentarse a la ira de Alex. Por desgracia, no paliaba la inquietante contrapartida: Pedro Alfonso y ella estaban allí solos.
Saber que él se alojaba en el lujoso chalé que habían compartido aquel fin de semana la inquietaba. Era una sensación que conocía bien. Desde el momento en que había conocido a Pedro Alfonso, él había desestabilizado sus sentidos y su equilibrio.
Incluso en ese momento, cuando la cortina de lluvia añadía una capa de aislamiento más a los desperdigados chalés, cada célula femenina de su cuerpo sentía su presencia.
Ante la ventana, que daba a la bahía, alzó las manos para frotarse los brazos; tenía la piel de gallina. Necesitaba calor y estar seca. Pero antes necesitaba una larga ducha caliente.
Cuando salió del cuarto de baño lleno de vapor, media hora después, con el pelo envuelto en una toalla, se sentía tan caliente y relajada como era posible, teniendo en cuenta que el albornoz era idéntico al que había llevado puesto Pedro. Colgó su ropa en las sillas del comedor y se planteó encender la chimenea. Cuanto antes se secara la ropa, antes podría despojarse del albornoz, ese recordatorio de Pedro.
Inconscientemente, llevó la mano a la solapa y se le tensó el estómago al recordar el instante de descubrimiento. La cicatriz, su historia, las lesiones que había imaginado.
Una llamada en la puerta la sacó de su introspección.
Su primer pensamiento, «Es él», dio paso a un resoplido.
Sería el servicio de catering con la cesta de comida. Suspiró con alivio y su estómago rugió con anticipación. Había tomado un desayuno escaso y de eso hacía muchas horas.
—Un segundo —dijo, quitándose la toalla del pelo. Fue hacia la puerta y abrió. Esperaba ver a un sonriente empleado uniformado del servicio de catering del hotel, pero vio a Pedro Alfonso apoyado en el marco de la puerta.
Vestido con pantalones oscuros y camisa blanca, le resultó terriblemente familiar. Igual que la primera noche que pasaron en Stranger’s Bay, aparecía en su puerta sin haber sido invitado.
Mientras se enderezaba, sus ojos plateados la miraron de arriba abajo. Desde los pies desnudos a los rizos húmedos y revueltos. Toda la sangre del cerebro de Paula se trasladó a la superficie de su piel. La molestó y agitó esa descontrolada e indeseada respuesta de sus hormonas femeninas.
«Dejadlo ya», les advirtió. «No queréis verlo. Y menos recién salida de la ducha, sin ropa interior, sin maquillaje, sin defensas».
—¿Qué haces aquí? —preguntó seca.
Él inclinó la cabeza, señalando una enorme cesta, tipo picnic, que había a sus pies.
—Cenar, espero —aprovechando el desconcierto de Paula, Pedro agarró la pesada cesta y entró en la casa.
—Espera. Para —recuperándose, ella agarró la manga de su camisa.
Si hubiera querido, Pedro podría haberse librado de ese intento de impedirle la entrada. Pero se detuvo, con un pie dentro de la casa y a medio paso de su rostro. Por primera vez, notó las pecas que salpicaban su nariz, visibles porque no llevaba maquillaje.
Bajó la vista hacia su cuello y su pecho. Apenas visibles, bajo el rubor de su piel, más pecas salpicaban la profunda uve que dejaba a la vista el albornoz. Habría apostado toda su cartera de acciones a que no llevaba nada debajo… solo piel ruborosa salpicada por pecas doradas.
Percibió el rápido pulso de la vena de la base de su cuello cuando ella soltó su camisa para cerrarse más el albornoz.
La había puesto en situación de desventaja apareciendo sin anunciarse, tal y como había pretendido.
El catering le había llevado su cesta de provisiones antes y, mientras conversaban sobre el tiempo, el camarero, Rogan, había desvelado que solo tenía que entregar una más.
—A una visitante de día que ha tenido que quedarse por culpa de la tormenta. El helicóptero no ha podido despegar.
Pedro había formulado su plan en un segundo.
Para no mojarse, había pedido a Rogan que lo llevara en la furgoneta, refinando su plan por el camino. Paciencia, finura, y sacar partido de la compasión que había visto en sus ojos antes. No había considerado que, de paso, podría disfrutar.
Mirándola ese momento, viendo el temblor de sus delgados dedos sujetando el albornoz, y el nerviosismo con que se humedecía los labios, Pedro supo que iba disfrutar más de lo que se merecía. Apoyó su peso contra la puerta entreabierta.
Por lo visto, sujetaba el pomo con tanta fuerza como el albornoz. Aplicó más presión hasta que la puerta se cerró.
Aunque la cesta de mimbre era una barrera entre sus cuerpos, ella se apretó contra la puerta de cedro, como si quisiera traspasarla.
Conteniendo una sonrisa, Pedro se apartó de la puerta.
Antes, cuando la había aprisionado contra otra puerta, no se había permitido más que inhalar su aroma. Esa vez, agarró uno de sus rizos y se lo puso tras la oreja, rozando su mejilla con el nudillo de un dedo, a propósito.
Su piel era tan suave y sedosa como lo fue el sonido que emitió al tomar aire, tan cálida como la reacción de la sangre en sus venas.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó ella rápidamente. La preocupación dibujó una arruga entre sus perfectamente delineadas cejas.
—No te preocupes, Paula —le dedicó una sonrisa lobuna y posó los dedos en esa arruga—. He venido a cenar, no a comerte a ti.
La dejó allí parada, boquiabierta e indignada, y fue a la zona de cocina del salón. Colocó la cesta en la encimera y empezó a vaciarla.
—¿Por qué?
Pedro alzó la cabeza. No había oído los pasos de sus pies descalzos, pero la vio rodear la isla central de la cocina, interponiéndola entre ambos. Sus mejillas seguían teñidas de rubor.
—¿Por qué, qué? —preguntó, examinando la etiqueta de la botella de vino, antes de dejarla en la encimera. Observó la desconfianza de sus ojos—. ¿Por qué voy a cenar, o por qué no voy a comer…?
—Por qué estás aquí —lo interrumpió—. Y por qué has traído tú mi cesta, en vez del catering.
—Rogan iba a entregarla, pero me dio lástima que el pobre hombre corriera bajo la lluvia.
—¿No tenía un vehículo? —preguntó ella.
—Sí, pero no es fácil mantenerse seco —Pedro miró la sala, a su espalda, donde la ropa de ella colgaba de todos los muebles disponibles—. Se diría que tú has tenido un problema similar.
—Tú lo has conseguido.
—Ah, pero yo soy rápido.
—No siem… —calló y apretó los labios. Pedro se quedó inmóvil.
—¿No siempre? —aventuró.
Sí. Eso era lo que había estado a punto de decir. Él vio la verdad en sus ojos incluso cuando ella negó con la cabeza.
Durante un segundo la posibilidad de explorar esas largas piernas y esos pechos asaltó su cerebro.
—Iba a decir que no a todos los empleados les molesta mojarse un poco.
Pedro tuvo que admirar su capacidad de improvisación.
—No creo que a Rogan le hubiera importado —siguió ella—. Creo que somos los únicos huéspedes, así que no tenía mucho que hacer.
—Como somos los únicos, le sugerí que se fuera a casa —sacó un sacacorchos del bien provisto cajón de utensilios y la miró interrogante—. ¿Qué vino abro, el tinto o el blanco?
—Mira, Pedro, no creo que esto sea buena idea —dijo ella, mirando de una botella a la otra.
—¿Por qué no? ¿No te fías lo bastante de ti misma como para cenar conmigo?
—No me fío de ti —replicó ella—. Has aparecido sin avisar, y sé que esto no tiene nada que ver con cenar o con evitarle trabajo a Rogan. Siempre tienes una agenda oculta.
—¿Y qué crees que puede haber en mi agenda, aparte de una cena, compañía y conversación?
—Lo que te trajo a Stranger’s Bay inicialmente. Una compra por un importe de ocho dígitos, por la que trabajaste mucho y que no quieres perder.
—Hay muchas cosas que no me gusta perder, Paula —dijo él—. Sobre todo cuando la batalla no es justa.
—Entiendo que tengas esa sensación, pero…
—¿Sí? ¿Entiendes lo que es perder días de vida? ¿No saber lo que uno ha dicho, hecho o compartido?
Los ojos de ella brillaron un segundo y luego desvió la mirada.
—Supongo que compartiríamos cena, comida y conversación aquel fin de semana, en un chalé como éste —se concentró en abrir la botella de vino, mientras elegía sus palabras para que tuvieran el mayor efecto posible—. Tu prometido no puede quejarse de lo que han provocado las circunstancias. Dices que es un hombre justo. ¿Se opondría a que cenaras conmigo y me ayudaras a recuperar algo de lo que he perdido?
—Ayudarte… ¿cómo? —preguntó ella, con voz intranquila.
—Me preguntaste cómo me estaba enfrentando a este vacío en mi memoria. Te dije que había dado marcha atrás, recogiendo información, recreando acontecimientos. He recuperado casi todo… excepto los días que pasé aquí.
—Lo siento, Pedro. No puedo hacer eso. No puedo ayudarte a recrear ese fin de semana.
—Solo te pido que hables conmigo, que me digas dónde fuimos, qué hicimos —sirvió una copa del vino dorado y la deslizó por la encimera—. Puedes decirme dónde comimos, qué bebimos.
Vio cómo ella vacilaba y su fuerza de voluntad disminuía.
Estiró el brazo y tocó el dorso de su mano con el dedo índice, para que volviera a mirarlo.
—Tal vez no puedas ayudarme con nada más de lo que perdí, pero puedes ayudarme en eso.
Aunque no contestó de inmediato, vio que sus expresivos ojos verdes capitulaban. Sintió un latido satisfecho en sus venas, pero esperó, simulando tranquilidad, a que ella hablara.
—Puedo intentarlo —alzó la barbilla un poco—. Pero quiero dejar claro que solo te daré datos.
—No espero más.
—Y no puedo prometer que lo recuerde todo.
—Estoy seguro de que recuerdas lo importante.
Ella bajó la vista y se frotó el brazo con una mano. Él se preguntó si era por frío o por nervios.
—Podemos hablar mientras cenamos, pero después tengo cosas que hacer.
—Lavarte el pelo, hacer la colada —murmuró Pedro. Ella ya había ido a recoger las prendas que había alrededor de la mesa. Una falda rosa y un suéter blanco. Un sujetador de encaje blanco. Algo diminuto que debía ser un tanga.
Sujetó la ropa contra su pecho y lo miró desde el otro lado de la mesa, obviamente molesta por su comentario.
—Tengo llamadas que hacer.
«A Carlisle», pensó Pedro, «el hombre que ha ganado lo que yo he perdido».
Ese pensamiento puso fin a su satisfacción. No pudo resistirse a soltarle una última pulla antes de que ella se marchara con la ropa en los brazos.
—No hace falta que te cambies por mí. Imagino que te he visto en albornoz antes… y sin él.
—Ésa es precisamente la razón de que esta cena me parezca una mala idea —contestó ella desde la puerta del dormitorio.
—¿El que te haya visto desnuda?
Ella se sonrojó, pero su mirada se mantuvo fría y firme.
—El que no me fío de que no vayas a mencionarlo.
—¿Y eso te incomoda?
—Estoy comprometida para casarme con otro hombre. Por supuesto que me incomoda.
—¿Crees que intentaría seducir a la prometida de otro hombre? —preguntó Pedro, que no necesitaba que le recordase ese hecho.
—Creo que harías cualquier cosa para conseguir The Palisades.
CAPITULO 7: (QUINTA HISTORIA)
—No si yo puedo evitarlo —se dijo Pedro cuando ella se marchó. Él siempre dirigía su propio barco. No iba a dejar su destino en manos de un competidor. Alex Carlisle podría ser un hombre justo, pero también era un hombre de negocios con reputación de hacer tratos inteligentes.
¿Por qué iba a renunciar a The Palisades?
«Claro, cariño, romperé el contrato para que tu último amante pueda optar a una propiedad de primera categoría».
Eso no iba a ocurrir. Carlisle quería la propiedad y quería a Paula como esposa; ¿por qué iba a renunciar a ninguna de esas cosas?
Desde su terraza, Pedro observó el lento avance del coche de cortesía del complejo por el sendero embarrado, de vuelta a los edificios centrales. La había recogido en su puerta, probablemente para llevarla al helipuerto y al helicóptero que despegaba a las cuatro. Pedro dudaba que pudiera ir muy lejos con ese tiempo. En la última hora el viento se había acelerado y llovía mucho más.
El que no pudiera marcharse y regresar junto al prometido a quien respetaba y admiraba, no palió el descontento de Pedro. Era una mezcla de frustración, de oportunidad perdida, de todo lo que ella le había dicho y todo lo que le quedaba por saber.
Apoyó las manos en la barandilla y contempló el desolado paisaje, que parecía hecho a medida para su estado de ánimo. Tras el oscuro acantilado vislumbraba la cresta de las olas en el agua oscura de la bahía. Allá lejos, oculta por la cortina de lluvia se encontraba Isla Charlotte. La exclusiva y privada isla era el corazón del complejo vacacional, y la razón de que nada pudiera sustituirlo.
Había estado allí en julio, no lo dudaba, a pesar de no tener recuerdos ni fotografías. Había perdido ambas cosas gracias al trío de ladrones. Le habían quitado más que sus pertenencias, también le habían robado un tiempo precioso.
Golpeó la barandilla de acero con la mano, llevado por un acceso de furia.
Cada semana que había pasado hospitalizado, mientras soldaban los huesos rotos y se recuperaban los órganos dañados, Mac se había acercado una semana más a su final. Más que nunca, quería que esas tierras volvieran a su posesión. Sería su último y único regalo significativo a la mujer que había transformado a un jovencito descarado en un respetado titán de la Bolsa.
Alzó el rostro hacia la lluvia helada y consideró sus opciones.
Podía decirle a Paula por qué tenía tanto empeño en comprar la propiedad. Tal vez eso la llevaría a luchar por su causa, y hablaría con Carlisle, como había prometido; pero la compasión no era moneda de cambio en el mundo empresarial. Y por mucho que ella dijera que buscaba la felicidad con un marido e hijos, su matrimonio era un acuerdo de negocios.
Obviamente, solo tenía una oportunidad, y una noche, para volver a entrar en juego.
Tenía que impedir que se celebrase una boda.
domingo, 28 de agosto de 2016
CAPITULO 6: (QUINTA HISTORIA)
Atónita, Paula se apartó de la puerta y se volvió hacia él. Pedro no se movió, así que apenas tuvo sitio para maniobrar. El impacto de sus palabras se emborronó con el de que las rodillas de él entraran en contacto con sus muslos, el codo de ella con su pecho. Volvió a sentir un intenso cosquilleo de calor en la piel.
Apretó los párpados y se obligó a controlar sus recuerdos, diciéndose que no eran más que eso, para concentrarse en el presente. En la memoria o carencia de memoria de él.
Pero cuando abrió los ojos se encontró con la uve de pecho que dejaba a la vista el albornoz. Piel desnuda, salpicada de vello oscuro, la línea de carne hinchada…
Tragó aire y, sin pensarlo, apartó el albornoz. Tenía una gran cicatriz que no había existido diez semanas antes.
—Dios mío, Pedro. ¿Qué te ocurrió?
No contestó y ella alzó la vista. Estaba concentrado en la mano que agarraba el albornoz y en los nudillos apoyados en su piel desnuda. Ella soltó el albornoz y él levantó la cabeza y acarició su rostro con esos ojos plateados.
Paula reconoció la mirada, pero no quiso recordarla.
Sin contestar, él fue hacia la mesa donde había dejado la botella de vino tinto. La alzó y enarcó una ceja, interrogante.
Paula asintió, y la familiaridad del silencioso intercambio dibujó una expresión confusa en su rostro mientras él servía dos copas.
«No te recuerdo a ti, no recuerdo tu grito, no recuerdo nada».
—No recuerdas… ¿Tiene que ver con lo que te causó esa cicatriz? —su mente daba vueltas a las posibilidades—. ¿Tuviste un accidente?
—Un accidente no. Me asaltaron —se encogió de hombros, como si no tuviera importancia. O como si prefiriera que los demás no se la dieran—. Me desperté con amnesia parcial.
Ella bajó la vista a su pecho, a la cicatriz de nuevo oculta. Se lamió los labios resecos.
—¿Y eso?
—Una de sus armas, por lo visto, era una botella rota —con toda tranquilidad, le ofreció la copa de vino. Paula consiguió dar la docena de pasos necesarios para aceptarla, aunque le temblaban las piernas.
—¿Dónde ocurrió eso?
—De camino a casa.
—Me dijiste que no tenías casa.
La sorpresa hizo que él detuviera la mano con la que se llevaba la copa a los labios.
—Tengo una casa temporal en San Francisco.
—¿Cuándo ocurrió?
Sus ojos se encontraron por encima de las copas y el corazón de Paula se saltó un latido, anticipando a respuesta.
—En julio. El día que me fui de aquí.
—¿Estuviste en el hospital? ¿Por eso no…? —tuvo que detenerse y sacudir la cabeza para borrar la imagen de él apaleado y herido—. No contestaste a mis llamadas.
—No hasta que regresé la oficina.
—¿Cuánto tiempo estuviste hospitalizado?
—Dos meses en total.
Por eso siempre había estado «no disponible» o «fuera de la oficina». Ella había supuesto que su secretaria filtraba sus llamadas y que él había decidido ignorar sus mensajes. Tras unas semanas se había rendido.
«Dos meses para recuperarse de sus lesiones, Dios mío», pensó. Incapaz de controlar el temblor de sus piernas y manos, dejó la copa y se sentó en la silla que Pedro apartó para ella.
—Eso es mucho tiempo —murmuró.
—Dímelo a mí —dijo él con la misma falsa indiferencia que antes, intentando enmascarar la tensión de su rostro. Por primera vez desde que lo había visto desde el vestíbulo del gimnasio, Paula se permitió examinarlo de arriba abajo.
Parecía tan alto, fuerte y sano, que no quería ni imaginar la gravedad de las lesiones que lo habían mantenido hospitalizado tanto tiempo.
—Ahora pareces en forma —le dijo. No necesitaba detalles de esas lesiones. No necesitaba preguntar por qué su secretaria no le había dado ninguna información. Era imposible cambiar lo ocurrido y demasiado tarde para arrepentirse. Decidió aligerar un poco la tensión del ambiente y la opresión que sentía en el pecho—. Ese saco de arena que estabas golpeando esta mañana… ¿tenía pintada la cara de uno de tus atacantes?
—Algo parecido —dijo él con una media sonrisa. Se sentó a su lado.
—¿Te ayudó?
—No tanto como pegar al tipo en persona.
—¿Caíste peleando? —Paula arqueó las cejas con sorpresa simulada. Conocía la respuesta.
El día de julio que había aparecido en su despacho de repente y ella le había dicho que no estaba disponible para llevarlo a Stranger’s Bay, él le había advertido que nunca se rendía sin luchar. Después lo había demostrando ofreciendo una cantidad que ella no podía rechazar, convenciéndola para que cenara con él y seduciéndola con palabras directas y la sonrisa plateada de sus ojos. Había derrumbado sus defensas antes de que terminase el primer asalto.
Y ahora regresaba para seguir con la lucha, una lucha que implicaba ganadores y perdedores.
—Eso me dicen —dijo él en respuesta a su pregunta—. No lo recuerdo, pero por lo visto uno de ellos también acabó en el hospital.
Paula no consiguió controlar la expresión de horror de su rostro. Alzó la mirada hacia su cabello, más corto. Era extraño no haberse fijado antes en ese detalle.
—¿Te golpearon en la cabeza?
—Y me dejaron inconsciente —confirmó él—, eso puso fin a la pelea.
Ella asintió y tragó saliva. Lo recorrió con la mirada, antes de volver a centrarse en sus ojos.
—¿Recuerdas algo de antes del accidente?
—Todo, hasta que salí de América. Recuerdo algunos momentos de los días que pasé en Melbourne. Una reunión con el Director Ejecutivo de Chaves Holdings. El hotel donde me alojé. Era el Carlisle Grande —dijo Pedro con una sonrisa irónica. Lo había elegido antes de saber nada de Alex Carlisle y la cadena hotelera de su familia: solo sabía que le gustaban las camas y que la atención era impecable.
—¿No recuerdas haber venido aquí, a Stranger’s Bay, ese fin de semana?
—No.
Ella movió la cabeza con escepticismo.
—¿Crees que me lo estoy inventando? —Pedro estrechó los ojos. En la pausa de ella y en su leve encogimiento de hombros, leyó sus dudas. Se puso en pie y se alejó unos pasos.
—Te creo, simplemente me resulta muy difícil imaginarme cómo sería no recordar nada.
Ese comentario le hizo darse la vuelta hacia ella. Estaba sentada muy erguida en la silla, con el impermeable color marfil aún abotonado hasta el cuello. Su cabello era una brillante mancha de color contra las ventanas mojadas por la lluvia. Sus ojos expresaban una mezcla de compasión y duda.
De repente, saber que había pasado un fin de semana entero allí mismo, con ella, lo golpeó como una ráfaga de lluvia. Bien podía ser que le hubiera desabrochado y quitado ese impermeable. Que le hubiera quitado las botas. Que la hubiera besado en todos los lugares que había pensado mientras la tuvo atrapada contra la puerta.
—Te veo ahí sentada —dijo, con voz teñida por la frustración de no saber—, y me cuesta creer que no pueda recordarte.
Ella parpadeó. Un lento movimiento de pestañas oscuras contra las mejillas pálidas.
—Eso debe ser un poco… raro.
—Podría decirse así —Pedro soltó una risa seca.
—¿Cómo has manejado la situación?
Él movió el vino en la copa, preguntándose cómo contestar.
Cuánto compartir. Pero entonces recordó la compasión de sus ojos y pensó que seguramente ya había compartido mucho más que eso con Paula Chaves.
—Hablé con la gente a la que había visto esa semana. Volví sobre mis pasos. Reconstruí. Maldije un montón.
—Maldecir ayuda a veces.
Pedro la estudió allí sentada, tan correcta y recatada, y se la imaginó maldiciendo con esa voz clara y su acento de escuela privada. La imagen era intrigante. Ella lo intrigaba.
—Tengo una colega, una mentora, que opina que las maldiciones son la sal de nuestro idioma.
—Mac —dijo ella con voz suave.
—¿Te hablé de ella? —la mano de Pedro se tensó sobre el tallo de la copa de vino.
—Sí, pero no hace falta que te preocupes. Ni me contaste los secretos de tu familia, ni yo tuve acceso a información sobre tus pertenencias.
Aunque lo dijo con indiferencia, sonó levemente mordaz. Él se merecía la crítica y ella una disculpa.
—Siento haberte insultado con esa insinuación. No pretendía hacer eso.
—¿En serio? ¿Qué pretendías?
—Descubrir qué había ocurrido con la oferta de compra. Cuando me marché de Melbourne había un trato sobre la mesa. Cuando me desperté, una semana después, había desaparecido.
Vio un destello de culpabilidad y tal vez remordimiento en el rostro de ella, que palideció aún más.
—Contarme lo de tu amnesia desde el principio, habría facilitado mucho la conversación.
—Para ti, sí.
—¿Y para ti?
—Paula, llegué aquí sabiendo esto sobre ti: eres hija de Miriam Chaves, te contraté para enseñarme Stranger’s Bay, estabas comprometida con Alex Carlisle.
—No estaba com…
—Es lo que sabía por tu madre, y toda la gente a quien pregunté encomió su integridad. Pero lo que quiero decir es —siguió, mirándola a los ojos—, que llegué aquí pensando lo peor de ti. Si hubieras sabido que no recordaba nada, ¿cómo podría haber creído lo que me dijeras?
—Y ahora, ¿crees lo que te he dicho?
—Sí.
Ella abrió los ojos con sorpresa y su rostro recuperó algo de color. Parecía casi contenta y Pedro sintió un pinchazo de satisfacción, del tipo que sentía cuando tenía una ganancia inesperada en la Bolsa o triunfaba en una negociación.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—¿Quién podría inventarse una historia como ésa?
Sus ojos se encontraron y compartieron el humor seco de la respuesta, en un extraño momento de conexión. Después, la inquietud volvió y borró la sonrisa de Paula. Se puso de pie con un movimiento brusco, distinto a su gracia natural, y él pudo ver, momentáneamente, rodilla, muslo y falda. No fue nada sexual ni descarado, pero la imagen lo desequilibró.
Había visto esa imagen antes. Apareció y desapareció en la oscuridad que debería haber alojado su recuerdo de ese fin de semana.
—Pero esto no cambia nada, ¿verdad?
Pedro alzó la cabeza y la sensación se difuminó, dejándolo sin saber si había recordado o imaginado recordar.
—¿El qué? —preguntó arrugando la frente.
—Tu amnesia, el que me haya enterado de tu accidente, no cambia nada —dijo ella.
—¿Ni siquiera tu percepción de por qué perdí la compra del complejo?
Los ojos de Paula se nublaron con una emoción que Pedro odiaba. Lástima. Simpatía. Compasión. Fuera lo que fuera, la había visto demasiado a menudo en las últimas diez semanas.
—Una cosa no ha cambiado. Sigo queriendo The Palisades. Y tras oír por qué perdí, lo quiero aún más.
—Lo siento —dijo ella con voz cansada—. Es demasiado tarde. ¿No lo ves? Hay un acuerdo con Alex, el contrato ya ha sido redactado.
—Pero no se firmará hasta que te cases con Carlisle —hizo una pausa. Movió la copa y el vino se movió en círculos, mientras esa idea enraizaba en su cabeza—. ¿Qué ocurrirá con la venta de The Palisades si no se celebra el matrimonio?
—Eso no va a ocurrir —afirmó ella—. Alex es un hombre de mundo. No va a renunciar al trato, por más que hagas o digas. Tu amenaza de exponer nuestra aventura, no le hará cambiar de opinión.
—Sin embargo has venido aquí, imagino que para impedir que lo hiciera.
—He venido a descubrir qué ocurría y por qué habías vuelto. Alex sabe que no estábamos comprometidos ese fin de semana, sabe que no le mentí ni le fui infiel, así que no cambiará de opinión sobre casarse conmigo.
—¿Y si eres tú quien cambia de opinión?
—¿Estás sugiriendo que rompa el compromiso?
—No hablamos de un matrimonio por amor, Paula. Es un contrato mercantil. No eres más que un instrumento de trueque de alto precio.
El rostro de ella se ensombreció un instante, pero luego sus ojos chispearon con vehemencia y alzó la barbilla.
—Tal vez no me haya explicado bien antes, me has malinterpretado. Sé que es una alianza inhabitual, sellada y atada como un contrato empresarial, pero no ha habido coacción. Quiero casarme con Alex. Esta unión me dará cuanto necesito. Un esposo a quien respeto y admiro, hijos, y las ventajas que ser una Carlisle otorgará a mi empresa.
Se levantó y se enderezó.
—Lo siento Pedro, de veras. Pero no hay nada que yo ni nadie pueda hacer para cambiar lo sucedido. Tengo que irme ya, o perderé el vuelo. Pero cuando regrese a la civilización hablaré con Alex. Es un hombre justo. Tal vez reconsidere esa parte del contrato.
—Antes has dicho que él no daría marcha atrás —estrechó los ojos.
—No creo que lo haga, pero me ofrezco a intentarlo. Es cuanto puedo hacer, aparte de sugerirte algunas otras propiedades que servirían a tus propósitos igual que The Palisades.
—No me interesa otra propiedad. He venido a comprar ésta.
—Entonces, todo depende de Alex.
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