jueves, 18 de agosto de 2016
CAPITULO 24: (TERCERA HISTORIA)
Se despertó en la cama que había compartido con Pedro, pero sin él a su lado. Aunque lo echó de menos, no se sintió privada de él porque lo había tenido a su lado toda la noche.
Después de hacer el amor la primera vez, la había llevado a ella y a su ropa de vuelta a la casa. La había dejado en la cama donde se había dedicado a su cuerpo con atención.
Habían hecho el amor voluptuosamente bajo la mosquitera.
Después se habían quedado dormidos, sus cuerpos juntos toda la noche.
Él había estado ahí cada vez que se había despertado. Sus cuerpos se movían al unísono. Algo más íntimo que nada que hubiera experimentado jamás. La noche de bodas que jamás habían tenido. No sólo por el sexo, sino por la familiaridad. La cercanía que jamás había tenido con ninguna otra persona.
Rodó sobre la cama y se cubrió el rostro con la almohada inhalando el aroma de Pedro. Después apartó las sábanas de una patada y sacudió los pies contra el colchón disfrutando de la sensación que tenía en la piel de haber sido amada. El aire estaba cargado de humedad, pero un rayo de sol se reflejaba en la tarima, prueba de que la tormenta había pasado. Desde la cocina, le llegó el ruido de sartenes y platos, el aroma de café.
Justo cuando estaba pensando en la posibilidad de desayunar en la cama, oyó voces. No la voz de Pedro, sino una conversación de varios hombres.
Se cubrió con las sabanas de un tirón. Maldición, eso significaba que nada de desayuno en la cama. ¿Quién estaba en la casa?
Se vistió a toda prisa con un vaquero corto y una camiseta verde grisáceo. Dado que hacía más fresco del que se podía esperar en el Caribe, se envolvió en una camisa blanca de Pedro y se la ató en la cintura.
Pedro no estaba en la cocina, pero sí había media docena de hombres. Uno estaba al mando de los fogones con una montaña de huevos en una sartén y beicon en otra. Otro servía humeante café en unas tazas. Los demás habían instalado ordenadores portátiles en la mesa de la cocina conectados con unos cables que corrían por el suelo y un módem inalámbrico al lado de un enchufe.
J.D. fue al único que reconoció, así que fue derecha a él. La saludó con una inclinación de cabeza y después se la presentó a los demás. Olvidó sus nombres rápidamente, pero supo que todos eran empleados de Alfonso. La presentó como la «ex de Pedro». Pero debían de saber más de ella, porque todos aceptaron su presencia sin mucha curiosidad.
—¿Me he perdido algo? ¿Cuándo han llegado todos? —preguntó a J.D. mientras éste sacaba un plato de un armario y empezaba a llenarlo de huevos y tostadas.
—Esta mañana temprano.
J.D. le tendió el plato y ella lo aceptó, más por instinto que por hambre.
—¿No eran para usted? —preguntó ella.
—No. Para usted —él clavó un tenedor en los huevos—. Rick y Jax estaban en Canadá. Volaron a Dallas anoche y se reunieron con el resto.
—¿Dónde está Pedro? —preguntó por fin.
Llevaba levantada más de diez minutos y no lo había visto.
—Ha salido —dijo simplemente J.D. No la miró a los ojos.
—Quiere decir que está fuera buscando a mi hermano —de pronto los huevos sabían menos buenos. Dejó el tenedor en el plato y lo apartó a un lado. Dado que J.D. no parecía dispuesto a decirle mucho más, atacó—: No me gusta que me manejen. Evidentemente están aquí para ocuparse de mí mientras Pedro va a buscar a mi hermano.
J.D. mantuvo el rostro inexpresivo, pero, a menos que hubiera visto mal, sus músculos estaban tensos.
—Está bien —dijo ella aunque no lo estaba—. Puede ser sincero. No voy a alucinar ni nada así —era cierto, había alucinado todo lo que se podía la noche anterior—. Sé que Pedro ha venido aquí a detener a mi hermano o lo que sea.
—Técnicamente no podemos detenerlo. No tenemos esa autoridad, ni siquiera en los Estados Unidos. Sólo podemos animarlo a volver con nosotros a Estados Unidos donde se lo entregaremos a las autoridades.
—Lo que se me escapa —continuó ella—, es por qué hacen falta tantos para tenerme controlada. ¿Trajiste a demasiados o algo así y los que se han quedado no tienen otra cosa que hacer?
—No —J.D. parecía hablar sin separar los dientes—. En realidad, estamos todos aquí.
—Entonces Pedro ha ido solo. Eso no puede ser.
—Lo es —se pasó una mano por la nuca.
Paula se dejó caer en una silla y mordió una tostada. Así que Pedro había encontrado a su hermano y había ido solo a agarrarlo. Pensar en los dos hombres más importantes de su vida enfrentándose era desasosegante.
Ramiro no era grande. Pedro, con sus anchos hombros y sus músculos seguramente pesaría ocho o diez kilos más que él. Aun así no tenía sentido.
—Pedro no es un hombre despiadado —dijo en voz alta—. ¿Por qué iría solo? Claro, que es más fuerte que mi hermano, así que poda animarlo a meterse en un coche con relativa facilidad. Pero hay demasiadas variables. ¿Por qué arriesgarse a perder el control de la situación? Mi hermano podría escaparse.
J.D. bebió de su café en silencio, pero en su gesto se había instalado un gesto de desaprobación.
Lo estudió un largo minuto y después recorrió la cocina con la mirada. La energía de los nervios zumbaba en el aire. En su trabajo conocía a muchos policías, no siempre estaban del mismo lado en la pelea, pero había trabajado con los suficientes para saber cómo se comportaban. Sabía la clase de silencio nervioso que los cubría cuando algo estaba a punto de suceder. Así estaba ese grupo de hombres en ese momento.
Atravesando a J.D. con la mirada, dijo:
—Saben algo que no me están contando. ¿Qué es?
Pero si le hubiera pasado algo a Ramiro, Pedro se lo habría dicho. No se habría desvanecido por la mañana y la hubiera dejado allí al cuidado de sus hombres.
—¿Qué es? —probó otra vez—. ¿Qué pasa aquí?
Finalmente J.D. habló:
—Pedro no está pensando en traer a su hermano.
La inesperada respuesta hizo que tardara un cierto tiempo en registrarla.
—Eso es ridículo.
—Claro que lo hará.
—No, no lo hará.
—El plan es recuperar los diamantes y dejar escapar a su hermano.
—¿Le ha dicho él eso?
—No ha hecho falta —se echó hacia delante y la perforó con la mirada y, por primera vez, vio el brillo del resentimiento en sus ojos—. Antes de que él saliera para aquí, teníamos un plan —golpeó la mesa con un dedo—. Recuperar los diamantes, detener al tipo y entregar ambas cosas al FBI. Así todos ganábamos.
Todo el mundo que no fuese de su familia.
—Entonces hemos llegado esta mañana —siguió J.D.—, y el plan se ha ido a la…
No dijo nada más, pero no hacía falta. No hacía falta ser un genio para ver que el cambio de planes tenía que ver con que Pedro y ella se hubieran acostado esa noche.
—Mire —dijo ella—. Sea lo que sea lo que está pasando, no tiene nada que ver conmigo.
—Claro que sí —interrumpió—. Ramiro es su hermano. ¿Qué otra razón tendría Pedro para dejarlo escapar?
—Eso es lo que estoy diciendo. No hay modo de que Pedro deje escapar a Ramiro. No es su forma de ser.
Pedro tenía un sentido de lo que estaba bien o mal más fuerte de lo que ella había visto nunca. Había sido víctima de muchas injusticias muchas veces a lo largo de su vida, tanto como hijo de un alcohólico como durante su breve período de marido de ella. A causa de ello su férreo código ético se había hecho inquebrantable.
—Dejar escapar a un delincuente estaría mal —dijo echándose hacia delante y apoyando los brazos en la mesa—. Pedro jamás hará algo así.
—Entonces ¿usted no le ha pedido que lo haga?
Alzó las manos frustrada antes de decir:
—Por supuesto que no. ¿Es eso lo que cree? ¿Que he venido aquí para convencer a Pedro de que no encuentre a mi hermano? Oh, ya sé, quizá es esto: he venido hasta aquí fingiendo ayudar a Pedro a encontrar a mi hermano, pero en realidad lo que hago es distraerlo para que Ramiro pueda escapar.
Al oírla despotricar, J.D. pareció más aliviado al tiempo que un poco irritado.
—Pensaba…
—Pues simplemente se equivocaba.
—Me alegro —dijo con una sonrisa.
—Y también se equivoca con respecto a Pedro. Jamás haría algo en contra de su naturaleza.
—Lo haría por usted —dijo tranquilamente, pero con tanta confianza que la dejó sin palabras.
Paula se puso en pie.
—¿Sabe dónde ha ido Pedro? —preguntó a J.D. La mirada que él le dedicó estaba llena de desconfianza. Paula puso los ojos en blanco.
—Mire, sólo trato de ayudar —al ver que la desconfianza no desaparecía, añadió con más énfasis—: De ayudar a Pedro. Si deja escapar a Ramiro, jamás se lo perdonará. Y si lo hace porque cree que eso es lo que quiero yo, tampoco me lo perdonará a mí.
J.D. sonrió.
—Bueno, al menos en eso estamos de acuerdo —se puso en pie y se acercó al resto del grupo—. Recoged, chicos. Nos vamos.
En menos de cinco minutos estaban en una furgoneta recorriendo la costa. Sólo esperaba que llegaran a tiempo.
miércoles, 17 de agosto de 2016
CAPITULO 23: (TERCERA HISTORIA)
Pedro estaba en la cocina preparando café cuando apareció Paula. Además de la televisión de pantalla plana que dominaba una de las paredes de la zona del comedor, la cocina, con su equipamiento de brillante acero inoxidable, era la única habitación de la casa que no transportaba a la época victoriana.
Parecía igual de emocionada que lo había estado en el avión. Aunque su esfuerzo para mantener la compostura la estaba llevando al límite del agotamiento. Debería haberse esforzado más en convencerla de que se quedara en Texas.
¿La había dejado ir con él porque ella lo deseaba o había sucumbido a su propio deseo de tenerla cerca?
Fuera por lo que fuera, estaba allí con él. Y la mantendría a su lado todo el tiempo que pudiera. Sirvió café en una taza y se la ofreció, pero ella negó con la cabeza y se apoyó en la encimera.
—Piensas que tienes que llevar las riendas de todo esto, ¿verdad? —había un tono acusatorio en su voz.
Había una docena de razones por las que pensaba exactamente eso, pero la más convincente de todas fue la que le hizo decir:
—La navaja de Occam.
—No —sacudió la cabeza—. No me lo creo. No creo que seas capaz de eso.
—Es la más sencilla de las explicaciones —dijo todo lo amablemente que pudo.
Había sabido que aquello no sería fácil, pero viendo la expresión de ella, la preocupación que llenaba los ojos, la tensión que enmarcaba su boca, todo resultaba más difícil de lo previsto. Maldito Ramiro. Había sido él quien le había roto el corazón. Debería ser él quien se enfrentara a ella en ese momento.
Aunque sabía perfectamente que no la dejaría sola, por duro que resultase decirle la verdad, ni siquiera soñaba en dejar que se enfrentase a ella sola.
—Piénsalo —dijo despacio—. Has estado diciendo todo el tiempo que no podías creerte que fuera tan estúpido. Que es más listo que todo esto —le alzó la mandíbula con cariño para que lo mirara a los ojos—. Quizá tengas razón. Quizá sea más inteligente. Lo bastante inteligente como para ser el cerebro de toda la operación —hizo una pausa—. He preguntado por ahí, y he descubierto un contacto que trabaja dentro de la organización de los Mendoza —continuó—. Sí, tienen metida la mano en el mundo del juego, pero dicen que jamás le han prestado dinero a tu hermano. No les debe cincuenta mil dólares. No les debe ni diez dólares.
—¿Por qué iba a mentirme?
Esa había sido la parte que más tiempo había llevado a Pedro desentrañar. La parte que no tenía sentido hasta que había leído el informe que J.D. le había llevado al coche.
En lugar de responderle directamente, sacó el iPhone y le mostró una fotografía.
—Quiero que veas esta foto. A ver si reconoces a este hombre.
El hombre de la foto tendría la edad de su hermano, quizá un año o dos más joven. Iba vestido con la clase de ropa desaliñada y cara que parecía haberse hecho increíblemente popular entre los hombres en la veintena. Tenía el pelo desordenado, pero seguramente le costaba mucho dinero mantenerlo así. En la fotografía estaba sentado en un restaurante frente a su hermano. Ramiro llevaba una gorra de publicidad y unas gafas de sol.
—Sí, es Brent… No, Brett algo; ¿puede ser Patterson?
—Brett Parsons.
—Eso. Mi hermano lo conoció en la Universidad Metodista. Eran hermanos de hermandad o algo así. Sólo lo he visto algunas veces. Nunca me ha gustado. Era uno de esos niños ricos que tardan seis o siete años en terminar la carrera.
Ya era bastante difícil para ella que trataba de llegar a fin de mes con el sueldo de una empleada del estado, por no mencionar la pobreza e injusticia social que veía todos los días, como para además tener que contemplar cómo el amigo de su hermano despilfarraba fortunas.
—Sí recuerdo bien, estaba forrado —continuó—. Tengo la impresión de que era malcriado y vago —miró a Pedro—. No me mostrarías la foto si no estuviera implicado. ¿Puedo pensar que él ha arrastrado a mi hermano a esto?
—No pienses tan mal de él —apagó la pantalla del móvil y se lo guardó en el bolsillo—. Él es quien debe dinero a los Mendoza.
—Así que el jugador es él.
—Y también el hombre de dentro.
—¿El hombre de dentro? —lo miró a los ojos.
—Al menos puedes contentarte sabiendo que no eres la única engañada aquí —sonrió arrepentido.
—¿Trabaja para ti?
—No. Hace cuatro años consiguió un trabajo en Messina en investigaciones y exploraciones. Sin embargo, Alfonso investiga el pasado de todos los empleados de la empresa. Tendremos que poner al día esos protocolos.
J.D. se había irritado especialmente cuando había reconocido que había sido él quien había investigado a Parsons personalmente. Pero cuatro años antes no había nada que lo hiciera sospechoso. Pasado el tiempo debía más dinero que un país del tercer mundo.
Paula lo miró detenidamente un minuto.
—Pero tú no crees que ese tipo fuera quien lo planeara, ¿verdad? Crees que es Ramiro quien está detrás.
—Así es —la miró tranquilo—. Por lo que sé de Parsons, está desesperado, pero no es imaginativo. Creo que tu hermano encontró su debilidad y la explotó. Quizá lo animó. Él… —no terminó la frase.
¿Realmente era necesario que ella escuchara todo aquello? ¿Qué tendría de bueno que acabara con la última fe que le quedaba en su hermano?
—¿Él qué? —exigió—. Quiero saberlo todo. Sea lo que sea, oírlo más tarde no lo va a hacer más fácil.
—Parsons no ha sido el único que se ha puesto en contacto conmigo para informarme sobre los Mendoza.
—Cuéntame —le apuró, con mirada ansiosa y los labios apretados.
—Tu hermano no les debe dinero, pero los Mendoza lo conocen. No hace negocios con ellos, pero aparentemente no lo pierden de vista en los bajos fondos de la zona. Francamente, tienen mejor información que muchas de las fuentes del FBI.
—Bajos fondos —dijo con una carcajada sin ningún humor—. ¿Y eso incluye a mi hermano?
—Hasta ahora, sobre todo con estafas a pequeña escala. Nada que interfiera con sus negocios. Lleva años con esa clase de cosas.
Se rodeó con los brazos como si tuviera frío. Una tormenta se movía frente a la costa y la temperatura había bajado algunos grados justo después de que aterrizaran.
Pero Pedro dudó que fuera ésa la causa de su temblor.
—Así que mi hermano es un estafador —como para tratar de distraerse sacó un vaso de un armario y lo llenó de agua de la nevera—. Y piensas que es el cerebro del robo.
—Sí. Ese tipo, Brett Parsons, fue quien desconectó el sistema de seguridad. Sus huellas estaban por todas partes. Metafóricamente hablando. Va a ser imposible que se libre de esto. Lo han atrapado hace cuatro horas intentando tomar un avión a Cabo San Lucas.
—¿Cuatro horas? ¿Ésa es la información que te llegó en el avión?
—Así es —asintió—. Ha hablado desde el principio. Parece que al FBI le ha costado que se callara. Desde entonces han atrapado a otros cinco tipos que Brett ha señalado, todos de camino a México o ya en México esperando para contactar con tu hermano. Hay una reserva en un hotel de la costa del Pacífico a nombre de Ramiro. Los billetes de avión dicen que llegaría esta tarde.
—¿Entonces por qué estamos aquí?
—Porque él no va a ir a México. No creo ni que esté pensando en volver a los Estados Unidos. Esas reservas son sólo tapaderas. Me implicó a mí para asegurarse de que todos los demás serían detenidos. Diez millones de dólares divididos entre cinco o seis son mucho menos dinero que si se los queda uno solo.
Podía ver en los ojos de ella la silenciosa lucha interior que mantenía para no creerle. No quería dejarse arrastrar por su lógica. No quería que consiguiera quebrar la confianza en su hermano. Una vez más, Pedro reprimió el dolor que sentía en el pecho. Paula se merecía poder confiar en alguien en su vida. Ese alguien debería haber sido él. Si hubiera tenido más fe en ella. Si hubiera tenido la mitad de fe en ella de la que ella tenía en su hermano, ¿cómo habrían sido sus vidas?
—Así que ha traicionado a sus amigos lo mismo que a mí. No puedo creerlo. Mi hermano no es esa clase de tipo.
—Paula, lo siento…
—Él no haría eso. A mí no. No puedes imaginarte los sacrificios que he hecho por él. Fui a ver a mi padre y le supliqué por él. Supliqué. No me habría dejado hacer eso a menos… —se le quebró la voz—. Tú no lo conoces.
—Quizá. O quizá eres tú quien no lo conoce.
Como si de pronto ya no pudiera más, Paula salió corriendo de la casa hacia la playa y el interminable océano. Lejos de él.
La miró llegar a la playa y quitarse los zapatos para caminar descalza por la orilla. Estuvo allí de pie un largo tiempo, con las olas lamiéndole los pies, los brazos alrededor del cuerpo mientras el viento le sacudía el cabello.
Su decisión de dejarla sola, de darle tiempo, de esperar a que volviera con él, se debilitaba mientras la miraba. Esperó todo lo que pudo, hasta que el viento arreció y las nubes del horizonte se volvieron negras como el carbón. Se acercaba una tormenta y ella no llevaba la ropa adecuada.
Sacó un suéter del armario de al lado de la puerta y fue hacia ella. Hasta que no estuvo muy cerca, Paula no se volvió a mirarlo con los brazos alrededor como un escudo y los ojos resplandecientes. La vulnerabilidad de la anterior conversación había desaparecido. Ante él estaba la chica de la que se había enamorado hacía tantos años. Orgullosa, rebelde y demasiado terca como para rendirse en una discusión. Sobre todo cuando se trataba de defender a la gente que quería.
¿Habría tenido ese aspecto en el instituto cuando se había enfrentado a su padre para defenderlo a él? ¿Habría sido así de implacable en su defensa? Quiso creer que sí.
Su voz no titubeó cuando dijo:
—Siempre he creído que la gente tiene derecho a tomar sus propias decisiones. Sólo es que jamás pensé que Ramiro tomara decisiones tan malas.
—Una mierda.
—¿Qué? —lo miró sorprendida.
—Siempre has pensado que tú debías poder tomar tus propias decisiones. Y también has pensado que los demás deberían hacer lo que a ti te parece mejor.
—Pero… —tartamudeó—, eso no es cier…
—Sí, es cierto —no pudo evitar apartarle un mechón de cabello de la cara—. No es algo malo querer proteger a la gente que amas.
—Lo es cuando eso los convierte en delincuentes —sus ojos se llenaron de lágrimas—. ¿Cómo he podido estar tan equivocada con él?
—Le quieres, por eso es.
Y no había ninguna duda de que, si Ramiro era detenido, juzgado y condenado con una montaña de pruebas, ella seguiría de su lado, luchando por él. Su ciega defensa de los débiles y los indefensos debía hacerla realmente buena en su trabajo. Era una de las cualidades que más admiraba en ella.
¿Cómo sería tener a alguien que creía tanto en uno?
¿Alguien tan devoto de él?
La verdad era que había disfrutado de eso unos años antes.
¿Cómo podía haberse alejado de ella? ¿Por qué demonios no había confiado en ella?
—¿Sabes? Cuando fui a verte el miércoles pasado —dijo interrumpiendo sus reflexiones—, estaba segura de que seguirías anclado en el pasado. Creía evidente que jamás habrías superado lo que pasó. En realidad sentía pena por ti —dejó escapar una carcajada de ironía—. Porque yo había seguido adelante y tú no. ¡Qué presuntuosa!
Oírla hablar de pena por él no le hizo sentir el resentimiento normal. En lugar de eso, experimentó un profundo temor por lo que ella iba a decir.
—Pero en realidad lo que pasó entre nosotros hace tantos años me ha afectado a mí tanto como a ti. Sólo que yo no quería admitirlo. Siempre he seguido colgada de la decisión de pensar lo mejor de los demás. De dar siempre a los demás el beneficio de la duda.
—Paula, tu fe en los demás no es algo malo —le tendió una mano—. Aún podría equivocarme sobre Ramiro —dijo aunque en realidad no lo creía.
—No —sacudió la cabeza—. Sé que tenías razón sobre él cuando has contado cómo te ha implicado para asegurarse de que atraparían a todos los demás. Sólo Ramiro sería tan asquerosamente engreído. Resulta que ha jugado con todo el mundo —se echó a reír—. Sólo desearía no haber sido una víctima tan fácil. Debes de pensar que soy idiota.
—No.
La vida la había golpeado una y otra vez y aún tenía la capacidad de ver lo mejor de los demás. No era ingenua del modo en que él la había acusado de serlo. Era resistente.
Otra cosa que le gustaba de ella.
Bueno. Tenía que admitirlo. Al menos a sí mismo. La amaba.
Quizá jamás había dejado de amarla. ¿Conseguiría convencerla de que le diera otra oportunidad?
—No quiero discutir sobre tu hermano —ya sucedería frecuentemente en el futuro. Le tendió el suéter—. He pensado que podías tener frío.
Paula alzó la cabeza y rechazó la prenda.
—No.
—Estás temblando.
—Será de rabia —dijo desafiante.
—O que la temperatura ha bajado quince grados en una hora.
Tenía la mandíbula apretada y no habría sabido decir si era para que no le castañetearan los dientes o para reprimir una respuesta venenosa. En lugar de discutir con ella le echó el suéter por los hombros. Fuera de quien fuese, la prenda era lo bastante grande para cubrir su pequeño cuerpo. Siguió mirándolo sin preocuparse de abrocharse los botones o cerrarlo alrededor suyo.
Finalmente se acercó y la rodeó con los brazos y le frotó la piel helada con las manos. Tras un momento de resistencia, se ablandó. Apoyó la cabeza en su pecho y lo rodeó por la cintura con los brazos. Sacudidos por el viento, sus cabellos le rozaban las mejillas y la nariz. El dulce aroma de ella se mezclaba con el olor salado del aire creando una mezcla familiar y exótica al mismo tiempo.
Le alzó la mandíbula para mirarla a los ojos. El deseo surgió entre los dos. Se inclinó para besarla, pero un instante antes de que sus labios se encontraran ella lo detuvo apoyándole un dedo en la boca.
—Si sólo vas a besarme y después desaparecer, entonces no te molestes. Estoy cansada de sentirme como una estúpida.
Pedro sonrió.
—No quería que te sintieras estúpida. No quería aprovecharme de tu vulnerabilidad emocional. Pensaba que estaba haciendo lo correcto.
—Bueno, es bastante irritante. Si no quieres acostarte conmigo, vale. Pero no me provoques.
Seguramente era la única mujer en el mundo que podría acusarlo de algo así. Supuso que era lo normal. Después de todo era la única que le preocupaba lo suficiente como para protegerla de él mismo.
—No era una provocación, sólo trataba de protegerte.
Paula le pasó los dedos por la nuca y jugueteó con el pelo. Era un gesto mecánico de afecto otorgado con despreocupación por lo que él pudo interpretar.
Quizá tuvieran una oportunidad de hacer que aquello funcionase, quizá no. En cualquier caso él ya era hombre muerto. Ella podía no saberlo, pero tenía su corazón en las manos. No tenía defensa contra ella. Y no las quería.
Cuando sus bocas se encontraron, ella lo recibió ansiosa. Se arqueó contra él, depositando en el beso toda la emoción que había contenido. La dulzura de su deseo que mezcló con los restos de su resentimiento. La acidez de su rabia con la miel de la lujuria.
Ella lo recibió caricia a caricia. Su lengua contra la de él mientras las manos agarraban su ropa. Le sacó la camisa de los pantalones al mismo tiempo que él le deslizaba una mano bajo la camiseta. El calor de su mano contrastaba con la frialdad del viento. Ella tenía las manos frías, pero buscó con ellas ansiosa los pezones, los hombros, el arranque de los brazos para colgarse de ellos.
Sus caricias animaban el deseo de él. Deseo caliente en sus venas que presionaba fuerte para derribar sus últimas contenciones.
Trató de soltarse de ella para llevarla hacia la casa. Estaban a cielo abierto. ¡Por Dios!, ella se merecía algo mejor. Algo más que sexo rápido en una playa. Algo más que la incertidumbre de que sus cuerpos se acoplaran cuando aún quedaban entre ellos tantas cosas sin resolver, sin hablar.
Pero cuando trató de separarse de ella, oyó:
—No.
El tono no fue suave… era algo más que una orden. Una exigencia.
—Paula—murmuró, pero ella seguía sacudiendo la cabeza.
Le pasó las manos por detrás de la cabeza y lo miró a los ojos. Fijamente, con calor, inquebrantable.
—Sólo esta vez olvida ese estúpido sentido del honor tuyo. Tíralo por la ventana junto con tu maldita caballerosidad. Deja de tratarme como piensas que debo ser tratada y dame lo que quiero.
Dicho eso, le bajó la camisa por los hombros y empezó a desabrocharle el cinturón.
Paula no quería dejarlo ir por la sencilla razón de que temía que, si lo hacía, no lo recuperaría jamás. Pedro tenía su modo de hacer las cosas. De una forma autoritaria decidía qué era lo mejor para ella y después no se dejaba convencer. Por eso habían llegado ambos vírgenes a esa fatídica noche de bodas hacía tantos años. Porque él había decidido que debían esperar. No había ninguna duda de por qué no se habían acostado la noche anterior, porque era demasiado noble para su propio bien. Y demasiado para el de ella también.
Sólo por esa noche quería dejar a un lado el resto de las cosas de sus vidas. Quería olvidar todo lo que se interponía entre ellos. Quería hacer como si diera lo mismo que no
tuvieran ningún futuro juntos. Porque si no lo hacía en ese momento, no lo harían jamás. Y no podía imaginarse un mundo en el que nunca hubiera conseguido acostarse con Pedro.
Y por eso se entregó a sus caricias. A la sensación de su boca sobre ella. De su piel, suave y caliente bajo las palmas de sus manos. De sus manos en los pechos mientras desabrochaba el sujetador.
El deseo la recorría por dentro calentando su cuerpo como un canto primitivo. Más y más.
Se quitó el suéter que le había echado por los hombros y fue vagamente consciente de que se caía al suelo. Era la primera prenda que acababa en la arena, pero no la única.
Siguió la camiseta, después el cinturón de él. Los zapatos.
Los pantalones.
Con cada prenda que se quitaban subían un poco más por la playa en busca de la arena seca, dando pasos cortos hasta que los dos estuvieron desnudos y jadeando. La desesperación le hacía estar ansiosa. Se dejó caer de rodillas ante él deseosa de explorar su cuerpo.
Rodeó con las dos manos su sexo, pasó el pulgar por su extremo antes de recorrerlo con la lengua. Sintió que un estremecimiento recorría el cuerpo de él mientras se metía el pene en la boca. Una oleada de orgullo femenino estalló dentro de ella mientras la tormenta soplaba sobre ellos. Era fuerte, poderosa. Tragó saliva sólo una vez más antes de que él se saliera de la boca.
Antes de que pudiera protestar, se arrodilló delante de ella y la abrazó con fuerza. La besó intensamente antes de separarla de él lo justo para poder mirarla y decir:
—No puedes controlarlo todo.
—¿Quién lo dice?
—No está bien no compartir —dijo él con una sonrisa y la mirada llena de deseo.
La sentó a horcajadas en su regazo, su pecho contra el de ella. Su sexo presionaba contra el de ella y con cada movimiento de sus caderas frotaba el clítoris. La presión crecía dentro de ella. Con la boca en la de él y las manos acariciando sus pechos, su clímax fue creciendo de un modo constante hasta que estalló envolviéndola por completo.
Paula sentía su cuerpo aún encendido, necesitado, pero él la levantó de su regazo con suavidad. Empezó a protestar.
—¿Qué de…?
Pero lo vio agacharse a por sus pantalones y buscar algo en la cartera. Para su alivio, sacó un preservativo. Un segundo después estaba de vuelta con ella, extendiendo el suéter en la arena, tumbándola encima y él sobre ella.
Cuando finalmente entró dentro de ella, sintió como si hubiera esperado toda la vida para sentirlo allí. Como si lo hubiese estado deseando, necesitando interminablemente, siempre.
Por fin estaba tocándola en su parte más profunda.
Martilleando dentro de ella, sin descanso, sin final, eternamente, como las olas que llegaban a la playa, como las pesadas gotas de lluvia que empezaban a caer. De un modo tan oscuro y pesado como las nubes que se cernían sobre ellos. De una forma tan primitiva como el viento y los elementos.
Al fin él era suyo.
CAPITULO 22: (TERCERA HISTORIA)
Pasó el camino desde el aeropuerto pensando en qué decir a Pedro. Él iba en silencio mientras el coche recorría su camino a través de la ciudad hacia una aislada franja de playa dominada por un promontorio que sobresalía por encima del océano. La casa estilo Reina Ana donde iban a quedarse conseguía ser al mismo tiempo impresionante y singular. Sin ninguna otra construcción en kilómetros a la redonda, parecía propia de las novelas góticas que transcurrían en el Caribe que había leído de adolescente.
¿Dónde estaba el barco pirata? O quizá los esperaba en la casa un lord inglés que ocultaba una esposa loca en el ático.
Sus pensamientos podrían haberle parecido divertidos si no hubiera sido por el silencio de Pedro. Quizá la imagen de lord era más acertada de lo que creía. Pero ¿eso la hacía a ella la inocente y estúpida amante? O peor, ¿la loca esposa del ático?
Reprimió una risita, sintiéndose una mujer victoriana hasta en el último centímetro de su cuerpo. Esa indefensión acabaría por volverla loca a ella. Si Pedro sabía algo nuevo de su hermano, no lo había compartido con ella.
Cuando estuvo acomodada en una de las habitaciones de invitados sintió que tenía más de un nudo en el estómago.
Dejó la raída maleta en el suelo y no sacó la ropa para meterla en los armarios estilo Bombay. No pensaba quedarse allí el tiempo suficiente.
Ignoró la belleza de la mosquitera que colgaba de los cuatro postes del dosel de la cama. Si se sabía algo de su hermano, bueno o malo, necesitaba enterarse ya. Había llegado el momento de afrontar la verdad.
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