miércoles, 17 de agosto de 2016
CAPITULO 21: (TERCERA HISTORIA)
Paula estaba segura de que no sería capaz de dormir en esas circunstancias. A pesar de eso, poco después de despegar se quedó dormida en uno de los lujosos asientos de cuero. El cómodo asiento combinado con el sonido del avión, la ayudó a dormirse.
Se despertó unas horas después y vio a Pedro aún sentado en uno de los asientos del otro lado del avión hablando, por el manos libres del móvil. Hablaba en un susurro mientras tecleaba en un portátil.
Por la ventanilla no se veía nada más que el mar y algunas nubes aquí y allá. Pedro estaba tan concentrado que no se dio cuenta de que se había despertado, así que tuvo la oportunidad de mirarlo sin que él lo supiera. Cuando habían llegado al avión, había ido al aseo. Había sido imposible ignorar el mal aspecto que tenía. Aunque se había hecho algunos arreglos rápidos en el cabello, esperaba que el sueño hubiera cambiado su aspecto de dar miedo a presentable.
Naturalmente Pedro tenía un aspecto fantástico. Llevaba un traje negro carbón que parecía que se lo hubiesen hecho directamente sobre los hombros. Por lo que sabía, quizá habría sido así. En su rostro se notaban señales de preocupación como las de ella, pero las arrugas lo hacían parecer más resistente que macilento.
Antes de que se deprimiera por completo por esa constatación, Pedro se puso en pie y cruzó la cabina para sentarse a su lado.
—Tienes mejor aspecto. ¿Has dormido bien?
Se sentía tan emocionalmente en carne viva que no podía soportar su amabilidad.
—Parece que estabas trabajando, ¿has sabido algo nuevo? —dijo en lugar de responder.
—Pronto aterrizaremos. No tiene sentido darle vueltas al tema hasta que estemos instalados en la casa.
—Preferiría… —empezó.
Pero él la ignoró.
—¿Por qué no me cuentas cómo fue que te dedicaste al trabajo social?
Era evidente que estaba tratando, otra vez, de cambiar de tema. ¿No quería hablar de su hermano? Bien, por eso era por lo que había preguntado ella, ¿no?
De los cuatro asientos que se miraban unos a otros, Pedro se sentó en el que estaba en diagonal con el de ella. Así que giró un poco para mirarlo. Cruzó una pierna sobre otra y preguntó:
—¿Por qué haces esto?
—¿Hago qué?
—Ser tan bueno. Tan amable. Como si fuera una especie de triste compromiso social. Porque deberías saber que me estás fastidiando de verdad.
La miró con unos ojos que expresaban como ganas de echarse a reír. Pero también había algo triste en la mirada. Así que la conducta educada que encontraba tan molesta debía de estar motivada por algo que le gustaba aún menos.
Se sintió humillada.
—No me digas que lo haces porque te doy pena.
—No me das pena —su tono fue firme, pero había algo más en su mirada.
Ella inclinó la cabeza a un lado y estudió su expresión tratando de descubrir exactamente qué era lo que veía en sus ojos.
—No, no te doy pena —murmuró—. Hay algo más. Es culpa —eso era casi tan malo como la pena—. ¿Pero de qué tienes que sentirte culpable? Tu padre no trató de meterme en la cárcel.
—Paula —se inclinó ligeramente hacia delante. Y a pesar de lo que ella acababa de decir, había algo de lástima en su mirada—. Sé que tu vida no ha salido exactamente como planeabas.
—¿Mi vida? —se apoyó en el respaldo del asiento.
—Ibas a viajar. A recorrer Europa con una mochila. Querías vivir en Nueva York y trabajar en la industria de la moda. En lugar de eso tu padre y tú os peleasteis por mí. Tuviste que pagarte la universidad. Incluso fuiste a la universidad pública de Mason un curso.
Lo que era imposible que supiera si no había estado investigando sobre ella. No era que no se lo esperara, después de todo tenía una empresa de seguridad. Era normal que accediera a esa clase de información. Más cuando le había dicho que había investigado sus finanzas.
Aun así, le pareció poco limpio.
Se giró a mirar por la ventanilla para ocultar sus sentimientos.
—Supongo que sabes todo lo que he hecho desde que te marchaste de Mason.
—No, todo no. Sólo lo justo para preguntarme cómo has terminado aquí.
Por un momento consideró recurrir a uno de los trucos de él y evitar la pregunta, pero si lo que lo motivaba era la culpa, quería cortar aquello de raíz.
—Fue por culpa de tu padre, en realidad.
—¿Mi padre?
La sorpresa en su voz atrajo su atención, así que se volvió a mirarlo. La confusión en su rostro era evidente. Así que era verdad que no sabía todo lo que había hecho.
—Después de que te marcharas de Mason pasé una temporada bastante hundida, había discutido y estado de mal humor y en general actuado como una niña. La verdad era que no sabía qué otra cosa hacer —su padre había ganado—. Te habías ido —dijo en voz alta—. Y nadie más en la ciudad parecía haberlo notado.
No había sido fácil aceptar las explicaciones pedestres y facilonas que la gente daba a su marcha: «Siempre he sabido que se marcharía en cuanto tuviera oportunidad», decían algunas personas, lo que era lo más parecido a un cumplido que habían dicho sobre Pedro alguna vez. Otros decían cosas como: «¡Con viento fresco!». O: «Con un padre así, estamos mejor ahora que se ha ido».
—Así que empecé a pasar algo de tiempo con la única persona a la que le importaba que te hubieras marchado.
—Mi padre —dijo serio.
—Sí, tu padre.
La expresión de disgusto que cruzó el rostro de Pedro fue tan profunda que casi se echó a reír. Aunque al mismo tiempo sabía lo que estaba pensando. Era inimaginable que ella, Paula Chaves, hubiera puesto sus pies de pedicura en la caravana en la que él se había criado.
Bueno, también había sido una sorpresa para ella la primera vez que lo había hecho. Cuando Pedro vivía en la ciudad no la había dejado acercarse ni a cien metros. La primera vez que había visitado a su padre, había comprendido por qué.
Francamente, se había sorprendido de que el sitio no hubiese sido declarado en ruina años antes. Si hubiera habido algún adulto en la ciudad al que le hubiera importado el bienestar de Pedro, lo habría sido.
—Tampoco fue para tanto. Me pasaba una o dos veces por semana. Me aseguraba de que tuviera algo de comer. Ingresaba los cheques del ejército que tú mandabas —su ceño fruncido se había transformado abiertamente en una mueca, así que dijo—: Mira, seguro que hay una razón por la que pensar en mí ayudando a tu padre te hace irritarte, pero ni siquiera me imagino cuál es.
En lugar de responder a su pregunta, él siguió a lo suyo:
—Así que los semestres que fuiste a la universidad pública antes de ir a la de Texas…
Ah, así que lo había descubierto.
—Sí, no me marché de Mason y fui lejos a clase hasta que tu padre murió —admitió—. No me parecía bien dejarlo allí sin nadie que lo cuidase.
—No deberías haber sido tú —dijo con calma.
—¿Entonces quién, Pedro? ¿Tú? —podía ver la culpabilidad en su rostro, pero no quería que se hundiera en ella.
Ya tenía demasiados remordimientos.
Y cuidar de su padre había sido tan bueno para ella. La había sacado de su propio dolor. Le había dado algo en qué pensar. Algo más allá de su pequeño mundo de riqueza y soledad.
—Tú no podías hacerlo —señaló—. Tuviste que dejar la ciudad por mi culpa. Parecía lo justo que yo me hiciese cargo de la tarea. Y, ya lo sabes, me alegro de que fuera yo y no tú. Me resultaba más fácil a mí verlo beber hasta morir de lo que te habría resultado a ti.
—Si hubiera estado allí, a lo mejor habría…
—¿Podido evitarlo? Ni mucho menos. Tu padre era lo que era. Un alcohólico autodestructivo. Estaba en la senda de la autodestrucción mucho antes de que te marcharas. Había sido su elección. Suya, no tuya. No puedes salvar a todo el mundo, Pedro.
—Eso resulta gracioso viniendo de ti.
—¿Qué se supone que significa eso? —se puso rígida.
—Estabas dispuesta a acostarte conmigo para conseguir el dinero para salvar a tu hermano.
—Oh, por favor —agitó una mano en el aire—. Jamás habría dejado que las cosas llegaran tan lejos y tú eres el último hombre en el mundo que habría seguido adelante con un trato como ése. Ninguno de los dos queda especialmente bien cuando hablamos de ese incidente, así que será mejor que lo olvidemos.
—De acuerdo —asintió—. Aun así, tú eres la trabajadora social. Ayudas a la gente a sobrevivir. Y admites que retrasaste tus estudios en la universidad por hacerte cargo de mi padre, alguien a quien odiabas.
—Jamás he odiado a tu padre —admitió—. Odiaba que fuera un mal padre para ti, pero jamás lo odié como persona.
Pedro quedó un largo rato en silencio mientras consideraba lo que ella había dicho. Se pasó una mano por la nuca, una clara señal de que le costaba encontrar las palabras adecuadas, así que lo animó:
—Vamos, Pedro, dime lo que estás pensando.
La miró con gesto de fastidio.
—¿Por qué no me dices tú lo que se supone que estoy pensando? Porque no sé qué se supone que tengo que hacer con todo esto.
—No se supone que tengas que hacer nada. No ayudé a tu padre porque esperase algo a cambio.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—Porque era tu padre. Era culpa mía que se hubiese quedado solo. Decidí hacerme cargo de él. Al final fue una gran experiencia que encontré reconfortante, así que decidí hacer trabajo social. De nuevo una decisión mía, no tuya —le dedicó una mirada directa esperando su respuesta, pero él no respondió.
En lugar de responder, sin mirarla a los ojos dijo:
—Parece que vamos a aterrizar. Será mejor que te abroches el cinturón.
Y una vez más fue él quien puso fin a la conversación. Era realmente bueno evitando los temas de los que no quería hablar. Su padre siempre había estado el primero en la lista de esos temas.
Bueno, podía comprenderlo; tampoco quería ella hablar de su familia en ese momento. Por fin estaban de acuerdo en algo.
CAPITULO 20: (TERCERA HISTORIA)
El silencio con que ella aceptó su afirmación lo sorprendió por completo. Paula se limitó a asentir y después con firme determinación dijo:
—Voy a por el pasaporte, pero no creo que esté allí.
Pedro se metió las manos en los bolsillos y dejó caer los hombros por el peso de su incredulidad.
—No tienes que venir. No te lo he pedido.
—No es que no confíe en ti.
—Obviamente.
—Pero mi hermano es la única familia que me queda. Y yo soy la única familia que tiene. Alguien tiene que creer en él.
Podría haberle dado una patada en el estómago.
Una vez, había creído en él de ese modo. Toda esa maravillosa fe podía haber sido suya. Y la había tirado por la borda.
Si ella no quería que la tocara, era culpa de él. Las cosas podrían haber sido de otro modo. Pero el único consuelo que podía ofrecer era la tranquilidad de saber que encontraría a su hermano antes que los federales.
Cuando él asintió, ella cruzó corriendo el salón y se lanzó a sus brazos. Él la abrazó deseando ser el refugio y la fuerza que nadie en su vida había sido.
Le acarició la cabeza lentamente.
—Deberías quedarte aquí. Descansar unos días. Tomártelo con calma. Te lo haré saber si encuentro algo.
«Si encuentro algo», había dicho.
Pero claro, eso significaba «cuando encuentre a Ramiro».
Habría dicho que ella se sintió tentada. Que se quedaría en casa. Que seguiría con su vida. Volvería al trabajo el lunes. Se metería en los problemas de otras personas. Haría como si su hermano no estuviera metido en algo serio. Haría como si no la hubiera involucrado en algo ilegal, aunque hubiera sido sin querer.
Pedro rezó para que aceptara. Como todos los demás en su vida, él también le había fallado. Pero podía quitarle esa carga de encima. Encontraría a su hermano, lo llevaría sano y salvo a su casa aunque fuera para que afrontara las consecuencias de sus actos.
Sabía que ella nunca lo perdonaría por el papel que él tenía que representar en todo aquello, pero al menos ella no vería a su hermano entregarse a la justicia.
Pero claro, sabía perfectamente que ella no le dejaría hacerse cargo de todo. No era la clase de persona que huía de las cosas, no importa lo desagradables que fueran.
Siempre se había enorgullecido de ser tan dura como hiciera falta. Pasara lo que pasara con su hermano, ella lo afrontaría.
Paula salió del abrazo.
—De acuerdo, voy a hacer el equipaje.
—Volveré en una hora para recogerte, si estás segura —dijo mientras se dirigía a la puerta.
—Sí, estoy segura. No puedo permitir que hagas esto por mí.
Pedro dudó con la mano ya en el picaporte de la puerta.
—Necesito que entiendas que no hago esto sólo por ti. Le debo a Messina todo lo que tengo.
—Lo sé —asintió con una sonrisa triste en los labios—. Y tu negocio lo es todo para ti. Lo comprendo. No esperaba… —dejó escapar un suspiro—. Bueno, no importa lo que suceda, sé dónde están tus prioridades.
Incapaz de ver la debilidad de ella un segundo más, salió por la puerta. Quizá un tiempo solos fuera bueno para los dos.
Pedro se imaginó que habría una buena oportunidad de estrangular a Ramiro con sus propias manos. Y tendría también buenas oportunidades de convencer al jurado del idiota en que se había convertido. Aunque no fuera capaz de defender su actuación, habría valido la pena.
Sentado al lado de Paula en el asiento trasero de la limusina que había contratado para que los recogiera, no podía dejar de notar cómo la habían afectado los últimos días. Estaba pálida. Tenía bolsas oscuras bajo los ojos que no había querido o podido ocultar con maquillaje. Se había recogido el pelo con un sencillo pasador, pero unos cuantos mechones colgaban libres. En realidad parecía como si se hubiera sujetado el pelo mientras hacía otra cosa para quitárselo de los ojos y después había olvidado que lo había hecho.
La diferencia entre como estaba en ese momento y como estaba el miércoles era muy marcada. Ese día había hecho un esfuerzo evidente para estar lo mejor posible. Ese esfuerzo no lo había hecho en ese momento. No era que le importase. Para él era preciosa se vistiese como se vistiese.
Daba lo mismo lo agotada que estuviera.
No, lo que le importaba era que ella se merecía algo mejor.
Se merecía una familia que la quisiese. No un padre que la había abandonado y un hermano que la utilizaba.
—No tienes por qué venir.
—Sí, pero quiero ir —insistió ella. Lo dijo sin dejar de mirar dentro del bolso en el que buscaba algo nerviosa desde que se habían metido en el coche—. Tengo un vecino que se hace cargo de los animales mientras estoy fuera. Tengo el monedero y el pasaporte —murmuró—. Esas son las dos cosas más importantes, todo lo demás puedo comprarlo cuando lleguemos, ¿no? —no esperó a que él respondiera antes de sacar la cartera y recorrer con el dedo el borde de dos tarjetas de crédito metidas en dos solapas—. Debería tener crédito suficiente en ésta. Es la de emergencia, pero jamás he comprado así un billete de último minuto. ¿Crees que será muy caro? Tengo un límite de cinco mil dólares. ¿Será suficiente?
—No vas a pagar nada.
—Por supuesto que voy a pagar. Siempre pago mi parte.
—Esta vez no.
Sería monstruoso hacerle pagar el billete cuando iba a ayudarle a detener a su hermano.
No era que tuviera la autoridad para detener a Ramiro cuando lo encontraran. Incluso el FBI tendría que trabajar duro para conseguir la extradición. No, en ese momento su objetivo era recuperar los diamantes y convencerlo para que volviera a Estados Unidos. Pensar en Paula presenciando todo aquello hacía que sintiera un nudo en el estómago.
—Desde luego que no te voy a dejar pagar —dijo ella con tanta fiereza que al instante él se sintió como un bellaco.
Tanto orgullo e independencia. Ahí estaba ella, lista para sacar rápidamente su tarjeta de crédito con límite de cinco mil dólares.
—¿Eres siempre así de orgullosa o es que no quieres aceptar limosnas?
Se ruborizó y apretó las mandíbulas antes de decir:
—No acepto limosnas de nadie.
Pero había esperado demasiado tiempo para decirlo. Podía decirse que, aunque eso era cierto en general, se habría dicho que estaba particularmente vigilante cuando se trataba de él. Ya estaba bien. Había estado demasiadas veces del otro lado en esa conversación. Sentirse objeto de lástima sólo empeoraba las cosas.
Pero jamás había estado a ese lado de la conversación antes. Nunca había estado en la posición de querer ayudar y no tener modo de hacerlo sin herir el amor propio de la otra persona.
—Si te hace sentir mejor, puedes ocuparte de tus gastos una vez que estemos allí. Pero no puedes pagar tu billete de avión. Vamos en un avión privado.
Lo miró pálida antes de decir:
—¿Un avión privado? —repitió—. ¿Has alquilado un avión para esto?
—No he alquilado el avión, es un avión de la empresa.
—¿De Messina o de Alfonso?
—De Alfonso Security.
—Estupendo, es tu avión —dijo con los dientes apretados—. Tienes un avión.
—Es un avión de la compañía.
—Vale. Que estoy segura de que necesitas para ir a todas tus exóticas sedes internacionales —agitó en el aire una mano despreocupadamente como si el tema de conversación no le importara—. Así que la mitad del coste de un avión privado a las Islas Caimán es… —hizo una serie de gestos exagerados con los dedos como si contara con ellos—. Bueno, veamos, debe de ser alrededor de mi salario de un año. ¿Qué te parece, acierto?
—Así que no puedes pagar el billete de avión. No es tanto problema.
—No lo es para ti —remarcó como si el dinero fuera un problema entre ellos.
—Eh —le alzó la barbilla con suavidad para que lo mirara—. Siempre decías que el dinero no era importante. Que jamás se interpondría entre nosotros —lo había repetido una y otra vez cuando salían en el instituto—. ¿De verdad lo creías?
—¡Por supuesto que sí! —la indignación brilló en su rostro.
—Entonces ¿cuál es la diferencia ahora? Si el dinero no importa, no debería importar si es el mío o el tuyo.
No podía contar las veces que se había tragado el orgullo y le había dejado pagar a ella porque literalmente ella lo había pagado todo. Su sueldo de mecánico daba justo para vivir su padre y él. No para entradas de cine, ni hamburguesas, ni flores en San Valentín. Con diecisiete años eso lo había matado.
—Eso era distinto —su tono era escueto y no lo miró a los ojos.
—¿Distinto? ¿Porque era tu dinero y no el mío? ¿Porque no eras tú la que necesitaba ayuda?
—No —lo miró fijamente—. Porque entonces éramos pareja. Salíamos. Una cosa es aceptar ayuda de alguien de quien estás enamorado y otra…
No supo cómo terminar la frase, pero adivinó qué era lo que ella no quería decir en voz alta. Era algo completamente distinto aceptar ayuda de alguien de quien se estuvo enamorado.
Paula frunció el ceño, una expresión que tanto podría haber sido de culpa como de duda. Ya no la conocía lo bastante bien como para saberlo.
—Pedro, yo…
—Lo entiendo —la soltó y miró hacia el frente—. Las cosas son distintas entre nosotros ahora. Pero no hay nada que pueda hacer sobre el avión. Está preparado. Podríamos esperar unas horas para tomar un vuelo comercial, pero el tiempo es esencial.
—Yo…
—No digas que me lo pagarás —dijo en un tono más cortante de lo que pretendía, pero ¿qué podía decir?
La limusina se detuvo en la pista de aterrizaje. En cuanto estuvieron sentados en el avión, Paula abrió la boca para decir algo, pero él habló antes.
—Estás agotada —le recordó—. Trata de dormir algo en el avión. Es un vuelo de casi cuatro horas.
Una vez en la isla dispondrían del suficiente tiempo juntos, en privado, para que ella le dijera con más detalle que ya no lo amaba. No era que hubiera pensado que lo amara, lo que no sabía era lo que le dolería descubrir que era así.
CAPITULO 19: (TERCERA HISTORIA)
Paula tenía la sensación de no haber dormido nada en absoluto. Le ardían los ojos como si los tuviera llenos de arena, la garganta seca e hinchada como si hubiera pasado la noche llorando, cuando en realidad la había pasado tratando de no llorar. Cuando se había quedado dormida, había entrado y salido del sueño, soñando una y otra vez con Pedro y ella recorriendo en coche oscuras carreteras mientras las luces de la policía los perseguían. Sólo cambiaba que en el sueño quien sacaba a Pedro del coche no era el sheriff Moroney, sino Ramiro. Después aparecía un agente del FBI y la detenía a ella y la metía en la cárcel. Y cada vez que la metían en el coche de la policía, Pedro la mirada impasible y sin ninguna emoción.
Estaba perdiéndolo otra vez. No era que lo hubiera tenido.
No era que necesariamente lo quisiera. Pero durante unos minutos esa noche había atisbado la posibilidad de volver a merecer su confianza. Y durante esos embriagadores momentos su corazón había remontado el vuelo.
Después de la tarde y la noche que habían pasado, no estaba en condiciones de analizar qué significaba todo aquello para ella emocionalmente. Sólo sabía que en ese momento, cuando se había acercado a su coche, la mirada de Pedro lo decía todo: Paula tenía un grave problema. Y Pedro, siendo Pedro, iba a tratar ese asunto con su incuestionable sentido del honor.
—Oh, por Dios, no debería ser tan difícil —tiró frustrada la cuchara del café.
—¿Necesitas ayuda?
Dio un brinco al escuchar la voz de Pedro sorprendida de verlo en la puerta de la cocina.
—¿Qué? —entonces se dio cuenta de que miraba a ella y a la cafetera con una ligera expresión de confusión en el rostro—. Oh —murmuró recogiendo la cuchara y siguiendo con la tarea—. No. Ya está. Asumo que voy a necesitar cafeína para esto.
La falta de respuesta de Pedro ya era suficiente contestación. Lo miró esperando que cruzara la diminuta cocina y la rodeara con sus brazos. Que le ofreciera el consuelo de su abrazo, aunque las noticias que iba a darle no fueran a ser en absoluto cómodas. Pero no caminó hacia ella, y con cada segundo que pasaba la grieta que había entre los dos se ensanchaba.
Pedro frunció el ceño. Permaneció de pie apoyado en un armario y las manos en el borde de la encimera.
—Paula, al respecto de tu hermano…
Sus dudas la sorprendieron. El Pedro que conoció en el instituto siempre hablaba despacio, pensaba bien antes de abrir la boca. Pero el Pedro adulto no era así. Era apasionado, decidía, se enfadaba, incluso a veces resultaba desdeñoso. Pero cauto no lo había visto.
—Sí —animó ella agarrando fuerte una taza.
—Dime cuándo descubriste que debía dinero a los Mendoza.
—Fue… no sé, hace un par de semanas, supongo —su mente estaba lenta fruto de los nervios. Para aclararse, se dio la vuelta y sacó la jarra de la cafetera—. Ramiro empezó a actuar de un modo extraño. Siempre estaba nervioso. Supe que estaba pasando algo. Le pregunté hasta que cedió.
—¿Qué fue lo que te dijo exactamente?
—No mucho —admitió echándose una generosa cantidad de azúcar en el café—. Sólo que debía a una gente una importante cantidad de dinero. Había estado jugando otra vez y perdido mucho.
—¿Otra vez? —preguntó Pedro.
—Cuando dejó la universidad, se vino abajo una temporada —admitió triste—. Mi padre lo apoyó durante un año, pero después lo desheredó. Insistió en que se pusiera a trabajar o volviera a la universidad a terminar sus estudios. Como Ramiro no hizo ninguna de las dos cosas, empezó a jugar profesionalmente.
—¿Profesionalmente?
—No lo sé —se ruborizó, no quería admitir que había estado voluntariamente ciega a la conducta de su hermano—. Supuse que serían torneos de póquer y cosas así. Como lo que se ve en la tele. Pensaba que sería algo elegante.
—¿Y vivía de eso?
—No muy bien —Pedro parecía mirar su taza de café, así que se puso a prepararle otra a él—. Pedía mucho dinero, pero tras unos meses las cosas se asentaron. Empezó a irle mejor, supongo. Dejó de hablar de ello. No pidió dinero en mucho tiempo. Supongo que asumí que todo iba bien —le dio la taza de café y rió nerviosa—. Cambiaba de piso cada dos por tres, cada uno mejor que el anterior. Mejoró de forma de vestir. Cada vez coches más rápidos —no quería admitir que había ignorado lo que gastaba. Averiguar cómo había ganado ese dinero no era asunto suyo—. Obviamente debería haber prestado más atención.
—Tu hermano ya es un hombre. No eres responsable del lío en el que está metido.
Sonrió irónica por el intento de reconfortarla, aunque se preguntó si él mismo se lo creía. Debía de estar deseando excusarla de algún modo, pero eso no se traduciría necesariamente en que la perdonara por la parte que le tocaba en todo aquello.
—Así que finalmente se vino abajo y te habló de las deudas de juego…
¿Era sarcasmo lo que había en su voz cuando había dicho «vino abajo»?
—Eso fue hace un par de semanas. Estaba tan hecho polvo… No quería mi ayuda —insistió—. Tuve que rogarle que me dejara buscar el dinero.
—Estoy seguro de que lo hiciste.
—Se sentía humillado por tener que pedir ayuda. Pero le dije que haría cualquier cosa. Que hablaría con nuestro padre. Que pediría un préstamo. Cualquier cosa —sacudió la cabeza. Tenía la taza sujeta con las dos manos y notaba el calor del café a través de la cerámica.
—¿De quién fue la idea de recurrir a mí?
—Fue idea mía.
¿Era eso? ¿Era ésa la razón de que se mostrara tan frío? ¿La hacía responsable de haberlo metido en ese lío?
—¿Él no lo sugirió? —preguntó Pedro.
—No. Yo pensé en ello.
—¿Estás segura?
—Sí —pero de pronto ya no estaba segura, de pronto deseó desesperadamente que la abrazara, pero él permaneció en el otro extremo de la cocina—. Quiero decir que así lo creo. Tu nombre salió en la conversación. Una vez que sucedió así, yo supe cómo conseguir el dinero que él necesitaba. Ciertamente él no me pidió que recurriera a ti —lo que era cierto, pero recordando, no era capaz de saber con precisión quién había mencionado el nombre de Pedro en primer lugar.
Pero claro, tenía que haber sido Ramiro, ¿no? Ella jamás había mencionado a Pedro. No había pensado en él. Nunca había dejado que el menor indicio de él se colara en su cabeza por temor a que se quedara allí a vivir. Que su anhelo de él lo acogiera y lo hiciera crecer. Que hiciera una madriguera en su alma y jamás se marchara de allí.
Pero no podía pensar en nada semejante en ese momento.
Porque Pedro estaba allí, delante de ella, imposible de ignorar. No sólo su corazón estaba en peligro, sino también el futuro de su hermano.
—Por favor, no me hagas más preguntas. Dime lo que habéis descubierto.
Después de un momento de estudiarla detenidamente, asintió.
—De momento parece como si hubiera sólo una persona responsable del robo… que es la persona que violó el sistema de seguridad y físicamente sacó los diamantes del edificio.
El temor que llevaba calentándose en su vientre desde la semana anterior finalmente alcanzó el punto de ebullición.
Se sentó en la silla de al lado de la mesa. Sabía lo que iba a decir.
—El FBI cree que fue contratado con el equipo del catering. Quizá hace semanas.
Pedro había tenido mucho cuidado de no mencionar el nombre de su hermano, todavía. Hablaba de él en un misterioso modo impersonal, pero ella sabía a quién se refería. Los dos lo sabían.
Le había pedido que no le dijera nada de lo que no tuviera pruebas. Aparentemente lo estaba haciendo en sentido estricto. Como si no mencionando el nombre de Ramiro la protegiera a ella.
—Estaba con el personal del catering durante la preparación de la tarde. Así consiguió acceder a la oficina. Debía de haber alguien más trabajando en el edificio para desconectar el sistema de seguridad porque en algún momento fue capaz de escabullirse sin que lo notara el resto del personal. Desde el pasillo de servicio usado por los camareros creemos que es desde donde accedió a los conductos por los que llegó hasta la oficina de Dario. Como era sábado y todo el mundo estaba ocupado preparándose para la fiesta, nadie del personal de Messina estaba en esa planta.
Quiso preguntarle por ese sistema de seguridad, el que había dicho que era imposible de atravesar, pero esa pregunta sonaría acusatoria y aquello no era culpa de Pedro. Además, lo conocía lo bastante bien como para saber que ya se habría culpado él solo bastante. Así que permaneció en silencio.
—Debió de llevarse los diamantes antes de que llegaran los invitados. Tenía que salir por los conductos también. Dado que el espacio era estrecho, debía de estar cubierto de polvo. No podía volver al trabajo de camarero. Tenía que haber sabido que eso ocurriría porque tenía a alguien que desconectó las cámaras del piso once, donde salió del conducto, se cambió de ropa y salió del edificio antes de que llegaran los primeros invitados.
La mente de Paula seguía agarrada al último rayo de esperanza.
—El conducto de ventilación es pequeño, has dicho. Mi hermano es alto —no tanto como Pedro, pero sí bastante alto.
—Es alto, pero es delgado.
—¿Cómo lo sabes? —saltó irracionalmente de la silla dispuesta a defenderlo—. No has visto a Ramiro desde el instituto. Ahora podría ser como un jugador de rugby.
—Pero no lo es —dijo sacudiendo lentamente la cabeza como si lo decepcionara su defensa de Ramiro.
Abrió la carpeta de la que sacó una fotografía en blanco y negro y se la dio.
—Esto es una ampliación de la cámara de seguridad de la zona del catering.
A pesar de la escasa calidad de la imagen, Paula pudo reconocer a su hermano, vestido con una chaqueta blanca de chef que le quedaba grande y que enfatizaba la estrechez de sus hombros y su constitución delgada.
Volvió a sentarse.
—Ah, Rami, ¿qué has hecho?
Pedro se agachó y le tomó las manos.
—No eres responsable de esto. Ramiro ha elegido.
Gracioso, en otras circunstancias era ella quien decía eso.
Decía lo mismo en el trabajo constantemente. La gente decide. Puedes ayudarlos cuando te lo piden, pero no puedes asumir la responsabilidad por sus errores. Pero se trataba de su hermano. De quien se había ocupado desde que tenía cinco años. Y se descubrió haciendo las mismas protestas que hacían siempre los miembros de las familias.
—Has hablado de otras personas —dijo ella—. Los que desconectaron las cámaras y el sistema de seguridad. ¿Qué pasa con ellos?
—¿Qué pasa con ellos?
—Bueno, también están implicados, ¿no? ¿Qué pasa si encuentras primero a Ramiro? Hablas con él. Lo convences de que devuelva todo y negocie un acuerdo con las autoridades. Puedes hacer eso, ¿verdad?
—Así no es como funciona esto.
—Seguro que sí. Se ve constantemente. Los programas de protección de testigos y todo eso. La gente llega a acuerdos para pescar a peces más gordos. Eso lo mantendría fuera de la prisión al menos, ¿no?
—Te prometo una cosa, Paula. Encontraré a tu hermano. Y lo haré antes que el FBI. Si se puede hacer un trato, haré todo lo posible para que así sea.
Y dicho eso, se irguió y se dispuso a marcharse. Ella salió corriendo detrás alcanzándolo en el salón.
—Espera un segundo. ¿Dónde vas?
—A encontrar a tu hermano.
—Iré contigo.
—Imposible. No.
—Sí —se lanzó sobre la puerta para que no pudiera salir—. Iré.
—No.
—Pedro, esto es importante. Tienes que dejarme ir. Yo puedo ayudar. Puedo hablar con él. Sé que puedo.
Después de un minuto, Pedro asintió pesadamente. El alivio que ella sintió se atemperó al escuchar sus siguientes palabras.
—Sólo si tienes pasaporte.
—¿Para qué demonios necesito el pasaporte para ir al piso de mi hermano?
Mientras decía la frase se dio cuenta de que su hermano podía no estar en su casa. Podía estar oculto en cualquier sitio. Pedro respondió a su siguiente pregunta antes de que tuviera tiempo de hacerla.
—No está en su piso —dijo—. Creo que ya está en las Islas Caimán.
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