Unos días después, Paula estaba intentando controlar un dolor de cabeza cuando Garardo Malloy entró en su despacho.
—Garardo, por favor, cierra la puerta. Acabo de saber que ha habido una inundación en el Royal Phoenix.
—¿Los daños son cuantiosos? —preguntó él, con una calma que para ella desearía.
—El primer piso, que acababa de ser reformado, ha quedado destrozado. La nueva moqueta, los muebles, todo… necesito que compruebes si estaba asegurado. Puede que tengamos una nueva demanda entre manos… La compañía de seguros debe estar contentísima con nosotros. El director del Chaves Phoenix cree que la culpa ha sido de una cañería defectuosa.
—Muy bien, lo comprobaré.
—Tenemos que hacer lo que sea para que el agua no llegue al vestíbulo. Tú sabes lo orgulloso que estaba mi padre de ese hotel… decía que era el mejor de todos. Había encargado esculturas y cuadros especialmente para la entrada… Estoy rezando para que nada de eso haya quedado destruido.
Gerardo asintió con la cabeza.
—No te preocupes, Paula. Yo me encargo de todo. ¿Vas a estar aquí esta tarde?
Paula suspiró.
—No, esta tarde tengo una cita fuera de la oficina y no puedo cancelarla. No te dejaría solo con este lío si no fuera importante.
Él sonrió.
—No te preocupes, yo me encargo de todo. Puedes contar conmigo.
—Eso hago —suspiró Paula—. Pero llámame si descubres algo sobre Phoenix. Puedes llamarme a casa esta noche.
Tres horas después, el humor de Paula había pasado de malo a pésimo. Había visitado a su ginecólogo y, sin la menor duda, estaba embarazada de seis semanas. Las pruebas de embarazo que se había hecho en casa no la habían engañado.
Y eso significaba que Pedro Alfonso era el padre de su hijo.
Paula conducía por la 405 en estado de shock. Lo había sospechado, pero cuando el médico anunció: «estás embarazada», el impacto de la situación la golpeó como una bofetada. El niño nacería durante la primavera. Su niño. La realidad de que en menos de ocho meses tendría a su hijo en brazos le parecía… abrumadora.
Estaba embarazada de verdad.
Unas semanas antes de la muerte de su padre, había concebido un hijo. Pero Nicolas Royal no lo sabría nunca porque Pedro Alfonso, el padre de ese niño, podría ser el responsable de su muerte.
Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas. Las apartó rápidamente de un manotazo para aclarar su visión, pero no podía apartar el dolor de haber perdido a su padre.
—Te echo de menos —murmuró, apretando el volante.
Podría no haber sido un padre perfecto. Esperaba tanto de ella… pero la quería mucho. Era como si, tras la muerte de su esposa, hubiera puesto todo su amor en ella. Y esperaba de Paula la misma devoción.
Pero su padre y su madre se habían ido y saber que estaba sola en el mundo, salvo por algunos parientes lejanos, la entristeció de una manera terrible.
Cuando su estómago empezó a rugir de hambre se dio cuenta de que no estaba sola. Un niño estaba creciendo en su interior. Paula sonrió. A pesar de todo, querría a aquel niño. Y serían una familia.
Salió de la autopista en Sunset Boulevard y se dirigió hacia su casa en Brentwood para meterse en una bañera de agua caliente y comer algo después. O intentarlo al menos. Pulsó el botón que abría la puerta del garaje justo cuando otro coche se detenía en la entrada. Paula salió del garaje y miró con curiosidad al hombre en vaqueros y camiseta que acababa de salir de un deportivo…
Por un segundo su corazón se aceleró al recordar aquellos paseos por la playa con un guapísimo extraño. Pero cuando miró hacia abajo descubrió algo que la sorprendió aún más.
—¿Botas?
—Nacido en Texas.
—¿Me estás siguiendo?
—No. Ha sido una coincidencia —sonrió Pedro.
—No lo creo. Y no tenemos nada que decirnos, señor Alfonso.
—¿Señor Alfonso otra vez?
—No voy a dejar que compre la empresa de mi padre, así que por favor, salga de mi propiedad.
—Tienes que entrar en razón, Paula. Ven a dar un paseo conmigo. Iremos a charlar a algún sitio tranquilo…
—Pedro, por favor, déjame en paz.
—Entiendo que ahora mismo estés disgustada conmigo y…
—¡Mi padre acaba de morir! Y tú eres la última persona que lo vio con vida. No sabes cómo siento haberte conocido y…
—Por favor, cálmate —le rogó él—. ¿Qué te pasa? Estás muy pálida.
—Es culpa tuya.
—Paula, por favor…
—Quiero saber qué le dijiste a mi padre ese día.
—Y yo quiero hablar contigo sobre la cadena de hoteles Chaves. Parece que los dos queremos algo, ¿no? Como ahora no es buen momento para ti, ¿qué tal si cenamos juntos mañana y contesto a todas tus preguntas?
Paula vaciló. Necesitaba darse un baño y comer algo. Tenía que cuidar de sí misma. Lo que no quería era tener un ataque de nervios delante de Pedro Alfonso. No dejaría que la viera así.
—Muy bien. Pero será una cena rápida.
—Vendré a buscarte a las ocho. Y no llevaré las botas.
Paula lo vio alejarse en el coche sintiendo… un millón de complejas emociones. Recuerdos del misterioso extraño al que había conocido en la playa no dejaban de aparecer en su cabeza. Pero Pedro Alfonso no era más que un frío hombre de negocios dispuesto a quedarse con la empresa que su padre había levantado trabajando durante toda su vida.
—Bueno, cariño —murmuró, tocándose el abdomen—. Ese era tu padre.
* * *
Pedro entró en el aparcamiento del Tempest y aparcó el coche en su espacio personal, sin dejar de pensar en Paula Chaves. Cuando debería estar pensando en cómo convencerla para que le vendiese la cadena de hoteles, en lo único que podía pensar era en cómo podía meterla en su cama.
Había algo sorprendente en la bella señorita Chaves. Quizá era el reto que representaba para él. Quería su empresa, pero después de pasar unos días con ella había descubierto que no le importaría disfrutar de otros beneficios.
Paula había conseguido curar su aburrimiento en el Wind Breeze, rompiendo la rutina del trabajo y permitiéndole momentos de relajación. Y cuando no estaban relajándose estaban haciendo el amor.
Pedro intentó olvidar las imágenes de su hermoso cuerpo desnudo sobre la cama. Cada vez que pensaba en ella de esa manera, su pulso alcanzaba una velocidad preocupante.
Y Paula no podía soportarlo, evidentemente. Parecía creer que había tenido algo que ver con la muerte de su padre.
Pedro bajó del coche con el maletín en la mano y se dirigió a su ático. ¿Cómo podía pensar eso?
Seguía de mal humor cuando abrió la puerta y se encontró con su madre y sus dos hermanos en la terraza, abriendo una botella de champán.
—¿Y esta sorpresa? Qué alegría verte, mamá.
—Tus hermanos me han traído sin decirte nada. ¿Se te ha olvidado que hoy es tu cumpleaños, Pedro?
—Ah, es verdad —sonrió él—. Es que he estado muy ocupado últimamente. Pero habíamos decidido celebrarlo el mes que viene en Florida, cuando tú cumplas…
—No lo digas —lo interrumpió su madre.
—Te arriesgas a perder la vida —rió Valentin.
—Tonterías. No me da ninguna vergüenza cumplir sesenta años —protestó ella—. Pero hoy es tu cumpleaños y tus hermanos me han dicho que trabajas demasiado, cariño.
—Estoy intentando cerrar un trato que pondrá a Tempest en primera línea, mamá.
Raquel Alfonso sonrió, dejándose caer sobre una silla.
—Me siento tan orgullosa de vosotros, hijos. De los tres. Sólo esperaba…
No terminó la frase, pero los tres sabían a qué se refería.
Pedro miró a Valentin, que miró a Agustin que, a su vez, miró a Pedro. Ninguno de los tres quería mirar a su madre a los ojos.
—¿Cuántos años cumples, Pedro, treinta y tres? —bromeó Agustin.
—Si tú lo dices.
—Agustin, tú sabes que tu hermano cumple treinta y dos. Todos mis hijos se llevan dos años.
—Sí, pero Pedro es el mayor —dijo Valentin. Y aquello empezaba a sonar como cuando eran pequeños y se señalaban el uno al otro después de alguna trastada.
—Por Pedro —dijo su madre, levantando su copa—. Mi hijo mayor. Feliz cumpleaños, cariño.
Valentin y Agustin lo felicitaron también antes de tomar un sorbo de champán.
—Recuerdo el día que naciste. No parece que fuera hace tanto tiempo —murmuró Raquel, pensativa—. Contigo lo pasé peor que con los demás. Antes de que nacieras no comía nada, sufría náuseas por las mañanas, apenas tenía apetito… El médico estaba preocupado porque perdí mucho peso… pero contigo el parto fue más rápido —su madre suspiró—. Y ahora eres el director de una gran empresa. ¿Os he contado que la hija de Larissa Brown va a tener otro niño y que su hijo pequeño se casa esta primavera?
—No, no lo sabíamos —sonrió Valentin—. ¿Lo sabías tú, Pedro?
Él negó con la cabeza, pero permaneció con la boca cerrada.
—Mamá, me han dicho que por fin vas a hacer un crucero —intervino Agustin, para cambiar de tema.
—Sí, Larissa me ha convencido para que vaya con ella. Dice que no sé lo que me estoy perdiendo… tantas actividades, tantos bailes. Nos vamos en dos semanas.
Agustin siguió preguntándole a su madre por las vacaciones para evitar que siguiera lanzando indirectas. Y Pedro se lo agradeció. Nunca le había importado ser el mayor ni haberla ayudado a criar a Valentin y a Agustin, pero ahora Raquel Alfonso quería más de la vida. Y miraba a Pedro para que moviese ficha.
Esa noche cenaron en The Palm, un restaurante conocido por su especialidad: langosta gigante de Nueva Escocia. Era el sitio favorito de su madre en Los Ángeles. En las paredes había caricaturas de personas famosas que frecuentaban el local y cada vez que iban Raquel intentaba averiguar si habían añadido alguna nueva.
Estaban sólo los cuatro y a Pedro le gustaba así. A él no le iban las grandes fiestas. Eso era más del gusto de Valentin.
Agustin y él llevaban el hotel Tempest en Texas, Nuevo México, Colorado y Arizona mientras Pedro controlaba todos los hoteles de California, desde San Diego a Hollywood y San Francisco. También estaba a cargo de adquisiciones, siendo el mejor negociador de los tres. Y pronto añadirían el Maui Paradise a la cadena.
Pero Pedro quería más. Quería los Chaves. Si pudiera adquirir esos hoteles, la cadena Tempest se habría deshecho de su gran competidor. Y para ello sólo tendría que hacer que Paula viera las cosas a su manera.
En realidad, estaba deseando volver a verla.
Paula observaba a Julia comerse un montón de patatas fritas sin pestañear. Estaban en un café a la orilla del mar, el sábado por la tarde. Con el estómago encogido, Paula miró su sándwich vegetal y se preguntó si podría comérselo.
—No has probado bocado, Paula. Y yo estoy terminando —protestó su amiga—. Parece que estoy comiendo por dos. Por ti y por mí.
Paula se llevó una mano al estómago.
—No, tú no tienes que comer por dos. Yo sí —dijo, intentando sonreír.
—¿Qué?
—Me parece que estoy embarazada, Jules.
—¿Te parece que estás embarazada?
—Tengo todos los síntomas. Nunca me había sentido así. Ni siquiera cuando me escapé de la iglesia tras el fiasco de Jeremias. Los mareos, la falta de apetito… y no me ha venido el período. Tengo cita con mi ginecólogo la semana que viene.
—Pero pensé que Jeremias y tú habíais decidido… esperar hasta la boda. ¿Vas a contárselo?
Paula negó con la cabeza. No quería ni pensar en Jeremias.
Estaban tan ocupados organizando la boda que apenas se habían visto durante esas semanas. Y no mantuvieron relaciones sexuales. Ahora, pensó Paula, irónica, podía añadir a Pedro Alfonso a su lista de hombres a los que quería olvidar.
—Lo haría si fuera su hijo.
Julia la miraba con tal cara de susto que Paula le contó toda la historia sobre el misterioso hombre de Maui…
Eran tan amigas que no se dejó nada en el tintero.
—Dios mío…
—Lo sé. También yo estoy sorprendida. Siempre usamos protección…
—¿Entonces qué pasó? ¿Quiero decir cómo pasó?
—Bueno, hubo una ocasión… en la ducha. El resto de las veces tuvimos mucho cuidado.
Julia se hundió en su silla.
—¿Por qué no me lo contaste cuando volviste de Maui?
—Entonces no lo sabía. Había sido una cosa… una aventura loca. No quería volver a pensar en ello.
En realidad, no había dejado de pensar en ello, pero eso era algo que no podía contarle a nadie.
—¿Y qué piensas hacer?
—Nada. No pienso hacer nada.
Julia parpadeó.
—¿Nada?
—Ahora mismo no puedo ni pensar en ello. Con todos los problemas que tengo…
—Pero puede que tengas que pensar en un niño, cielo. Eso también es importante.
—Lo sé. Y si estoy embarazada lo tendré —murmuró Paula, llevándose una mano protectora al abdomen—. Estoy intentando acostumbrarme a la idea, pero la verdad es que siempre he querido tener hijos.
—Ya lo sé. Pero, ¿qué pasa con el padre?
—No quiero pensar en él. Yo creo que fue el responsable de la muerte de mi padre.
—¿Qué?
—Fue la última persona a la que vio mi padre antes de sufrir el infarto. No tiene corazón, es un… Ya pensaré en él más tarde, cuando tenga que tomar una decisión. Por el momento, sólo lo sabemos tú y yo. Y quiero que siga siendo así.
—Muy bien. Eso es lo que hacemos siempre ¿no? Compartir nuestros secretos —sonrió su amiga—. Pero exijo ser la madrina del niño. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —Paula se echó hacia atrás en la silla, dándole las gracias al cielo por tener una amiga.
Paula colgó el teléfono y se pasó una mano por la frente. Le dolía mucho la cabeza. Miró los papeles que había sobre el escritorio de su padre, que se había convertido en su propio escritorio, en el cuartel general de la empresa, situado en un edificio adyacente al Chaves Beverly Hills. Sentada en su sillón de cuero se sentía diminuta. Su padre había sido un hombre muy alto, más de metro ochenta y cinco, y con la constitución de un deportista. El espacio era algo que valoraba mucho. Su sillón, su escritorio, su despacho, sus sueños, todo era a gran escala.
Paula se pasó una mano por el cuello.
—Un problema informático en San Diego —murmuró, cerrando los ojos. Todo el sistema de reservas borrado del ordenador durante casi un día entero, haciendo que la empresa Chaves perdiera una considerable cantidad de dinero en temporada alta—. ¿Qué será lo próximo?
Cuando Gerardo entró en el despacho se sintió un poquito mejor. Su dedicación al trabajo había sido un regalo durante las últimas semanas.
—¿Es la hora de irnos?
Gerardo sonrió. Acababan de empezar la jornada de trabajo.
—Podría ser… tú eres la jefa.
—Ojalá —murmuró ella—. Tengo reuniones durante todo el día. Podrías echarme una mano.
Vestido con un ligero traje de lino beige que destacaba el azul de sus ojos, Gerardo Malloy era el epítome de la eficiencia.
—Me he enterado del problema informático en San Diego y voy a ir a comprobarlo personalmente. Volveré mañana por la tarde.
—Si lo crees necesario…
—Tenemos que descubrir qué ha causado el problema para que no vuelva a pasar. Pero si prefieres que no vaya…
—No, no. Debes ir, Gerardo. Yo me quedaré guardando el fuerte.
Él asintió con la cabeza.
—Muy bien, pero mañana por la noche cenamos juntos. Te vendría bien relajarte un rato.
¿Cenar juntos? Paula vaciló. Unos años antes, Gerardo había dejado bien claro su deseo de salir con ella y Paula no quería animarlo. Lo último que necesitaba era complicarse la vida en aquel momento.
—Últimamente no como mucho.
—A tu padre no le gustaría que estuvieras sola. Además, debería obligarte a comer algo. El día que te desmayaste nos diste un buen susto.
—No volverá a pasar, te lo aseguro.
—Desde luego que no. Porque mañana vamos a cenar juntos y te contaré qué he averiguado en San Diego.
—Muy bien —asintió por fin Paula. Gerardo sólo estaba intentando cuidar de ella—. Llámame mañana, cuando llegues.
—Lo haré.
Cuando la puerta del despacho se cerró empezó a sonar su móvil.
—¡Julia, gracias a Dios! Menos mal que me has llamado. Ahora mismo necesito una amiga.
—Oh, Paula, siento no haberte llamado en toda la semana. ¿Sigues sin comer?
—No puedo. No sé qué me pasa en el estómago, supongo que será el estrés. Y te aseguro que aquí se puede cortar la tensión con un cuchillo. A los empleados no les ha entusiasmado que yo ocupe el sitio de mi padre y la mayoría creen que saben más que yo. Y la verdad es que están en lo cierto.
Julia rió, la misma risa infantil que Paula recordaba del colegio privado al que habían acudido juntas.
—No, qué va. Lo que pasa es que están acostumbrados a recibir órdenes de tu padre. No dejes que te intimiden.
—Muchos de ellos trabajaban aquí cuando yo era pequeña… no es fácil ganarse su respeto. Pero yo soy la hija de mi padre y les demostraré que sé lo que estoy haciendo. Aunque me va a costar un poco —suspiró Paula.
—Lo vas a conseguir, seguro. Tu padre estaría orgulloso de ti.
—Gracias, cariño. Siempre me animas.
—¿Quieres que comamos juntas?
—No, no me apetece comer nada.
—¿De verdad estás bien, Paula? ¿Te pasa algo?
—No, no me pasa nada.
Paula no quería admitir que quizá sí le pasaba algo. No quería preocupar a su amiga. Sus sospechas eran infundadas por el momento. Había sufrido mucho con la muerte de su padre y ésa era la razón por la que no se encontraba bien.
—De acuerdo, pero la semana que viene comemos juntas quieras o no. Tienes que salir de esa oficina. Iremos a la playa y comeremos en algún sitio frente al mar, ¿te parece?
—De acuerdo —sonrió Paula.
Cuando colgó el teléfono, se sentía mucho mejor.
* * *
Una hora después, alguien llamó a la puerta de su despacho. Antes de que pudiera decir nada, la puerta se abrió y…
—Hola, Paula.
Ella se levantó de inmediato, atónita.
¿Alfonso? El hombre misterioso de Maui estaba allí, delante de ella. Su primer pensamiento fue: «está guapísimo». El segundo: «qué alegría volver a verlo».
No había olvidado los días que pasó con él en Maui. Sola en su casa de Brentwood, no dejaba de pensar en él. Nunca había hecho algo tan espontáneo, tan loco. Nunca había sido tan desinhibida. Además, Alfonso la había ayudado en un momento malo de su vida…
—Alfonso —consiguió decir, sin poder evitar una sonrisa—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—He venido a verte.
—¿Pero cómo has sabido dónde encontrarme?
Él dio un paso adelante, mirándola con ese brillo en los ojos que la hacía sentir tan especial.
—Te lo explicaré después. ¿Cómo estás?
—Pues… sorprendida, la verdad. Pensé que no volvería a verte.
Alfonso asintió, tomando su mano.
—No había planeado que nos viéramos en esta situación. Me he enterado de lo de tu padre…
—¿Conocías a mi padre?
Su secretaria entró entonces en el despacho, con expresión agitada.
—Lo siento muchísimo, Paula. Salí un momento y…
—No importa, Ally. No me pases llamadas. Y, por favor, cancela la reunión de las diez. No… dile que voy a retrasarme un poco.
—Pero es que… él es tu cita de las diez —contestó Ally, mirando de uno a otro.
—No seas boba. Él no puede… —Paula miró a Alfonso y luego miró su agenda para comprobar el nombre—. Dile a Pedro Alfonso que espere.
Le gustaría hacerlo esperar hasta el día del juicio. Pedro Alfonso había sido el gran enemigo de su padre. Pero cuando supo que él fue la última persona a la que vio antes del infarto, Paula supo también que tendría que enfrentarse con él algún día.
Y aquel día había llegado. Ojalá Gerardo estuviera a su lado, pensó.
—Puedes volver a tu despacho, Ally —sonrió Alfonso—. La señorita Chaves no te necesita por el momento.
—Sí, bueno… —Paula lo miró, un poco sorprendida. ¿Quién era él para decirle a su secretaria lo que tenía que hacer?
Entonces lo entendió. Como un roble gigante cayendo poco a poco al suelo. O, más bien, como una palmera cayendo como a cámara lenta. Alfonso… ¿Alfonso? Alfonso, su hombre misterioso era, por supuesto, Pedro Alfonso. Eran la misma persona. Paula cerró los ojos un momento.
—Oh, no. Dime que no es verdad.
—Yo soy tu cita de las diez, cariño.
—Cariño —repitió ella, estupefacta—. ¿Cariño? ¿Estás de broma? ¡Tú eres Pedro Alfonso! Tú eres… oh, Dios mío.
Paula se dejó caer sobre el sillón. Pedro Alfonso, el hombre que había provocado la muerte de su padre.
—Eres un canalla.
—Paula, escucha…
—Te aprovechaste de mí. De mi situación. Y yo caí en tus redes como una tonta. Me utilizaste de la peor manera posible. Tú sabías quién era…
—Sí, lo sabía.
Paula habría querido arrojarle el jarrón Waterford que había sobre su escritorio. Habría querido echarle de su despacho a patadas. Le ardía la cara de humillación. La habían engañado otra vez… Y lo que más le dolía, además de haberse acostado con el enemigo, era que Alfonso acababa de destrozar el recuerdo al que se había agarrado durante el periodo de luto. El único bonito que le quedaba.
—Maldito seas. Había oído que eras una persona despiadada, pero esto es increíble…
Pedro Alfonso no se molestó en contestar. Y tampoco le pidió disculpas.
—He venido a darte el pésame.
—Tú fuiste la última persona que vio a mi padre con vida…
—Eso es discutible.
—¡Tú le provocaste el infarto!
—¿Yo? Cuando salí de este despacho estaba sonriendo. Me había despachado en diez minutos y estaba encantado consigo mismo.
—Estás mintiendo. No intentes negarlo. Le dijiste que nos habíamos acostado juntos, ¿verdad? —le espetó Paula—. Eso era parte del plan, claro. Querías comprar su empresa y no te detendrías ante nada. Usarías cualquier medio a tu alcance…
—Tu padre no era un santo, Paula. Me robó una adquisición en la que yo llevaba dos años trabajando. No me sentía muy generoso con los Chaves cuando te conocí en el bar del Wind Breeze, ahogando tus penas en alcohol, pero como no me reconociste, pensé… bueno, qué más da. Es una chica preciosa, está sola y me mira como si fuera el último hombre que queda vivo en la tierra.
—Ah, también eres muy modesto —dijo Paula, irónica.
—Mi plan original era restregarle a Nicolas Chaves por las narices que habíamos estado juntos, sí. Pero nunca se lo dije.
—¿Y se supone que debo creerte?
—Es la verdad.
—Si querías hacerle daño, ¿qué te hizo cambiar de opinión?
Pedro la miró directamente a los ojos.
—Tú. Tú me hiciste cambiar de opinión.
—No te creo.
—Mira, Paula, yo también me dedico al negocio hotelero y sabía los problemas que tenía tu padre. Cualquiera que investigase un poco sabría que tenía problemas.
—Pero eso no impidió que me interrogaras.
—Tú me ofreciste la información, yo nunca te pregunté nada.
—¡Tú me sedujiste!
En los ojos de Pedro apareció un brillo de ironía.
—Y tú no te quejaste en absoluto.
Paula apretó los labios.
—Lo tenías todo planeado. Me usaste para conseguir información. Yo era el as que guardabas bajo la manga, el arma que pensabas usar contra mi padre.
—Tú confirmaste mis sospechas sobre la cadena de hoteles Chaves, lo admito. Pero no puedes negar que lo pasamos bien en la isla.
Paula no quería pensar en el tiempo que habían pasado juntos.
—Ya no me acuerdo. He bloqueado esos recuerdos.
—¿Quién está mintiendo ahora?
Paula intentó calmarse. Tenía que hacerlo para lidiar con aquel canalla.
—¿Qué es lo que quieres?
—Quiero lo que he querido siempre: comprar los hoteles Chaves.
—No. La reunión se ha terminado. Puedes irte.
—Tú no sabes dirigir esta empresa…
—No me diga lo que puedo o no puedo hacer, señor Alfonso.
—Maldita sea, Paula. Te he visto desnuda media docena de veces. Llámame Pedro.
—Muy amable por tu parte recordármelo, pero eso no cambia nada. Nunca venderé los hoteles de mi padre.
—Tenéis problemas, Paula. Tú lo sabes y yo también. Tu padre no pudo solucionarlos y dudo mucho que tú puedas hacerlo —le espetó él—. La cadena está perdiendo dinero. Os hundiréis si no haces algo y pronto. Te estoy ofreciendo una forma de salvar el negocio…
—Mi respuesta es no.
Pedro sacudió la cabeza como si fuera una niña que no entendía un sencillo problema de matemáticas.
—La oferta está sobre la mesa. Pero volveré —Pedro se dirigió hacia la puerta, pero se volvió antes de salir—. Y sólo para tu información, yo recuerdo todo lo que pasó en la isla.