miércoles, 3 de agosto de 2016
CAPITULO 10: (SEGUNDA HISTORIA)
Un mes más tarde, Paula se arrodillaba sobre la tumba de su padre para dejar una docena de claveles blancos. A él siempre le habían gustado esas flores tan sencillas y tan duraderas. Nicolas Chaves creía en las cosas que permanecían para siempre. Por eso insistía en mantener la calidad y el trato personal en su cadena de hoteles a pesar de las nuevas y más llamativas cadenas hoteleras. Había levantado su imperio basándose en esas premisas.
Ahora su padre había desaparecido, pero el imperio seguía vivo.
Los ojos de Paula se llenaron de lágrimas.
—Papá… cuánto lo siento.
Nunca dejaría de sentirse culpable por no haber sido más fuerte para él, por no haber sido la persona que su padre necesitaba que fuera, por no haber sabido ayudarlo cuando más la necesitaba.
Cuando volvió de la isla, su padre se había alegrado mucho de verla. Y parecía aliviado. Sólo había otra persona de su confianza, además de ella, para intentar controlar los problemas con los que se enfrentaba la cadena de hoteles: su mano derecha, Gerardo Malloy.
Paula le había prometido a su padre antes del infarto fatal que haría todo lo que pudiera para ayudarlo. Los hoteles de la cadena estaban sufriendo todo tipo de accidente… o peor, algún tipo de sabotaje.
Su padre estaba perplejo, enfadado y frustrado. En unos meses, varios hoteles Chaves a lo largo del país habían fracasado de una forma o de otra.
«No te preocupes, papá. No volveré a decepcionarte».
Paula hizo esa promesa de corazón. Ella era la única heredera de Nicolas Chaves y ahora todo era suyo. Incluida la responsabilidad. Le había asegurado a su padre que mantendría la cadena de hoteles y eso pensaba hacer.
—Yo me encargo de todo —le prometió, mirando la placa de bronce sobre la lápida. La tumba estaba al lado de la de su madre en una zona privada del cementerio.
—Pensé que te encontraría aquí —Gerardo Malloy apareció a su lado.
Paula se levantó.
—¿Qué ocurre? ¿Algún otro problema?
Gerardo le pasó un brazo por los hombros.
—No, hoy no, Paula.Sólo he venido para ver si estabas bien.
—Estaré bien. Algún día.
—Has venido aquí todos los días desde el funeral. Ya hace casi una semana.
—Es que necesito venir. Quiero que mi padre sepa que estoy aquí.
—Lo sabe, Paula. Y no le gustaría que te sintieras culpable por no estar con él cuando murió.
Gerardo tenía diez años más que ella, pero últimamente se había convertido en su mejor apoyo, llevando el negocio mientras coordinaba el funeral. Era lógico que su padre lo hubiera apreciado tanto. Ahora, Gerardo, además de ser el director ejecutivo de la cadena de hoteles, tenía que cargar con el dolor de su hija.
Paula siempre había sospechado que a su padre le habría gustado que hubiese algo romántico entre ellos, pero aunque habían salido a cenar juntos varias veces, nunca ocurrió nada.
—Ojalá hubiera podido estar con él durante sus últimos momentos —suspiró ella, desolada al pensar en su padre muriendo solo.
Había tenido un día terrible, lleno de reuniones y conferencias. Pero muchos creían que algo o alguien lo había disgustado tanto como para provocarle un infarto. Ni siquiera hubo tiempo de llevarlo al hospital.
Y ese día ella no había ido a trabajar.
Desde que volvió de Maui, Paula se había puesto a las órdenes de su padre y, por primera vez, había entendido las dificultades por las que atravesaba la cadena. El no se lo tomaba bien y sospechaba que había algo extraño. Y al verlo tan preocupado, Paula le prometió que haría lo posible por llegar al fondo del asunto.
Trabajó noche y día durante tres semanas… hasta que un día se desmayó en la oficina debido a la fatiga. Después de eso se fue a casa a descansar. Pensó que se sentiría mejor después de dormir ocho horas, pero la debilidad y el cansancio continuaron y su padre insistió en que no fuera a la oficina hasta que estuviera bien del todo.
Tres días después, Nicolas Alfonso sufría un infarto fulminante mientras estaba en su despacho.
Presión apretó su hombro.
—Tu padre sabía que lo querías mucho, Paula. Y estaba muy orgulloso de ti.
—¿Tú crees? —Paula no estaba tan segura—. Eso espero.
—¿Sabes lo que querría que hicieras? Querría que luchases por la empresa. Querría que consiguieras que la cadena Chaves volviera a ser lo que fue.
Paula suspiró. Era cierto. Y se lo debía a su padre. Se olvidaría de sus propios deseos y cumpliría la promesa que le había hecho.
—Yo también quiero hacer eso, Gerardo. Pero no sé si podré hacerlo sola.
Gerardo sonrió.
—No tendrás que hacerlo sola. Me tienes a mí.
CAPITULO 9: (SEGUNDA HISTORIA)
Más tarde esa mañana dieron un largo paseo por la playa, coqueteando con las olas y el uno con el otro, jugando en el agua y tomando el sol hasta que sintieron hambre. Alfonso llevó a Paula a su suite, al otro lado del hotel. La suite más grande del Wind Breeze. Comieron en la terraza y después se metieron en el jacuzzi.
Paula disfrutó del sol durante toda la tarde mientras él, diligente, le ponía crema solar… en sitios donde el sol no le daría nunca. Pero después de dos horas necesitaba ducharse y Pedro le ofreció su cuarto de baño.
La ducha ocupaba la mitad de la habitación. Era una ducha moderna con grifos y chorros por todas partes. Y antes de que se diera cuenta, Alfonso estaba a su lado, con un solo objetivo en mente.
—¿Qué te parece la ducha? —sonrió, con expresión inocente.
Una cosa que Paula había aprendido era que no había nada inocente en Alfonso, el hombre misterioso. Tenía mucha experiencia y ella se alegraba de ser la persona que disfrutaba de sus vastos conocimientos.
De modo que, sin timidez alguna, rodeó su miembro y le devolvió la mirada inocente.
—Es una ducha estupenda. Creo que todo funciona perfectamente —murmuró, deslizando la mano arriba y abajo. Y Alfonso lanzó un gemido ronco que resonó contra el mármol italiano.
—Cariño, sí… estás apretando los botones adecuados.
A Paula le gustaba su sentido del humor. Le recordaba que también ella lo tenía. Pero cuando la apretó contra el frío mármol de la pared, todos los pensamientos humorísticos desaparecieron. Alfonso tenía ese brillo en los ojos y Paula sabía que iba a hacerle el amor otra vez.
De la manera más deliciosa.
Pasaron el resto de la tarde en su habitación, durmiendo a ratos, llamando al servicio de habitaciones cuando tenían hambre y bebiendo cerveza. Paula ganó a Alfonso en cinco juegos de canasta y, divertida, descubrió que a su encantador extraño no le gustaba perder.
Por la noche dieron un paseo a la luz de la luna y luego nadaron un rato en la piscina. Paula le contó algo más sobre los problemas de su padre y, aunque no le reveló su identidad, descubrió que le resultaba muy fácil hablar con él.
Alfonso escuchaba y no hacía demasiadas preguntas ni daba su opinión. ¿Quién habría pensado que al atractivo extraño no le importaría oírle hablar de su amor por la fotografía o su falta de interés por el negocio de su padre?
Después, volvieron a hacer el amor. Saciada, Paula sintió que podía seguir adelante. Nunca antes había tenido una aventura y seguramente nunca tendría otra, pero Alfonso había sido exactamente lo que necesitaba. Además, ¿cómo podía otra aventura compararse con aquélla? Había conocido al hombre perfecto para olvidar un corazón roto.
Sólo una parte de ella deseaba algo más con Alfonso. O quizá más tiempo para estar con él antes de decirle adiós.
Pero tenía que dejar la isla al día siguiente.
Por la mañana, él la despertó muy temprano.
—Vístete, Paula —le dijo—. Y no olvides tu cámara.
—¿Por qué? ¿Dónde vamos?
—A la casa del sol —contestó Alfonso, dándole un azote en el trasero—. Vamos, cariño. Arriba.
A las nueve en punto, Paula se encontró en el cráter de Haleakala, absolutamente fascinada por el paisaje. Hizo montones de fotografías del cráter que, según la gente de la isla, tenía dos millones de años, antes de bajar en bicicleta hasta la playa porque, según Alfonso, no podía perderse esa excursión antes de irse de la isla.
Y tenía razón. Con cascos y protección para las rodillas bajaron por la tierra volcánica parando sólo para hacer fotografías. En un momento determinado, las cinco islas eran visibles desde una de las estribaciones.
—Esto es increíble. Nunca había venido aquí.
—Pensé que te gustaría. El paisaje es fantástico —sonrió él, dándole un beso en la punta de la nariz—. Y el paisaje desde donde yo estoy tampoco está nada mal.
Paula le hizo una fotografía, con el casco en la mano, pero era la mirada de admiración en sus ojos lo que ella quería capturar.
—Estoy de acuerdo —sonrió.
Después de dejar a Jeremias plantado en la iglesia sólo hacía fotografías que no requerían ningún esfuerzo o investigación por su parte; tenía el corazón demasiado dolido como para hacer esfuerzo alguno. Y en cuanto a su confianza en sí misma… era bastante precaria después del fiasco.
Pero aquello… aquel descubrimiento era un sueño. Había hecho algunas fotografías extraordinarias aquel día y se lo debía a Alfonso.
Cuando llegaron al hotel, Paula se dio cuenta de que sólo le quedaban unas horas con él. Y no quería perder el tiempo. Había visto el brillo de sus ojos y sabía que él pensaba lo mismo.
De modo que cayeron sobre la cama con urgencia. Bocas hambrientas, cuerpos ardientes y caricias locas los hacían jadear. Alfonso la acarició hasta que llegó al orgasmo y ella le devolvió el gesto tomándolo en su boca y llevándolo hasta el borde del precipicio. Alfonso se controló, sin embargo, tumbándola de espaldas y colocando sus piernas sobre sus hombros para entrar en ella… llevándolos a los dos al orgasmo en cuestión de segundos.
Más tarde, volvieron a hacer el amor. Esta vez más despacio, de forma deliberada, un adiós final. Alfonso tuvo mucho cuidado y le dejó el tiempo que necesitaba para aceptar el final de su fin de semana juntos. Sus besos eran largos y perezosos mientras acariciaba su cuerpo con la ternura con la que uno acariciaría un tesoro.
Paula estaba segura de que nunca encontraría un amante mejor. Alfonso la excitaba como nadie. La excitaba y la hacía reír. Pero él no la haría llorar, se dijo a sí misma. Sabía cuando decidió dar el paso adelante que aquello no tenía futuro. No tenía sitio en su corazón para intentarlo otra vez.
Gracias a Jeremias Overton, no tenía confianza en ninguna relación sentimental. Quizá nunca volvería a tenerla.
Así que cuando Alfonso miró el reloj y se ofreció a llevarla al aeropuerto, Paula declinó la oferta.
Ya se habían despedido.
Él la besó apasionadamente en los labios y, mirándola a los ojos, dijo algo que le sonó muy misterioso:
—Has sido una sorpresa para mí, cariño.
Y luego la dejó sentada en la cama, sujetando una sabana de satén contra su pecho, el pelo despeinado alrededor de la cara, preguntándose qué habría querido decir con eso.
CAPITULO 8: (SEGUNDA HISTORIA)
Pedro salió de la ducha y se puso una toalla en la cintura.
Pasándose una mano por el pelo frente al espejo, hizo una mueca al ver la barba de dos días. No estaba trabajando exactamente, pero el aspecto de pirata no le gustaba nada.
Necesitaba afeitarse.
Pero necesitaba algo más de forma urgente.
Salió del baño y entró en el dormitorio donde había dejado a Paula durmiendo. Pero ella ya no estaba en la cama.
La encontró en la terraza, frente al Océano Pacífico, hablando por el móvil. Llevaba su camisa de la noche anterior… que apenas le tapaba el trasero. Pedro admiró sus largas piernas, los tobillos perfectos, los dedos de los pies, las uñas con pedicura francesa. Sí, muy elegante.
Después de ponerse calzoncillos y pantalones, salió a la terraza y se apoyó en la puerta.
—Sí, ahora estoy mucho mejor —estaba diciendo Paula—. Sí, ya sé que llevo fuera casi un mes… yo también te echo de menos. No… no sabía que tuvieras problemas, papá. Siento mucho no estar ahí contigo —Paula dejó escapar un suspiro—. Sí, creo que ya estoy preparada. Yo también te quiero, papá.
Pedro oyó toda la conversación, incluyendo el suspiro que llegó después.
—¿Algún problema?
—Es mi padre. Dirige una gran empresa y ahora mismo la situación es caótica.
Eso era exactamente lo que Pedro quería escuchar.
—¿Por qué? —le preguntó, poniéndose a su espalda para darle un masaje en el cuello.
—Ah, qué bien… —suspiró Paula—. Está perdiendo dinero. Ha habido todo tipo de problemas: incendios, robos, de todo. Y el pobre tiene la tensión muy alta. Necesita gente alrededor en la que pueda confiar y sólo confía en mí.
—Sigue, cariño. Cuéntamelo.
—Creo que me necesita de verdad. Se está haciendo mayor y el estrés lo va a matar. No ha sido el mismo desde que mi madre murió hace cinco años. Bueno, fue horrible para los dos.
—Es comprensible —murmuró Pedro, pensando en la muerte de su padre.
Ese recuerdo lo perseguiría siempre, pero su madre, Raquel, había conseguido criar y darles una educación a sus tres hijos ella sola. Cuando eran pequeños no tenían dinero, pero ahora vivía en Florida disfrutando de la jubilación. Valentin, Agustin y Pedro habían levantado una cadena hotelera, Tempest, que los había hecho millonarios en los primeros cuatro años de operaciones. Y aunque Raquel Alfonso nunca había pedido nada, sus hijos se habían asegurado de que lo tuviera todo.
Pero, aun así, no le dolía nada que los hoteles Chaves tuviesen problemas.
—¿Y cómo piensas ayudarlo?
Paula se echó hacia atrás, apretando su precioso trasero contra él. Estaba empezando a desear que Paula Chaves fuese otra mujer. Una mujer a la que pudiera seguir viendo cuando volviesen a Los Ángeles.
—No sé si podré. Últimamente lo único que hago es aumentar sus preocupaciones. Lo que de verdad quiere mi padre es que tome parte más activa en el negocio para aliviarlo de parte de la carga.
—¿Y tú no quieres hacer eso?
Paula negó con la cabeza.
—No, pero tampoco quiero romperle el corazón. Ha trabajado mucho durante toda su vida… y ahora me necesita a su lado. Así, cuando llegue el momento de retirarse, lo hará sabiendo que alguien va a continuar su legado.
—¿Y tú qué quieres?
—Yo lo único que quiero es hacer fotografías. Soy fotógrafa de corazón. He vendido algunos trabajos a revistas y me gustaría seguir haciéndolo. Pero mi padre cree que es una afición. Cualquier cosa que no tenga que ver con el negocio, no es importante para él. No se toma mi trabajo en serio —Paula se encogió de hombros—. Yo soy todo lo que tiene.
—Ya veo.
Paula se volvió, sonriendo.
—Gracias por escucharme, Alfonso, pero ahora mismo no quiero pensar en mi padre.
¿Cómo iba a resistir esa invitación? Pedro la abrazó y apoyó la cara en su pelo, que olía a mar, a flores.
—Se me ocurren un par de maneras de distraerte.
—Pues distráeme —murmuró ella, acariciando su barba.
Pedro la atrajo hacia él apretando sus nalgas y la besó ardientemente en los labios.
Había descubierto lo que necesitaba saber… por el momento. El rumor de que Nicolas Chaves tenía problemas era cierto. Y eso significaba que no presentaría una gran batalla cuando él diera el paso final para comprarle el negocio.
Satisfecho con la información que había conseguido, se pasó el resto de la mañana distrayendo a Paula Chaves y disfrutando de cada segundo.
CAPITULO 7: (SEGUNDA HISTORIA)
Casi hicieron el amor sobre el capó del Porsche en el aparcamiento del local. Mientras la besaba, Alfonso acariciaba todo lo que podía acariciar sin ser detenido por escándalo público. Y Paula acariciaba su espalda, devolviendo sus besos con ardientes besos propios. Acarició su pelo, su cuello, mientras se apretaba contra él…
Recuperaron el sentido común unos minutos después, cuando se acercó un guarda de seguridad. Riendo, Paula entró en el coche mientras Alfonso intentaba recuperar la compostura de cintura para abajo.
Condujeron en completo silencio. Alfonso sabía que no debía tocarla porque, de hacerlo, corrían peligro de tener un accidente. Y Paula estaba viviendo el momento.
Ahora, en la puerta de su habitación, con las piernas temblorosas y el corazón latiendo como loco, sabía que estaba viviendo más que nunca. Jamás había deseado a un hombre como deseaba a Alfonso, con tal abandono.
—Yo nunca hago estas cosas…
Él se inclinó para buscar sus labios.
—Y yo seguiré aquí mañana, decidas lo que decidas.
Le gustaba ser ella quien tomase la decisión, aunque no podía tomar ninguna que no fuera dejarlo pasar. De modo que abrió la puerta y, tirando de su corbata, entraron en la habitación. Alfonso dejó escapar un suspiro de alivio y, desde ese momento, las cosas enloquecieron.
Alfonso la empujó contra la puerta y la besó hasta que casi perdió el conocimiento. Se besaban con la boca abierta, sus lenguas bailando con frenesí. Ella tiró de su chaqueta de Armani y Alfonso se deshizo de ella sin dejar de besarla.
Paula le quitó la corbata y él desabrochó su vestido con manos expertas. Antes de que se diera cuenta, lo único que llevaba puesto era un tanga negro.
Con el torso desnudo y bronceado, Alfonso inclinó la cabeza y besó uno de sus pechos, luego el otro, su boca cubriendo la aureola y el pezón mientras chupaba hasta hacerla cerrar los ojos. Un relámpago de fuego la recorrió entera.
—Eres tan preciosa…
Paula pensaba lo mismo de él. Nunca había conocido a un hombre con un cuerpo tan hermoso. Parecía conectar con ella en todos los sentidos, aunque sabían muy poco, casi nada, el uno del otro.
—Alfonso, te deseo…
Él cayó de rodillas.
—Y me tienes, cariño. En un minuto, te lo prometo.
Lentamente, le quitó el tanga y empezó a besar el interior de sus muslos hacia arriba… luego la tocó allí, separando los pliegues de la sensible piel con los dedos hasta que ella dejó escapar un gemido de placer, apoyando la cabeza en la puerta.
Alfonso levantó las manos entonces, sujetándola por la cintura mientras la cubría con la boca, su lengua acariciando sabiamente su parte más íntima. Paula lo agarró del espeso pelo. La sombra de barba arañaba el interior de sus muslos, excitándola aún más. Cuando estaba lista para explotar, él se detuvo.
La levantó en sus brazos, besándola con los mismos labios que habían estado acariciándola un segundo antes ahí abajo. Se sentía mareada y más excitada que nunca en toda su vida. Alfonso entró en el dormitorio y la dejó sobre la cama, quitándose pantalón y calzoncillos a toda velocidad. Paula observó su potente erección justo antes de que él la cubriera con un preservativo…
De repente, Alfonso estaba en la cama, de espaldas, colocándola encima de él.
Paula jamás se había sentido tan atrevida o tan expuesta.
Pero la mirada de deseo del hombre la animaba.
—Atrévete, Paula.
Ella se colocó a horcajadas sobre su cuerpo, desnuda en cuerpo y espíritu, y cuando Pedro la levantó sobre su erección, Paula se dejó caer despacio, recibiéndolo poco a poco. Él dejó escapar un gemido ronco de placer y ese sonido despertó algo salvaje en ella, que empezó a moverse arriba y abajo. Alfonso levantó una mano y tocó su brazo, sus hombros, guiándola hasta que encontraron el ritmo.
Tocaba sus pechos, acariciando sus pezones con los pulgares mientras ella lo montaba con fuerza, deseando más, deseándolo todo. Alfonso levantaba las caderas para buscarla y enseguida llegó a un orgasmo que la sacudió por entero.
Él la observaba, mirándola con intensidad, casi con asombro. Y Paula, curiosamente, no se sentía tímida. Con él, se sentía abierta, libre.
Y luego Alfonso la colocó de espaldas, empujando con fuerza, sujetándose al borde de la cama. El pelo caía sobre su cara, el torso cubierto por una fina capa de sudor… todo su cuerpo se puso tenso mientras la embestía por última vez, clavando sus ojos penetrantes en los de ella antes de dejarse ir con un gemido ronco de puro placer.
Unos segundos después, jadeando, la besó en los labios mientras se tumbaba de lado.
—¿Estás bien?
Si fuera un felino, estaría ronroneando, pensó Paula.
—No estoy nada aburrida, te lo aseguro.
—Te lo prometí.
—Pero ni siquiera sabemos nuestro apellido.
Con un dedo, Alfonsotrazó la comisura de sus labios, hinchados por los besos.
—Pensé que eso era lo que querías.
—Sí, así es… pero ¿cómo has podido saberlo?
Él se encogió de hombros.
—Normalmente una mujer hace más preguntas que un policía cuando conoce a un hombre. Tú no hiciste ninguna porque no querías saber las respuestas y porque no querías que yo te hiciese preguntas a ti. Pensé que querías mantener tu intimidad.
—Eres muy perceptivo —murmuró Paula. Pero sentía que le debía algún tipo de explicación. Al fin y al cabo, acababa de tener con él la experiencia sexual de su vida—. No estoy casada ni prometida… bueno, estuve prometida, pero no funcionó. Vine a la isla para olvidarme de él.
Alfonso sonrió.
—Si te he ayudado en algo, me alegro.
No era eso. ¿O sí? En cualquier caso, Alfonso no parecía en absoluto molesto.
—Pues sí, así es. Últimamente no he pensado mucho en él. Y me alegro de haberte conocido.
«Seas quien seas».
Paula nunca podría haber imaginado que se entregaría a un completo extraño… un hombre misterioso al que no volvería a ver nunca cuando se fuera de la isla.
Él la besó de nuevo mientras acariciaba sus pechos.
—Lo mismo digo, cariño.
Y luego volvieron a hacer el amor, doblando el placer hasta quedar exhaustos
martes, 2 de agosto de 2016
CAPITULO 6: (SEGUNDA HISTORIA)
A Paula le quemaban los labios, no por las alitas de pollo picantes sino por culpa de Alfonso, cuyos besos habían dado un significado nuevo a la palabra «atrevimiento».
La cálida brisa hawaiana movía su pelo mientras iban en el Porsche de Alfonso por la carretera de la costa. Paula pensaba en la lección que su padre siempre había intentando meterle en la cabeza: Ten cuidado con lo que deseas.
Había intentando convencerse a sí misma de que estaba bien tras el engaño de Jeremias, pero sin saberlo estaba esperando que ocurriera algo, que apareciese alguien que la ayudara a salir de aquella situación.
Y, de repente, aparecía aquel misterioso extraño… y por primera vez en mucho tiempo se sentía feliz, llena de vida.
Había conseguido lo que deseaba y, por el momento, no pensaba cuestionarlo. En cuanto los labios de Alfonso rozaron los suyos decidió que no iba a negarse a sí misma la oportunidad de olvidar el pasado.
En dos días se marcharía del hotel y volvería a su casa para estar con su padre. Siendo la heredera del imperio Chaves, su padre quería no sólo que aprendiese el negocio sino que lo amara tanto como él. Paula, que nunca había estado interesada en el negocio hotelero, siempre había pensado que era una decepción para él. Lo único que la interesaba era su cámara y las imágenes que podía retratar con ella.
Pero no quería pensar en eso ahora. Viviría el momento con un hombre que parecía tener muy claro lo que hacía, lo que quería y cómo iba a conseguirlo.
Alfonso la llevó a un animado restaurante con vistas al mar.
Cenaron en un patio donde las antorchas tiki y la luz de la luna eran la única iluminación. La noche era cálida y el sonido de las olas golpeando la playa rivalizaba con los latidos de su corazón. Alfonso no dejaba de mirarla a los ojos mientras compartían una bandeja de marisco y tomaban champán.
Después de cenar, los clientes del selecto patio fueron obsequiados con una típica interpretación luau. El movimiento ondulante de las exóticas bailarinas hacía que Paola se sintiera atrevida. Cada vez que miraba a Alfonso lo encontraba mirándola con un crudo deseo en los ojos…
Cuando el espectáculo terminó, una orquesta de tres músicos empezó a tocar suaves melodías de las islas. Él se levantó y tomó su mano.
—Baila conmigo.
Le gustaba lo fuerte que era, lo decidido. Y cuando la envolvió en sus brazos, apretándola hasta casi hacerla perder el equilibrio, Paula lo dejó hacer, apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo que el miembro masculino rozaba sus muslos…
—Estaba deseando tenerte entre mis brazos otra vez.
—Yo también —murmuró ella.
—¿Cuánto tiempo vas a estar en la isla? —le preguntó Alfonso, rozando su cuello con los labios.
—Un par de días más.
—¿Y luego dónde irás?
—A casa, con mi padre. ¿Cuánto tiempo vas a estar tú aquí?
—Creo que acabo de ampliar mi estancia un par de días —contestó él.
—¿Y luego?
—Tengo un calendario muy apretado. Todavía no lo sé.
Por un lado, Paula quería saber algo más sobre él. Pero por otro lado, el más juicioso, se alegraba de no saber nada sobre aquel hombre que para ella era simplemente Alfonso.
Se llevaría con ella los recuerdos de la isla antes de volver a la realidad, al mundo de su padre.
Que había estado llamándola diariamente, preocupado por ella, esperando convencerla para que volviese a casa. Por fin, Paula aceptó. Tenía que dejar de lamerse las heridas y enfrentarse a su familia y sus amigos. Llevaba demasiado tiempo escapando, le había dicho su padre. Y aquélla era una de las pocas ocasiones en las que estaba de acuerdo con él.
Paula concentró su atención en Alfonso. Sabía que debía ser un hombre de éxito… o al menos lo parecía. El hotel Wind Breeze era sólo para personas acaudaladas. Y un hombre que podía conseguir mesa en aquel restaurante tenía que tener no sólo dinero sino contactos.
Pero ella no tenía por qué saber nada de eso. No quería saber nada de una experiencia ni remotamente parecida a su relación con Jeremias Overton.
Estaba contenta entre los brazos de Alfonso, disfrutando del roce de su cuerpo sin pensar en nada más.
Después de varios bailes que los dejaron a los dos casi sin aliento, salieron del restaurante. Pero cuando Paula pensaba que irían directamente al hotel, Alfonso la sorprendió llevándola a un club de jazz. Había prometido que no se aburriría y lo estaba consiguiendo.
Tomaron capuchinos mientras escuchaban las sensuales notas de un saxofón. Alfonso le pasaba un brazo por el hombro, acariciaba su mano… los sutiles gestos parecían increíblemente naturales, pero eso no evitaba que cada célula de su cuerpo reaccionase con deseo. Esas caricias despertaban sus sentidos hasta tal punto que Paula no sabía si podría aguantar mucho más sin lanzarse sobre él.
Lo deseaba.
Se volvió hacia él con una sonrisa en los labios, pero no le salían las palabras. No era tan atrevida. Aún no.
—¿Nos vamos?
Alfonso no esperó respuesta. Dejó unos billetes sobre la mesa y tomó su mano con un brillo en los ojos que decía exactamente lo que quería.
Y, de nuevo, Paula estaba segura de que no iba a aburrirse.
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